Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Bueno, soy Laura, 28 años, española de Madrid pero viviendo en París por trabajo. Adoro las antigüedades, los objetos con historia, y sobre todo… el sexo. Ese que te hace temblar, sudar, gemir hasta perder la voz. Acabo de volver de un viaje loco cerca de Beaugency, y tengo que contároslo como si estuviera susurrándoos al oído, fresco, como si aún oliera a su perfume pesado.
Todo empezó con una litografía de Foujita que vendí en eBay. Un comprador italiano, pero me dio la dirección de su amiga Mireille, una enfermera retirada de unos 60, cerca del Loira. ‘Ven, te espero con té’, me dijo por teléfono, con esa voz ronca, juguetona. ‘¿Earl Grey?’, pregunté. ‘Perfecto, mi niño… espera, ¿niña? ¡Qué voz tan dulce!’, rió. Salí de París en mi coche, ventanillas abajo, el viento en mi melena negra, falda corta que se subía, dejando ver mis muslos bronceados.
El té con Mireille y el fuego que se enciende
Paré en una área de descanso, el sol pegando fuerte. Me acerqué a un mapa, botella en mano, y pillé a un padre de familia mirándome las piernas. Sus ojos… uf, bajaban lentos, oliendo a deseo. Le provoqué con una mirada, caminé a los baños meneando el culo. Él se acercó, mano en la braga del pantalón, bulto claro. ‘¿Buscas algo?’, le dije bajito. ‘Tú…’, murmuró. Pero sus niños llegaron, mamá gritando. Se fue, yo mojada ya, imaginando su polla dura en mi boca.
Llegué a casa de Mireille temprano. Ella fuera, jupe lápiz negra ajustada a sus curvas generosas, blusa blanca abierta, escote que gritaba ‘tócame’. ‘¡Entra, preciosa! Pareces una diosa gitana’, dijo abrazándome, sus tetas pesadas contra mí, olor a lavanda y algo más… maduro, excitante. La litografía dentro, y al salón: mesa con té, pasteles, su casa rústica, tommettes brillantes, cobre antiguo brillando.
‘Cuéntame de ti, Laura. Eres tan… táctil’, dijo rozando mi mano. Yo, que soy puro fuego, le devolví: ‘Tú tampoco te quedas atrás, Mireille. Ese escote… me mata’. Reímos, Vouvray fresco bajando por la garganta, helado, dulce. Sus manos en mi muslo, apretando. ‘¿Te molesta?’, susurró. ‘Al revés… sigue’. Nos tutamos, ‘cariño’, ‘guapa’. Subimos al piso, bibelots, fotos suyas joven, tetas firmes.
‘¿Mis pechos? Ya no son lo que eran…’, dijo triste. ‘Mientes’, le contesté, y zas, manos dentro de la blusa. Pesados, calientes, pezones duros como piedras bajo encaje. ‘¡Ay, Dios!’, gimió ella, arqueándose. Abrí todo, sujetador fuera, los chupé: sabor salado, olor a sudor viejo y perfume. Ella a mi braga: ‘¡Qué coñito tan mono!’, bajó pantalón, me tocó la concha húmeda. ‘Estás chorreando, puta… digo, guapa’.
Al cama, de rodillas, desnudas. Nos frotamos tetas, muslos, besos babosos, lenguas enredadas, slurp slurp. Mi mano baja, su coño peludo, mojado, labios gordos. Dedo dentro: caliente, viscoso, ‘¡Hmmm, sí!’. Dos, tres. Ella a cuatro patas: ‘¡Métemela toda, Laura! ¡Fístame!’. Empujo, huele a sexo puro, muslo sudoroso. Resiste, pero crac, mano entera adentro. ‘¡Aaaah! ¡Sííí!’, grita, contrayéndose, jugos por mi muñeca. Yo me toco el clítoris, palpitando.
El jardín del placer: Francis entra en escena
‘Ahora fóllame con tu lengua’, pide. La lamo: ácido, salado, ella tiembla. Me corro primero, chorros en sábanas. Luego ella, gritando, mi mano saliendo chup chup. Duchas juntos, jabón resbalando sus tetas en mi espalda, dedos en mi culo. ‘Eres una diosa del placer’, me dice.
Al jardín, desnudas en tumbonas, limonada fría. ‘¿Quieres más? Llamo a Francis, 50 años, polla gorda’, propone. ‘¡Sí!’. Llama: ‘Ven, tengo una española cachonda’. Él llega: alto, mostacho, ojos azules, cuerpo bronceado. Ropa fuera, su verga semi, gruesa, venosa, olor a hombre.
Mireille se va ‘un momento’. Yo a sus pies: ‘Qué polla más rica’, la chupo. Sabe a piel salada, pre-semen amargo. Crece en mi boca, glup glup, garganta llena. ‘¡Joder, qué buena garganta!’, gime. Le lamo huevos, ano peludo, dedo suyo en mi culo: ‘¡Prepárame!’. Gel frío, dos dedos girando, ‘¡Haan! Más profundo’.
A cuatro en la tumbona, él detrás. Glande enorme contra mi ano: duele rico, entra lento, ‘¡Puuuush!’. Lleno, quema, venas frotando paredes. ‘¡Fóllame fuerte, Francis!’. Empuja, plap plap, sudor goteando, olor a sexo al aire. Mireille vuelve: ‘¡Qué guapos! ¿Te gusta su polla, zorrita?’. ‘¡Sííí, me parte!’. Ella me besa, me pela el clítoris.
Me corro gritando, ano apretando su verga. Él eyacula dentro, caliente, chorros pulsando. Caemos exhaustos, risas, caricias. Noche a tres: él en mi coño, ella en mi cara, orgasmos infinitos. Volví al día siguiente, piernas temblando, coño dolorido… pero feliz. ¿Repetimos?