Confesión ardiente: Mi noche de sexo salvaje con el gigante en el bosque

Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Tengo 28 años, soy de Barcelona, y el sexo es mi vicio. Me flipan las sensaciones fuertes, el deseo que quema, los cuerpos sudados chocando. Ayer… o fue anteayer? Todo es un borrón de placer. Estaba en esa cabaña perdida en los bosques del Aveyron, con esos dos locos: Cédric, el exconvicto duro, y Émile, mi gigante inocente de 40 años, con esa mirada de niño grande.

Los había pillado en el banco, temblando como leafs. Les apunté con mi pistola, les obligué a salir con las manos en alto. ‘¡Vamos, moveos!’, les grité. Émile me miró y susurró: ‘Es Kim Basinger’. Sonreí. Su olor a sudor nervioso me excitó de golpe. Los llevé a la cabaña, atando a Cédric en el ático. Émile… ay, Émile era diferente. Lo miré, sus músculos bajo la camisa raída, su polla ya medio dura en los pantalones.

El secuestro que terminó en éxtasis

Esa noche, lo invité a mi cama. ‘Ven, grandote’, le dije, quitándome el jersey despacio. Mis tetas saltaron libres, pezones duros por el frío. Él jadeaba, ‘¿Puedo… tocar?’. Sus manos enormes cubrieron mis pechos, amasándolos torpe pero fuerte. Olía a tierra y hombre puro. ‘Sí, así, aprieta más’, gemí. Le bajé los pantalones. Su verga era un monstruo: gruesa, venosa, cabeza hinchada goteando precum salado. La lamí, sabor almizclado en mi lengua. ‘¡Ohhh!’, gruñó él, caderas temblando.

Me puse a cuatro patas, culo en pompa. ‘Fóllame, Émile, dame duro’. Entró despacio, estirándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, murmuró. Empujaba, chap-chap de piel contra piel, mis jugos chorreando por sus huevos peludos. Sudor salado en mi espalda, su aliento caliente en mi cuello. ‘Más rápido… ¡sííí!’, gritaba yo, uñas clavadas en la manta áspera. Él aceleró, bestia desatada, mis tetas rebotando salvajes. El olor a sexo llenaba la cabaña, gemidos roncos mezclados con crujidos de la cama.

Corrí primero, coño contrayéndose alrededor de su polla, chorros calientes salpicando. ‘¡Me vengo… aaaah!’. Él no paró, follándome a través del orgasmo. Luego rugió, ‘¡Voy a…!’, y me llenó de leche espesa, caliente, desbordando mis labios. Nos derrumbamos, pegajosos, respirando agitados. ‘Eres mi ángel’, susurró, besándome torpe.

Placer prohibido bajo la luna fría

Al día siguiente, en el bosque huyendo. Cédric fue por comida, nos dejó solos. El aire frío picaba la piel, hojas crujiendo bajo pies. ‘Émile, tengo hambre… de ti’, le dije, quitándome el pantalón. Mis bragas empapadas olían a deseo. Me tumbé en la tierra húmeda, piernas abiertas. Él se arrodilló, polla ya tiesa tiesa. ‘Chúpame primero’, ordené. Su lengua torpe lamió mi clítoris hinchado, sabor ácido de mi excitación en su boca. ‘Mmm, sabe rico’, balbuceó.

Lo monté, cabalgando su pija gorda. Sus manos en mi culo, apretando carne. Arriba-abajo, squish-squish de mi coño tragándosela. Viento frío en tetas desnudas, pezones como piedras. ‘¡Fóllame más fuerte!’, grité. Él empujó desde abajo, bestial, sacudiendo mi útero. Olor a musgo, sudor, sexo al aire libre. Gemí alto, ‘¡Sí, joder, así!’. Orgasmo brutal, visión borrosa, cuerpo temblando. Él eyaculó dentro, semen caliente mezclándose con mis jugos, goteando por sus bolas.

Entonces llegó Cédric, cojeando, pierna sangrante. ‘¡Estáis follando mientras yo sufro!’, gritó. Émile salió de mí, polla brillante de nosotros. Yo, aún jadeante, vi su coño expuesto a la luna, dedo en clítoris. ‘Mira lo que te pierdes’, le provoqué. Luego lo curé, cosiendo su herida mientras él flipaba con setas alucinógenas. Pero eso… es otra historia. Chicas, ese gigante me cambió. Quiero más.

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