Confesión ardiente: Mi primera noche de sexo salvaje con Tara bajo la luna

Ay, amiga, si supieras lo que me pasó anoche… Todavía tiemblo al recordarlo. Soy Glynis, tengo 27 años, y vivo con Tara, esa chasseresse morena y fuerte, en una cueva cerca de la cascada. Todo empezó con la caza. Habíamos salido al bosque, el aire fresco olía a tierra húmeda y hojas de haya. Tara tiró la flecha, el ciervo cayó con un golpe sordo, sus ojos mirándonos como sorprendidos. Pero entonces… ¡el lince! Rugió fuerte, un sonido que me heló la sangre. Tara luchó, su cuchillo en la garganta del bicho, pero las garras le rasgaron la pierna. ‘¡Tara! ¡Dioses!’, grité, blandiendo mi bastón. El lince huyó, pero ella sangraba. La llevé a la roca junto a la cascada, el agua retumbaba cerca, salpicando gotas frías.

Sus cuádriceps abiertos, la piel rasgada, sangre roja y pegajosa. ‘Imprudente, ¡eres una imprudente!’, le regañé mientras limpiaba con agua fría. Olía a hierro y sudor. Ella sonrió, ‘Engúñame más, me gusta’. Me callé, pero hervía por dentro. La até con piel de lúdrida, preparé caldo de perdiz, comimos en silencio junto al fuego que crepitaba, iluminando sus ojos oscuros. La noche cayó, la luna enorme como un cráter blanco. Salimos, torches encendidas, el torrente murmuraba. ‘Tara, prométeme ser más cuidadosa’, dije sentándome en la hierba húmeda. Ella se acercó cojeando un poco, ‘Tengo miedo, Glynis… miedo de perderte’. Su mano grande tomó la mía, cálida y callosa.

La caza, la herida y la tensión que estalla

De repente, confesó: ‘Te deseo desde que te encontré. Tus pechos bajo la cascada, tu coño rojo brillando…’. Me quedé muda. ‘¿Tú? ¿La gran cazadora?’. Me tiró al suelo, sus labios en los míos, lengua caliente invadiendo mi boca, sabor a carne de ciervo y menta. ‘Déjame enseñarte’, murmuró quitándome la túnica. Estaba desnuda, piel erizada por el fresco. Sus pechos pesados rozaban los míos, pezones duros como piedras. Bajó, mordisqueó mis tetas pequeñas, ‘¡Aah!’, gemí. Sus dedos abrieron mis labios, húmedos ya, olor a mi excitación almizclada. ‘Estás chorreando, mi amor’. Lamía mi clítoris, succionando, lengua plana lamiendo de abajo arriba. ‘¡Tara, no puedo…!’, exploté, jugos salados en su boca, cuerpo arqueado, el aire lleno de mi grito ahogado.

Placer desbocado bajo la luna llena

Me lavé en la cascada fría, dientes castañeteando. ‘Ven, caliéntate contra mí’, dijo ella, pechos al aire, bragas bajadas revelando su mata negra espesa, labios hinchados brillando. Nos besamos, yo explorándola. ‘Tus tetas son enormes, quiero mamarlas’. Chupé sus pezones gruesos, mordí suave, ella gruñó, ‘¡Sí, así!’. Bajé, olí su aroma fuerte, musgoso, probé su miel salada lamiendo su clítoris erecto como una lanza. ‘¡Glynis, joder!’, gritó cuando metí un dedo en su coño apretado, luego dos, curvándolos. Se corrió fuerte, chorro caliente en mi cara. Tête-bêche, 69 perfecto. Mi lengua en su ano fruncido, dedo entrando lento, ella chilló, ‘¡Más profundo!’. Su dedo en mi culo, frotando, me hizo explotar otra vez, piernas temblando, sudor mezclado con jugos.

‘Prométeme obedecer mientras sanas’, le dije jadeando, mordiendo su cuello salado. ‘Te obedeceré, pero dame tu culito mañana’. Reí sonrojada, ‘Sí, amor, lo tendrás’. Nos abrazamos bajo la luna, cuerpos pegajosos, olores de sexo y tierra. Fue mi primera vez, real, cruda, inolvidable. Aún siento sus dedos dentro, su lengua en mí. Mañana, más…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *