Mi siesta interrumpida en el Camino: un encuentro salvaje con un desconocido

Estaba tan cachonda… El Camino me tenía las piernas temblando, no solo de cansancio. Sudor por todos lados, el sol quemando la piel, y ese roce constante entre mis muslos al caminar. Oía mi propia respiración agitada, mezclada con el crujir de las piedras bajo mis botas. Cerca de Saint Guilhem le Désert, vi una casa con la puerta entreabierta. Pensé: ‘¿Por qué no? Necesito sombra, agua… algo fresco’. Entré sin pensarlo dos veces.

El aire dentro era más fresco, olía a madera vieja y a algo masculino, como tierra y sudor seco. Vi una puerta al fondo, entreabierta. Un hombre desnudo en el suelo, durmiendo la siesta. Su polla semierecta, grande, pesada sobre su muslo. Dios, mi coño se mojó al instante. El calor subió por mi vientre. Me quité la mochila, dejé caer mi falda ligera. Me tumbé en el sofá del salón, piernas abiertas, una sobre el respaldo. Mis dedos bajaron solitos.

La tentación del peregrino exhausto

‘Ah… sí…’, gemí bajito. Mi clítoris hinchado, resbaladizo de jugos. Lo frotaba en círculos, rápido. Oía el chap-chap húmedo de mis dedos entrando y saliendo. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que me vuelve loca. Imaginaba esa polla del desconocido partiéndome en dos. ‘Mmm… fóllame…’, susurré. Mis tetas subían y bajaban, pezones duros como piedras rozando la blusa.

De repente, un ruido. Se levantó de un salto, desnudo, mirándome fijamente. Sus ojos en mi coño expuesto, mis dedos todavía dentro. Me quedé helada, pero no paré. ‘¿Qué coño…?’, dijo él, voz ronca. Yo, sonriendo, saqué los dedos brillantes de saliva y jugos. ‘Hola… ¿tienes leche fría? Tengo sed… y calor’. Me puse de pie, falda cayendo, tetas al aire. Caminé hacia él, sintiendo mis pezones temblar, el aire fresco en mi piel mojada.

Me sirvió leche en la cocina. Bebí despacio, dejando un bigote blanco en el labio. ‘¿Haces el Camino solo? Te vi durmiendo… tan duro… Me puse caliente’. Él tragó saliva, su polla ya tiesa. ‘La puerta está abierta para quien quiera entrar. Haz lo que quieras aquí’. Me senté en sus muslos, piel contra piel. Su calor, su olor a hombre dormido, me mareaba. ‘¿Cuánto hace que no follas?’, le pregunté, rozando su pecho con mis tetas. ‘Dos meses…’. Reí. ‘Pobre. ¿Quieres unirte?’.

Sus manos dudaron en mis caderas. Mi coño rozaba su polla, resbalando. ‘No… no es mi estilo…’. Pero yo ya lo besaba, lengua dentro, saboreando su boca salada. ‘Ayúdame con mi novio… o lo que sea. Está durmiendo en el salón, el cabrón me dejó a medias antes’. Espera, no, en mi historia real no había novio. Era solo yo, peregrina sola. Pero el sueño que soñó él después… ay, mejor sigo con lo nuestro.

El juego del espejo y el clímax prohibido

Lo arrastré al salón. No había nadie, solo nosotros. Me tumbé, él encima. ‘Fóllame ya’, le rogué. Su polla gruesa empujando mi entrada, estirándome. ‘¡Joder, qué apretada!’, gruñó. Entró de un golpe, hasta el fondo. Sentí cada vena pulsando dentro, mi coño chorreando alrededor. ‘¡Más fuerte! ¡Ahhh!’, chillé. Él me machacaba en misionero, sus huevos golpeando mi culo, slap-slap-slap. Sudor goteando de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Cambiamos. Yo encima, cabalgándolo. Mis tetas botando, él las chupaba, mordiendo pezones. ‘¡Sí, muerde! ¡Qué rico!’. Olía a sexo puro, jugos mezclados, su precum en mi clítoris frotándose. ‘Me vengo… ¡me vengo!’, grité. Mi coño se contrajo, ordeñándolo. Él no aguantó: ‘¡Toma mi leche!’. Chorros calientes llenándome, desbordando por mis muslos. Gemí largo, temblando.

Después, nos quedamos abrazados. Su piel pegajosa contra la mía, respiraciones calmándose. ‘Eres increíble’, murmuró. Hablamos horas, del Camino, de soledades. Al amanecer, me ofreció su virginidad emocional o algo así… pero yo solo quería su polla otra vez. ‘¿Eres Guilhem?’, bromeé, recordando leyendas. Él rió. Me folló de nuevo, despacio, rompiéndome el alma con ternura. Su semen otra vez dentro, cálido, mío.

Se fue el sol cuando salí. Pero volví esa noche, cuarentena noches después. Su puerta abierta, esperando. ‘Guilhem del desierto… fóllame para siempre’, le susurré al entrar. Y lo hicimos, toda la noche, posiciones locas: perrito contra la pared, sus dedos en mi culo mientras me penetraba, gritando hasta roncar. Mi orgasmo final, squirt en su pecho. ‘Eres mi hombre eterno’.

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