Llevaba meses loca por él y acabé follando con su hermano… ¡y luego con el puceau!

Llevaba meses flipando con ese chico, Oliver. Cada vez que lo veía, sentía un cosquilleo en el bajo vientre, como fuego. No era una cualquiera, pero cuando me obsesiono, voy a por todas. Él era tan mono, delicado, que podía volver loca a cualquiera. Mis amigas se morirían de envidia.

Pero el tío era un tímido de cojones. Me miraba el culo cada vez que nos cruzábamos, pero ni un paso. Hacía más de un mes que no follaba, y ya estaba harta. Pensé en buscar otro, pero le di una última oportunidad. Sabía que iba a una fiesta esa noche, me colé.

La fiesta y el primer polvo con Diego

La movida era cutre, tíos gordos y sudorosos me acosaban nada más entrar. Les mandé a la mierda. Vi a Oliver con su hermano Diego al fondo. Me acerqué: “Hola, qué noche, eh…”. Él me devoraba con la mirada, pero se apartaba cuando lo rozaba. Qué decepción.

Diego me sacó a bailar. En un slow pegajoso, en penumbra, me besó. No tan guapo como Oliver, pero más decidido, más macho. Olvidé todo y le metí la lengua. Estaba ardiendo, la concha me palpitaba. “Ven”, le susurré, y lo arrastré escaleras arriba a una habitación.

Cerramos la puerta. Nos besamos como locos, saliva mezclada, olor a sudor y alcohol. Le cogí la mano y se la puse en la teta. Me desnudé despacio, vi cómo se le hinchaba el paquete. En bragas, me arrodillé, bajé el pantalón. Su polla saltó, dura, venosa. La lamí el glande, salado, chupé fuerte mientras la meneaba. Gemía: “Joder, qué buena boca…”. Le metí la lengua en el culo, lo volví loco. “Me corro…”, avisó tarde. Chorros calientes en la cara, espeso, olor fuerte a macho. Lo lamí todo, tragué, excitadísima.

Fui al baño a limpiarme, cara pegajosa. Al volver, me quité las bragas, collants, me tiré desnuda en la cama, piernas abiertas. Mi coño depilado brillaba de jugos. “Cómetelo”, le dije ronca. Se puso entre mis muslos, lengua suave alrededor del clítoris, luego rápido. Gemí bajito, olor a mi excitación. Me corrí temblando, pero siguió, metiendo lengua dentro, chupando mis labios. Mouillaba como una fuente.

Me puso en perrito, me clavó la polla de un golpe. “¡Ay, sí!”, grité. Profundo, brutal. Me dobló, piernas a la cabeza, me taladraba. Orgasmo tras orgasmo, visión borrosa, sudor goteando. Al final, sacó y me regó el vientre, tetas. Caliente, pegajoso. Se derrumbó encima, respiraciones agitadas.

La sorpresa: desvirgando a Oliver

Se vistió y se piró sin decir adiós. Cabrón. Me duché, agua caliente lavando el semen.

¡Sorpresa! Volvió con Oliver. Yo en toalla. “Mi hermano flipa contigo, se pajea pensando en ti. Es virgen. Cuídalo”, dijo Diego y se fue.

Me quedé roja, pero quité la toalla, la puse sobre las sábanas manchadas. Nuda total, me pegué a él. Beso suave, su aliento nervioso. Lo desvestí lento, polla floja de los nervios. La acaricié, besé, lamí huevos suaves. Se endureció, idéntica a la de su hermano. Lo tumbé, se la metí en la boca profunda. “Qué puta boca…”, murmuró excitado. Gemía, polla latiendo. “Me vengo…”, y explotó en mi garganta, casi me ahoga. Tragué todo, delicioso.

Abrazados, sudorosos. Me metió dedos, yo le pajero la polla. Dura otra vez. Me subí encima, cowgirl, me empalé despacio. “¡Dios, qué prieta!”, jadeó. Subía y bajaba, clítoris rozando, jugos chorreando por sus huevos. Orgasmo brutal, él se corrió dentro, llenándome. Temblores, olor a sexo puro.

Fue increíble, pero al final lo dejé. Guapo sí, pero un coñazo en la vida diaria. La belleza no lo es todo.

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