¡Ay, chica, no sabes lo que me pasó el otro día! Soy María, tengo 27 años, española de pura cepa, modelo en París, y el sexo es mi vicio favorito. Me flipa el morbo, las sensaciones fuertes, oler el sudor, sentir el calor de un cuerpo duro… Te lo cuento como si estuviera a tu lado, susurrándotelo al oído, porque aún me tiemblan las piernas recordándolo.
Estábamos en una sesión de fotos en el Luberón, Francia. Tema: moda en cantera de ocre rojo y amarillo, super exótico. Llego el equipo con una hora de retraso, y ahí está él, Adrien, el apicultor del pueblo. Alto, fuerte, con manos callosas de tanto con las abejas. Huele a miel y tierra, mmm… Lo miro y pienso: ‘Este tío tiene hambre de teta’. Nos subimos al minibús, yo al lado suyo. El camino es un puto infierno de baches, nos pega unos golpazos. Nuestras piernas se rozan, su muslo duro contra el mío, suave con mi falda corta. Siento su calor subiendo, y de repente, ¡zas! Nuestras cabezas chocan. ‘¡Ay!’, digo riendo, frotándome la frente. Él balbucea: ‘Adrien…’. ‘María’, le digo, sonriendo con picardía, mis ojos verdes clavados en los suyos. Las otras chicas gritan sus nombres, caos total, pero yo solo lo miro a él. Su cara roja, nervioso, y juraría que le noto algo duro contra mi cadera.
La llegada y el primer roce en el minibús
Llegamos a la cantera. Calor asfixiante, polvo ocre pegándose a la piel, olor a tierra seca y sol quemado. Nos metemos en la caravana a cambiarnos. Yo me quito todo, topless, solo el tanga del shooting. Se oyen risas, secadores, perfume dulce mezclado con sudor. De repente, entra él con un bidón de agua. ‘¡El agua!’, dice tartamudeando. Nos pilla a todas medio en pelotas: tetas de todos tamaños, culos redondos, pubis depilados o con pelitos rebeldes. La negra con pezones violeta duros como piedras, yo dándole la espalda, mi culo blanco brillando. Él se queda tieso, el bidón temblando, cara de tomate. Lo miro por el espejo, sonrío. Sale corriendo, pobre.
Yo no aguanto. Me escapo, falda puesta a medias, voy a buscarlo. Lo oigo jadear detrás de unos arbustos. ¡Está pajéandose! Su polla enorme, roja, venosa, en la mano grande y áspera. Olor a hombre excitado, pre-semen salado en el aire. Me arrodillo sin decir nada, le pongo un dedo en los labios: ‘Shhh…’. Él abre los ojos como platos. ‘¡María! ¿Qué…?’, susurra. ‘Cállate y déjame’, digo bajito, voz ronca. Agarro su verga caliente, dura como hierro, piel suave sobre venas palpitantes. La huelo: miel, tierra, macho puro. La meto en la boca, despacio. Sabe salado, un poco amargo, su glande hinchado rozándome el paladar. Chupó suave, lengua girando alrededor, succionando. Él gime: ‘¡Oh Dios…!’. Sus manos en mi pelo, tirando suave. Le meto los huevos en la mano, pesados, calientes. Siento su pulso acelerado, su vientre contra mi cara, olor a sudor fresco.
El sexo explosivo detrás de los arbustos
No aguanta. ‘¡Me corro!’, gruñe. Eyacula en mi boca, chorros calientes, espesos, sabor intenso a hombre. Trago todo, lamiendo. Su polla sigue dura, increíble. Me levanto, lo beso fuerte: ‘Ahora fóllame’. Lenguas enredadas, saliva mezclada, su barba raspándome. Salto, piernas alrededor de su cintura, manos en mi culo apretando fuerte. ‘¡Eres tan ligera!’, dice jadeando. Guío su polla a mi coño húmedo, chorreando ya. Entra de un empujón: ¡uf!, llena, gruesa, rozando mis paredes. Olor a sexo, ocre pegado a nuestras pieles. Empujo con caderas, cabalgándolo. ‘¡Más fuerte, Adrien! ¡Fóllame como un animal!’, le digo al oído. Él gruñe, me empotra contra un árbol, polvo rojo manchándonos. Sus manos amasan mis tetas, pezones duros entre dedos, pellizcándome. Siento cada vena de su polla dentro, golpeando mi punto G. Sudor goteando, nuestros jadeos, pájaros cantando de fondo. ‘¡Me vengo!’, grito, contracciones apretándolo. Él explota otra vez, semen caliente inundándome, gimiendo mi nombre.
Bajo, beso rápido: ‘Hasta luego, guapo’. Vuelvo al shooting como si nada, coño palpitando, semen chorreando por muslos. Toda la sesión lo miro de reojo, él rojo, polla marcada en pantalón. Al final, en el minibús de vuelta, le doy un beso con lengua delante de todas. ‘¡Guau, María!’, ríen ellas.
Han pasado semanas. No sabes… estoy preñada. De él. Se lo conté por un cura amigo suyo, flipante. Viene a España a buscarme. Quemó todas sus revistas de modelos, dice que ya no las necesita. Yo? Sonrío, porque ahora tengo al original, con su olor a miel y su polla que me vuelve loca. ¿Envidia? Sí, envidia de no haberlo conocido antes. ¿Quieres más detalles? Pregúntame…