Confesión ardiente: Mi polvo salvaje con el repartidor y mi hermana Daphné

Ay, chica, si supieras lo que me pasó anoche… Estaba en el sofá con Daphné, mi hermana, tomando un cóctel fresquito. Hablábamos de Roméo, de ese cabrón que me resiste, y de mi nuevo stagiaire Hernan, que me folló como un campeón al mediodía en el baño del curro. Olía a su sudor aún en mi piel, ese aroma masculino, salado, que me pone a mil.

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Sonó el timbre. ‘¿Quién será?’, dije yo, levantándome con una sonrisa pícara. Daphné me miró curiosa. Fui al interfono. ‘Sí, soy yo’. Era Bud, el repartidor. Le abrí, me peiné rápido y ajusté mis tetas en el escote, que se marcaban bajo la blusa fina.

La llegada inesperada del paquete

Abro la puerta. Bud entra con el paquete, alto, musculoso, con esa camiseta ajustada sudada por el curro. Sus ojos se clavan en mis curvas, de arriba abajo, sin disimulo. ‘Buenas noches, señora. Firma aquí’. Su voz grave, un poco temblorosa. Le hago pasar. ‘Entra, verifica que todo esté bien’. Daphné se acerca, saludando con una sonrisa juguetona.

Pongo el paquete en la mesa, cojo un cuchillo y lo abro despacio. Saco la culotte negra de encaje, el sujetador push-up. Bud traga saliva, sus ojos fijos en la tela. Luego el bustier rojo de cuero, que brilla bajo la luz. ‘Mmm, perfecto’, digo, rozándolo con los dedos. Daphné ríe bajito. ‘Falta lo mejor’, rasgo el plástico y saco el vibromasajeur enorme, negro, grueso, con venas. Lo paso por mi cara, oliendo el nuevo caucho. Bud suelta una risa nerviosa, larga, excitada.

‘¿Lo probamos?’, le digo a Daphné, mirándolo fijo a él. Ella guiña: ‘¿A quién?’. Bud, sin pensarlo, se desabrocha el vaquero. ‘¡Raaaaah!’. Su polla salta fuera, dura como piedra, gorda, con la punta ya húmeda. Huele a hombre, a deseo puro. Me arrodillo delante, la cojo en la mano, tibia, palpitante. ‘Joder, qué pedazo’, murmuro. La lamo despacio, desde la base hasta la cabeza, saboreando el pre-semen salado, amargo.

Bud gime: ‘Oh, mierda…’. Daphné se acerca, se quita la falda. ‘Déjame probar’. Se pone a su lado, yo chupando fuerte, succionando, haciendo ruidos húmedos, slurp slurp. Él agarra mi pelo, empuja en mi boca. ‘Así, puta… más profundo’. Me atraganto un poco, saliva chorreando por mi barbilla, pero sigo, garganta abierta, sintiendo cómo me llena.

El juego explota en sexo salvaje

Daphné le besa el cuello, mordisquea su oreja. Él la toca las tetas, grandes y firmes. La tumba en el sofá, le abre las piernas. ‘Ahora tú’, le dice. Yo me quito la ropa rápido, piel erizada, pezones duros. Me siento en su cara, frotando mi coño mojado contra su boca. Su lengua entra, lame mi clítoris hinchado, chupando mis labios. ‘¡Aaaah! Sí, lame más’, gimo, moviéndome, oliendo mi propio jugo dulce y ácido en su aliento.

Bud mete la lengua profundo, mientras folla a Daphné con los dedos. Ella jadea: ‘¡Dios, qué dedos!’. Yo agarro el vibro, lo enciendo, zumbido fuerte, y se lo meto en el culo a él, despacio. Él gruñe contra mi coño, vibraciones subiendo por su polla. Daphné se gira, a cuatro patas, y él la penetra de golpe. Plaf, plaf, carne contra carne, sudor goteando.

‘¡Fóllame fuerte!’, grita ella. Yo me pongo debajo, lamiendo donde se unen, su polla entrando y saliendo, jugos mezclados, salados. Él sale de Daphné y me monta a mí, misionero salvaje. Sus embestidas profundas, golpeando mi útero, tetas rebotando. ‘¡Más, joder, rómpeme!’, grito. Sudor en su pecho, pegajoso, olor a sexo intenso, almizclado.

Cambiamos: yo a cuatro, él detrás, Daphné debajo lamiéndome el clítoris. Su polla me estira, llena, cada empujón un ‘¡ah! ¡ah!’. Grito, corro, jugos salpicando. Él acelera, gruñe: ‘Me vengo…’. Saca y nos eyacula en la cara, chorros calientes, espesos, salados. Lamemos todo, besándonos con su semen en la boca.

Quedamos jadeantes, cuerpos pegajosos, olor a orgasmo en el aire. Bud se viste, riendo: ‘Volveré con más paquetes’. Se va. Daphné y yo nos miramos, riendo. ‘Mejor que Roméo’, digo. Y seguimos la noche, con el vibro y recuerdos frescos.

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