Me desperté esa mañana con el cuerpo pesado de placer, pero sola. ¿Dónde estaba Fred? El clic-clac del salón aún olía a nosotros, a sexo salvaje de la noche anterior. Mi coño palpitaba recordando sus embestidas. Busqué por toda la casa, el corazón acelerado. Nada. Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas. ‘Joder, ¿se ha ido?’, murmuré para mí misma.
Entonces, en la cocina, vi la flor en un vaso. Debajo, su nota. ‘Charli, mi amor… TE QUIERO’. Su voz en mi cabeza, ronca, sincera. Cerré los ojos y la imaginé susurrándomelo al oído. Mi piel se erizó. ‘No puedo esperar hasta esta noche’, gemí. Me duché, el agua caliente resbalando por mis tetas, endureciendo mis pezones. Me puse una bata, pero el deseo ardía abajo.
El despertar y la nota que me enloqueció
Comí los croissants que dejó. ‘Idiota, sé que quiero bajar kilos, pero vienen de ti’, reí sola. Ordené un poco, pero cada flash de la noche me mojaba más. La mancha en la sábana del clic-clac… olía a mi excitación, dulce y almizclado. ‘No aguanto más’. Agarré ropa al azar: un vestido. Sin bragas al principio, pero recordé: ‘¡Culotte, tonta!’.
Salí corriendo, vecina me pilló: ‘¿Estás bien, Carlota? Te oí gritar anoche’. Sonreí cómplice. ‘Sí, señora, todo bien’. Corazón latiendo fuerte, abrí su puerta con la llave. Silencio. En su cuarto, ahí estaba: desnudo, boca arriba, polla floja sobre el muslo. El aire cargado de su olor masculino, sudor y testosterona. Me temblaron las piernas.
Me quité el vestido, me acosté a su lado con cuidado. Su piel cálida rozando la mía. Puse la mano en su vientre, plano, musculoso. Dedos bajando por el feliz trail hasta su pubis. Su polla… caliente, suave. La tomé, creció en mi mano. ‘Dios, qué ganas de chupártela’, susurré. Besé sus labios dormidos, sabían a mí, a nuestro beso de la noche.
La felación prohibida mientras dormía
Bajé, lamí la hampe. Sabor salado, venoso. Gland hinchándose. ‘Chúpala, Carlota, sabes que quieres’, me dije. La metí en la boca, succioné despacio. Ronroneó en sueños. Aceleré, bolas en mi mano, pesadas. ‘Mmm… qué rica’, gemí con la boca llena. De repente, sus dedos en mi pelo: ‘¡Charli! ¿Qué haces? ¡Para!’.
Me lancé sobre él, besándolo furiosa. Lenguas enredadas, su saliva dulce. ‘Buenos días, mi ángel. Ahora me toca a mí. Tú disfruta’. Le pedí su lengua, la succioné como a su polla. Manoseé su verga dura, la branqué rápido. Gimiendo: ‘¡Sí, así!’. Volví a mamársela, profunda, garganta apretando. Pubis contra mi nariz, olor intenso.
‘¡Me corro!’, gritó. Chorros calientes en mi boca, salados como nuez, espesos. Tragué, lamiendo restos de su vientre. Él jadeaba, ojos brillantes. ‘Eres increíble, amor’. Nos abrazamos, su polla aún latiendo contra mi muslo. ‘Esta noche más’, prometí. Su trabajo, mi locura… todo valió por este momento. Te amo, Fred.