Ay, chica, no sabes lo que me pasó el viernes pasado. Era agosto, calorazo, mis padres se fueron a un funeral en Madrid y me dejaron sola en la casa de la playa en Pentrez. Tenía 27 años, pero me sentía como una cría libre. Dos años sin ver a mis primos, pero ellos no llegaron por una huelga de trenes. Así que… toda la casa para mí.
Estaba desnuda, como siempre duermo. El sol entraba a chorros por la ventana, iluminando mi cama en el tercer piso. Mi habitación es como un pisito privado, con baño y escalera secreta para salir de noche sin que nadie se entere. Me encanta eso, el riesgo. Pies descalzos en el jardín, viento en la cara, olas rompiendo abajo. Excitante, ¿verdad?
Sola en la casa, explorando mi cuerpo
Me tumbé en la cama, pensando en masturbarme. Últimamente lo hago siempre al volver de mis paseos nocturnos. Sudada, con el chándal pegado a la piel. Pero hoy, tenía tiempo. Cogí el espejo pequeño del baño, me senté al borde de la cama, piernas abiertas. El sol me daba de lleno en el coño. Lo vi todo: mi vello rizado, negro, espeso, bajando hasta las labios mayores, aún secos.
“Dios… mira eso”, murmuré. Deslicé el espejo más abajo. Mi entrada, estrecha, rosada. Recordé el Larousse de mi madre, pero esto era real. Con dos dedos abrí la raja. Mi clítoris asomó, hinchándose ya. Lo toqué suave, un escalofrío. “Mmm… sí…”. El olor subió, ese aroma mío, almizclado, salado, que me vuelve loca. Lamí mis dedos después, sabor ácido, dulce.
Empecé a frotar más rápido. El espejo temblaba en mi mano. Mi coño se mojaba, chorreando. “Ah… joder…”, gemí bajito. Metí un dedo dentro, viscosa, caliente. Resistió un poco, pero cedió. Dos dedos. El placer venía de dentro, profundo. Mis caderas se movían solas, bailando. Sudor por el vientre, metiéndose en el ombligo. Piernas como brújula abierta.
Caí hacia atrás, manos trabajando: una en el clítoris, dura como piedra, otra penetrándome. Tres dedos ahora. “¡Sí! ¡Más!”, grité, voz ronca. El orgasmo vino en olas: primero arriba, espasmos rápidos; luego abajo, un terremoto. Grité fuerte, la casa crujió, pero nadie. Me quedé temblando, olor a sexo por toda la habitación, cyprine pegajosa en las sábanas.
Me dormí un rato, desperté con hambre. Bajé desnuda al salón, carrelaje frío en los pies. Me miré en el espejo de la entrada: cuerpo delgado, costillas marcadas, tetas pequeñas pero duras, coño aún hinchado. Preparé desayuno: huevos, queso, pan. Me senté en el sillón de mi padre, pierna sobre el brazo, comiendo, migas cayendo al pubis.
Sonó el teléfono. Era mi primo Pierre: “Chloé, el tren cancelado, no llegamos hoy”. Charlamos, riendo. Colgué, sentí frío. Subí, me duché caliente, jabón por todos lados, borrando mi olor secreto. Pero quería más. Pensé en salir el barco sola, prohibido por mis padres. Me vestí rápido: bragas, polo, bermuda, espardenyes.
Bajé por la escalera de noche, jardín salvaje azotándome las piernas. Al hangar en la playa. La remolque del vaurien pesaba. La arrastraba, sudando, cuando… “¿Te ayudo?”
El chico que me vio y el sexo desenfrenado
Me giré. Era Yann, el hijo de la amiga de mi madre, 25 años, alto, pies descalzos, sonrisa pícara. Lo conocía del insti, clase de Marie-Laure, mi crush secreto. “Me asustaste”, dije, corazón latiendo.
Cogió la otra manija. Avanzamos callados, olas rompiendo. En la orilla, giramos el barco al agua. Sudados, jadeando. Lo miré: “¿Quieres navegar conmigo?”
Sus ojos bajaron a mis pechos, duros bajo la polo. “Sí… claro”. Subimos, viento fresco. Pero en vez de remar, me besó. “Te vi antes… desnuda en la ventana. No pude irme”. “¿Qué? ¡Dios!”, pero no paré su mano en mi muslo.
El barco mecía. Le bajé los shorts: polla dura, venosa, olor a mar y sudor. “Chúpamela”, susurró. Me arrodillé, salada por el agua salpicada. La lamí, base a glande, bolas peludas. “¡Joder, qué buena boca!”, gimió. Tragué hondo, arcadas, saliva chorreando.
Me tumbó, bragas a un lado. Lamio mi coño: “Hueles a sexo fresco”. Lengua en el clítoris, dedos dentro. “¡Sí, Yann! ¡Come me todo!”. Orgasmo rápido, gritando al viento.
Me puso a cuatro, polla empujando. Entró lento, estirándome. “¡Estás tan apretada!”. Embestidas fuertes, nalgas chocando, “plaf plaf”. Agarró mis tetas, pellizcando pezones. “¡Fóllame más duro! ¡Rompe me!”
Cambié: encima, cabalgando. Polla profunda, rozando punto G. Sudor mezclándose, olor a sexo y mar. “Me vengo… ¡ahora!”, él gruñó, llenándome de leche caliente.
Caímos exhaustos, barco flotando. “Esto es nuestro secreto”, dijo. Sonreí. La casa, la playa, todo olía a nosotros.