Confesión ardiente: Mi placer secreto en el baño de la oficina

¡Ay, amigas, no os lo vais a creer! Hoy en la oficina ha sido… uf, intenso. Ese fotógrafo joven, Laurent, el más guapo de Blackbird, no para de comerme con los ojos. Cada vez que paso por delante de su escritorio, noto su mirada clavada en mis curvas. Llevo este jersey de cuello alto que me aprieta los pechos, perlas al cuello que brillan como gotas de leche, y unos vaqueros nuevos que me marcan el culo y los muslos. Me he puesto botines con tacón que me levantan el trasero, y el pelo en coleta alta para que se vea mi nuca. Él babea, lo sé. Me hace sentir tan… deseada.

Paso dos veces por hora, solo para provocarle un poco. ¿O soy yo la que se calienta? Su polla debe estar dura como una piedra detrás del escritorio. Yo, Cristina, 28 años, casada con un tío timorato, pero con un fuego dentro que solo mi amante Didier sabe avivar. Laurent me mira como si quisiera devorarme, y yo… yo me mojo pensando en lo que podría hacerme.

Las miradas que me encienden en la oficina

De repente, no aguanto más. Necesito ir al baño. Camino por el pasillo, mi culito ondulando, y veo que él se levanta también. ¡Mierda, nos cruzamos! ‘Hola, Cristina’, dice con voz ronca, ojos verdes fijos en mis tetas. ‘Hola, Laurent’, respondo con una sonrisa inocente, pero mi coño palpita. Entro en el baño de chicas, cierro la puerta del váter. Él entra al de hombres, justo al lado. La pared es fina, oigo todo.

Me quito las botas despacio, el tacón chasquea en el suelo. Bajo los vaqueros, cambrada, meneando las caderas como Didier me enseñó. ‘Así, puta, muéstrame ese culo’, me imagino su voz grave. El jean raspa mis muslos suaves, huele a mi piel caliente. Luego la braguita negra, tanga que se pega a mi raja húmeda. La arranco, mis nalgas al aire, frescas en el baño frío. Me toco la concha, resbaladiza, olor almizclado sube. ‘¡Joder, qué mojada estoy!’, susurro.

Me planto frente al váter, piernas abiertas. Desde que Didier me habló de cómo el placer de cagar se parece a que te follen el culo… uf, lo pruebo siempre. Me relajo, el ano se abre lento. Un olor terroso, íntimo, llena el aire. Empujo suave, un tronco duro asoma, distiende mi agujero. ‘¡Ahhh!’, gimo bajito. Duele rico, como un nabo gordo entrando. Imagino a Didier detrás: ‘¡Empújalo, zorra! Siente cómo te abro’. El plof en el agua, eco húmedo.

El éxtasis prohibido en el váter

Oigo ruidos al lado. ¿Laurent? Se está pajeteando, jadea ahogado. Su olor a macho caliente traspasa la pared. Me excita más. Me abro las nalgas con las manos, piel suave y sudorosa, uñas hundiéndose. Otro pedazo sale, enorme, me deja el culo palpitante, vacío y listo. ‘¡Fóllame el culo, Didier! O… ¡cualquiera con una polla gorda!’, pienso en esa foto antigua de un negro con verga monstruosa, dos manos para pajearla. Lágrimas de placer, coño chorreando.

Me froto el clítoris, dedos chapoteando en mis jugos dulces y salados. ‘¡Sí, métemela toda! ¡Destrózame!’, imagino gritando. Olor a mierda y excitación mezclados, asqueroso y adictivo. Empujo otra vez, el ano se estira al máximo, sensación de fullness como una corrida anal. Grito suave, orgasmo me sacude, piernas tiemblan, chorro caliente baja por muslos. Al lado, él ruge bajito, ¡se corre pensando en mí!

Me limpio temblando, papel áspero en mi piel sensible. Me visto despacio, vaqueros apretando mi culo usado. Salgo, él ya se fue. Vuelvo al trabajo con sonrisa angelical, pero dentro soy una puta en llamas. ¿Quién será la próxima vez? Laurent… o quizás lo invite yo.

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