Ay, amiga, si supieras lo que me pasó ayer… Estaba jadeando, a cuatro patas sobre la cama de su hermana, con el culo en pompa y Jacobo, el cuñado de Jean, embistiéndome por detrás como un animal. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con un ‘plaf plaf’ húmedo, sudoroso. Olía a sexo puro, a su colonia mezclada con mi humedad, ese aroma almizclado que me volvía loca. ‘¡Ohhh, sí, más fuerte!’, gemí sin poder evitarlo, mis tetas balanceándose al ritmo de sus polvos.
Pero déjame empezar por el principio, ¿vale? Todo arrancó en la boda de la hermana de Jean, Chloé. Yo era amiga de la uni, 27 años, con ganas de aventura. Jean me besó allí, en un rincón del jardín, sus labios suaves, temblorosos. ‘Annie, eres tan guapa…’, murmuró, y yo sentí su verga dura contra mi muslo. Pero su cuñado Jacobo apareció de la nada, riendo. ‘¡Ey, tortolitos!’, dijo, y nos separó. Me quedé con las ganas, el coño palpitando.
La boda y el primer beso con Jean
La casa de Jean era… rara. Todos se desnudaban al entrar. ‘Es costumbre’, me explicó él la primera vez que fui a estudiar. Yo me puse nerviosa, pero al ver a Lucie, la cuidadora, con sus tetas grandes al aire, y al padre tartamudeando desnudo… Me animé. ‘¿Y tú?’, le pregunté a Jean, mordiéndome el labio. Él se sonrojó. ‘No quiero asustarte’. Pero yo ya estaba mojada imaginándolo.
Volví varias veces. La segunda, después de repasar, nos besamos. Sus manos en mis muslos, subiendo la falda. ‘Jean… euh… despacio’, susurré, pero me encantaba su timidez. Luego, en el pasillo, Jacobo otra vez. ‘Te llevo a casa, preciosa’. Jean insistió. ‘Confía en él’. Subí al coche con Jacobo, su mano rozando mi rodilla. ‘Tu pañuelo’, dijo sacando el mío del bolsillo, pero olía a él, a hombre. Me lo metió en la entrepierna, rozando mi braguita. ‘¡Jacobo!’, exclamé, pero no aparté la mano.
Paramos en un semáforo. ‘Eres una diosa’, murmuró, y me besó. Fuerte, con lengua, saboreando mi saliva dulce. Sus dedos entraron en mi slip, encontraron mi clítoris hinchado. ‘Estás empapada, Annie’. Gemí, abriendo las piernas. Me folló con dos dedos allí mismo, el coche oliendo a mi jugo. ‘¡Ahhh! ¡No pares!’, supliqué. Llegamos a su casa… no a la mía. ‘Ven, te enseño algo’, dijo.
En su cuarto, me desnudó despacio. Sus labios en mis pezones, chupando fuerte, dejando marcas rojas. ‘¡Dios, qué tetas tan ricas!’, gruñó. Me tumbó, lamió mi coño, lengua plana lamiendo de abajo arriba, sorbiendo mi clítoris. ‘¡Sabe a miel!’, dijo. Yo arqueaba la espalda, uñas en su pelo. Luego su polla, gruesa, venosa, entró en mí de un golpe. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó. Me folló misionero, lento al principio, luego bestial. Sudor goteando, pieles chocando, ‘clap clap clap’. Olía a sexo, a testosterona.
El descubrimiento en la casa familiar
Pero Jean… Ay, Jean volvió antes. Entró y nos vio. Yo gritando de placer, Jacobo a punto. ‘¡Acércate, chico!’, ordenó él. Jean estaba tieso, la polla dura. Lucie lo masturbaba. ‘Es puñetero aún’, rió ella. Jacobo se corrió dentro de mí, caliente, espeso, goteando por mis muslos. ‘Ahora tú’, dijo. Yo negué: ‘¡Nooo!’, pero quería esa polla virgen.
Jean se acercó, hipnotizado por mi coño abierto, lleno de semen. Lo guiaron. Entró… ¡Virgen del amor hermoso! Su polla fina pero dura, rozando mis paredes sensibles. ‘¡Muévete, hazla gozar!’, animó Jacobo. Jean empezó, torpe al principio, luego instintivo. ‘¡Sí, Jean, fóllame! ¡Más profundo!’, grité, empujando contra él. Sus huevos peludos contra mi culo, su aliento en mi cuello, oliendo a nervios.
El placer era doble: el semen de Jacobo lubricando, Jean inocente pero hambriento. Sentí mi orgasmo venir, olas desde el clítoris al útero. ‘¡Me corro! ¡Aaaahhh!’, chillé, contrayéndome alrededor de él. Él no aguantó, eyaculó dentro, chorros calientes mezclándose. ‘¡Annie…!’, gimió, temblando.
Pero luego… se enfadó. ‘¡Puta!’, gritó. Yo, con el coño chorreando, herido. ‘¡Vete!’. Me vestí llorando, pero en el fondo… qué follada. Regresé a casa oliendo a ellos, tocándome recordándolo. Jean me llamará, lo sé. Esta casa nudista me ha enganchado. ¿Vienes conmigo la próxima?