Ay, amiga, si supieras lo que me pasó esta tarde… Estaba en casa de Colette, una vieja amiga que no veía hace años. Ella me invitó a charlar mientras un pintor trabajaba en sus habitaciones. Nos sentamos en el salón, con el sol filtrándose por las cortinas, y sacamos una botella de vino tinto. El olor dulzón del alcohol me subió rápido a la cabeza. Reíamos recordando juventud, pero de pronto, Colette me miró con ojos brillantes y me dijo:
—¿Te acuerdas cuando jurabas que nunca serías infiel si te casabas?
La reunión inesperada y mis secretos revelados
Yo dudé, tragué saliva. El corazón me latía fuerte. Hacía calor en la habitación, sentía el sudor perlando mi escote.
—Sí, pero… hace tres años todo cambió —murmuré, bajando la vista.
Ella se acercó, su perfume floral invadiendo mis fosas nasales.
—¡Cuéntamelo todo! No escatimes detalles, me ponen cachonda las historias sucias.
Bebí un sorbo, el vino cálido bajando por mi garganta. Recordé esa noche…
Era tarde, como la una. Me desperté sedienta, en mi camisón transparente que tanto le gusta a mi marido. Bajé a la cocina a oscuras, descalza sobre el frío azulejo. Llené un vaso de agua, me apoyé en la encimera. De repente, crujió la puerta. Era Laurent, el hijo de unos amigos que hospedábamos. Solo en shorts, torso desnudo, músculos brillando bajo la luna que entraba por la ventana. Olía a jabón fresco y sudor masculino.
No dije nada. Él tampoco. Apagó la luz. Sentí su presencia detrás de mí, el aire cargado. Mi piel erizada. Entonces, labios calientes en mi cuello. Un beso suave, húmedo, mordisqueando mi oreja. Mi coño se mojó al instante. Sentí su polla dura rozándome las nalgas, grande, palpitante. Gemí bajito.
—Shhh… —susurró, su aliento caliente en mi piel.
Me bajó las tiras del camisón. Quedé desnuda, vulnerable. Se pegó a mí, su verga entre mis cachetes. Me giré, nuestras lenguas se enredaron en un beso feroz, salvaje. Sus manos everywhere: apretando tetas, pellizcando pezones duros. Yo agarré su polla, gruesa, venosa, y la guié a mi entrada. Empujó de un golpe. ¡Dios! Llenándome hasta el fondo. Follando de pie, silenciosos pero jadeantes. Oí a mi marido roncando arriba. Eso me excitó más. Vine rápido, mordiéndome el labio, chorros calientes en mi interior.
No paré. Lo pajee hasta que endureció de nuevo. Me puse a cuatro sobre la mesa, él detrás, embistiéndome fuerte. Metió un dedo en mi culo. ¡Ahhh! Grité bajito, el placer eléctrico. Me folló como un animal hasta que exploté otra vez.
El clímax prohibido con el pintor misterioso
Colette jadeaba oyéndome, sus mejillas rojas.
—¿Y luego? ¿Repetisteis?
—Cada noche. Y el último día… traje a su amigo Rodolphe. Me desnudaron, me chuparon coño y culo hasta correrme. Luego, doble penetración. Rodolphe en mi concha, Laurent en el culo por primera vez. Dolor al principio, luego éxtasis puro. Sus pollas frotándose dentro, semen caliente llenándome.
Ella se retorcía en el sofá, mano entre piernas.
—Más… cuéntame del del tipo del vestido.
Otro sorbo de vino. Recordé el olor a cuero de sus guantes en la cabina. Me folló de pie, con la dependienta mirando. Su polla dura, embestidas rápidas. Eyaculó en mis nalgas.
—Y con Philippe, la depilación, el sex shop… Me metieron un plug en el culo delante de extraños, los mamé uno a uno.
Colette no aguantó.
—Tengo un pintor aquí… ¿Quieres que te folle con los ojos vendados?
El corazón me saltó. Asentí, excitada. Jupe subida, a cuatro, ojos tapados. Sentí manos en mis caderas. Me lamió el coño, olía a mi humedad. Luego, una polla enorme entró en mi culo de golpe. ¡Joder! Follada salvaje, sin piedad. Gemí fuerte. Colette delante, abriéndome las piernas. Me hizo lamerla, su coño jugoso, salado. Vino gritando mientras él me llenaba el culo de leche caliente.
Quitaron la venda. Era… mi marido. Nos miramos, shock y deseo. Todo oído, todo visto. Pero en vez de enfado, follamos toda la tarde. Ahora soy libre, puta y feliz.