¡Ay, chicas, no sé por dónde empezar! Acabo de colgar el teléfono con Romain. ‘Vale, en el Café Thiers… mañana a las 16:30’. Mi corazón late fuerte, las piernas me flaquean. Me siento en la cama, sudando un poco. Mañana, mi primera cita con él. Ese chico que conocí hace días, con esos ojos que me traspasan.
No duermo esa noche. Su cara dorada, su sonrisa pícara, su voz grave… Mido 1,65, con tacones le llego a la nariz. Quiero que me abrace, que me proteja. Pero yo soy Camila, 27 años, española en Lyon, abierta al sexo como nadie. Adoro el deseo, las sensaciones fuertes. ¿Será él?
El nerviosismo antes del encuentro
Al día siguiente, en el trabajo, mi compi Anne-Laure me pilla. ‘¿Qué pasa, Camila? ¿Planes para esta tarde?’ ‘Eh… una cita’. Sus ojos brillan. ‘¡Cuéntame! ¿Con quién?’ ‘Con Romain… el del café’. ‘¡Ay, qué guapo! ¿Enamorada?’ Río nerviosa. ‘Puede…’.
Llego a casa a mediodía. Cuatro horas para prepararme. Ducha caliente, jabón que huele a vainilla, me rasuro todo suave. Pelo, manicura… ¡Mierda, ya son las tres! Me pongo vaqueros ajustados, blusa escotada, tacones. Perfume frutal, pschit en el cuello. Huele a deseo puro. Salgo temblando.
Llego al Café Thiers a las 16:20. Ruido de la calle, olor a café. Lo veo. Romain, guapísimo, perfume que me envuelve. ‘Hola, Camille… digo, Camila’. Sonrío. ‘Hola, guapo’. Nos sentamos en la terraza. Sus ojos en mis tetas, mi mano roza la suya. ‘Estás preciosa’, dice. ‘Tú también me pones… mucho’. Reímos, coqueteamos.
Pedimos cafés. Hablamos de todo: trabajo, viajes. Su mano en mi rodilla bajo la mesa. Calor sube. ‘¿Vamos a un sitio más íntimo?’, susurra. Asiento, mojada ya.
¡Madre mía, chicas! De repente, estamos en su piso. Puerta cierra, me besa salvaje. Boca a boca, lenguas enredadas, sabe a café y menta. Sus manos aprietan mi culo. ‘Te deseo tanto’, gruñe. Le arranco la camisa, pelo en su pecho. Huele a hombre, sudor ligero.
La explosión de pasión sin frenos
Me tira en el sofá. Baja mi blusa, chupa mis pezones duros. ‘¡Ahhh, Romain!’. Gimo alto. Mordisquea, tira suave. Manos en mis pantalones, dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando’, dice riendo. Meto mano en su pantalón: polla enorme, dura como piedra. ‘¡Joder, qué grande!’.
Lo empujo al suelo. Me arrodillo, la saco. Venosa, cabeza roja brillante. La huelo: almizcle puro. La lamo despacio, de abajo arriba. Él gime: ‘¡Sí, así, Camila!’. La chupo profunda, saliva chorreando, bolas en mi mano. Tosco, glot glot, su polla palpita.
No aguanta. Me pone a cuatro patas. ‘Te voy a follar fuerte’. Golpe seco, entra toda. ¡Aaaah! Llena mi coño, roza clítoris. Empuja ritmado, plaf plaf contra mi culo. Sudor gotea, olor a sexo crudo. ‘¡Más duro!’, grito. Me agarra pelo, azota nalga. Rojez quema delicioso.
Cambio: yo encima. Cabalgo salvaje, tetas botando. Sus manos aprietan, pellizca pezones. ‘¡Me corro!’, gime. Siento chorros calientes dentro. Yo exploto: temblores, coño aprieta, jugos por sus muslos. Grito largo, uñas en su pecho.
Caemos jadeando. Olor a semen, sudor, placer. Me besa suave. ‘Increíble, Camila’. Sonrío exhausta. ‘Vuelve pronto…’. Aún siento su polla fantasma dentro.