Confesión ardiente: Mi noche prohibida del 14 de julio

¡Ay, amiga! Te lo cuento como si acabara de pasar, porque aún siento el calor en la piel. Tengo 27 años, vivo en esta casa rural rodeada de pinos y vacas, y este 14 de julio… uf, fue una locura. Me llamo Clara, soy de España pero aquí en Francia me siento viva, con el sexo siempre en la cabeza, ese cosquilleo que no para.

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Mira, el sol salía teñido de oro, niebla tibia subiendo de los árboles. Yo limpiaba la casa, nerviosa, esperando a Luis. El corazón me latía fuerte, pensando en él, en sus manos grandes. Las vacas mugían perezosas bajo los sapos, el aire olía a tierra húmeda y hierba fresca. De repente, un claxon. Bajé corriendo, él en su coche viejo, traje claro, sonrisa pícara.

La tensión en el camino a Brioude

—Hola, guapa. ¿Lista para el baile?

—Un poco pronto, ¿no? —le dije, sonrojada.

Me abrió la puerta, olía a genista y verbena en el volante. Arrancamos por el bosque, silencio tenso. Yo sentía su mirada, el roce de su pierna contra la mía. Sudor leve en su cuello, olor masculino, a madera y jabón.

—He reservado habitación en la posada —dijo de golpe.

—¿Qué? ¡Luis!

—Solo para dormir, te lo juro. Tengo el agua dormitiva de Marie. Pero… admito que te deseo tanto.

Sus palabras me mojaron entre las piernas. Paramos en el arcén. Sus ojos ardían. Me besó el cuello, mordisqueando suave. ‘Clara… tu piel sabe a miel’. Gemí bajito, su mano subió por mi falda, tocando mi braguita húmeda.

—No… espera… —murmuré, pero abrí las piernas.

La entrega total en la posada

Sus dedos entraron, despacio. ‘Estás chorreando, mi amor’. El sonido chapoteante, mi coño apretándolo. Olía a sexo ya, a mi excitación dulce y salada. Me corrí rápido, temblando, mordiéndome el labio.

Llegamos a Brioude. Calles llenas de fiesta, pavoisadas. Aparcamos cerca de la modista. En una tienda de antigüedades, un tipo alto compraba un puñal con mango de marfil, cabeza de demonio. Lo pagó amenazando al viejo, voz grave: ‘El diablo paga por adelantado’. Luis me apretó la mano: ‘Cuidado esta noche’.

Probé el vestido: rojo fuego, ceñido, mis tetas altas, culo marcado. Luis jadeó: ‘Vas a volverme loco’. En el baile, música folk, cuerpos sudados. Bailamos pegados, su polla dura contra mi vientre. ‘Siento cómo palpitas’, le susurré al oído, lamiendo su lóbulo salado.

De vuelta a la posada, noche cerrada. Él tomó la poción, clavo, anís, canela en su aliento. Pero sus ojos seguían hambrientos. ‘No funciona del todo’, gruñó, empujándome a la cama. Hice de menos: ‘Entonces fóllame, cabrón’.

Me arrancó el vestido. Sus labios en mis pezones, duros como piedras. Chupaba fuerte, mordía, yo arañaba su espalda. ‘¡Sí, así!’. Bajó, lamió mi coño depilado, lengua plana, sorbiendo mis jugos. ‘Sabes a gloria, Clara. Dulce y puta’. Metió dos dedos, curvados, tocando mi punto G. Grité, olas de placer, olor a sudor y excitación llenando la habitación.

Me puse a cuatro patas, culo alto. ‘Entra ya’. Su polla gruesa, venosa, cabeza hinchada. Empujó despacio, estirándome. ‘Joder, qué apretada’. El sonido de carne contra carne, plaf plaf. Sus bolas golpeando mi clítoris. Sudor goteando, olor almizclado. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando. Él pellizcaba mis pezones, ‘Córrete en mi polla’.

Me corrí gritando, coño convulsionando, leche saliendo. Él se puso encima, misionero brutal. ‘Te lleno, puta mía’. Chorros calientes dentro, semen espeso, goteando. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa.

Al amanecer, el puñal del tipo me dio mala espina, pero esa noche… fue pura vida. Aún huelo su semen en mí.

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