Chicas, no os lo vais a creer. Ayer en Cannes, en ese hotel de lujo, pasé por algo que aún me pone la piel de gallina… y el coño mojado. Tengo 28 años, estoy buenísima, abierta al sexo como nadie. Me encanta el riesgo, el deseo que quema. Fui a la playa, ligué con un italiano guapísimo, joven, musculoso, con esa piel morena que brilla al sol. Olía a mar y a colonia barata, pero su sonrisa… uf. Le invité a mi suite. Entramos riendo, besándonos como locos.
—Humm, preciosa, tu coñito español me va a volver loco —me dice con acento sureño, manoseándome los pechos por encima del bikini.
La trampa en la habitación
Le arranco la camiseta. Su pecho rasurado, liso como una nalada. Huele a sudor fresco, salado. Le bajo los shorts y… ¡joder! Su polla es gruesa, venosa, el glande morado ya goteando. La agarro, mis dedos apenas la rodean. Palpita caliente en mi mano.
—Chúpamela, puta —gruñe, empujándome de rodillas.
Me arrodillo en la alfombra mullida. El suelo está tibio del sol que entra por la ventana. Abro la boca, esfuerzo, saliva chorreando. Solo entra la cabeza, la chupo con hambre, lengua girando alrededor. Él gime ronco, agarra mi pelo. Slurp, slurp, los sonidos húmedos llenan la habitación. Huele a macho, a pre-semen salado en mi lengua.
De repente, me empuja al letto. Rasga mi bikini, mis tetas saltan libres, pezones duros como piedras. Se pone condón, rápido. Me abre las piernas, las sube contra mi pecho. ¡Zas! Entra de golpe, me llena hasta el fondo. Duele un poco, pero excita. El olor a goma y sexo invade todo.
—¡Sí, cabrón! Me rompes el coño —grito, jadeando.
Me taladra brutal, piel contra piel chapoteando. Sudor gotea de su frente a mis tetas. Pero… no sé, se pone agresivo. Me da la vuelta, me abre el culo. Lubrica con saliva, escupe. Entra por detrás, quema, estira mi ano. Grito de dolor.
—Para, por favor… duele…
Él no escucha, aprieta más. Siento lágrimas calientes en mis ojos. Huele a miedo ahora, mezclado con su sudor agrio. De pronto, un ruido. La puerta del armario se abre. Un tío sale como un rayo, alto, pelo largo, ojos azules. Lleva un pasamontañas medio bajado. Agarra una lámpara y ¡pam! Le revienta la cabeza al italiano. Cae como un saco, sangre chorreando.
Me quedo tiesa, desnuda, culo al aire. El desconocido me gira, me mira. Su olor: tierra, vino, hombre real. Respiro agitada, tetas subiendo y bajando.
—¿Estás bien? —pregunta, voz grave, temblorosa.
Asiento, atónita. Él me tapa con la sábana. El italiano respira débil, vivo.
—Vete, yo me encargo —le digo, shockeada pero firme—. Esta noche, bar del hotel, 19h. Estate guapo.
Se va sigiloso. Llamo a mis contactos, el italiano desaparece para siempre. Noche loca.
Bajo al bar, vestido rojo ceñido, tetas casi saltando, tacones clic-clac. Le veo: vaquero ajustado, polo blanco, pelo revuelto. Nos sentamos, cena íntima. Sus ojos en mis curvas, deseo puro.
El éxtasis con mi héroe
—Gracias por salvarme —susurro, mano en su muslo.
—Jean-Philippe —se presenta, ruborizado.
Bailamos en la disco, pegados. Su polla dura contra mi vientre. Huele a aftershave fresco.
—¿Quieres follarme? —le digo al oído, mordiéndole el lóbulo.
Subimos. En la puerta, tiemblo, recuerdos. Él me abraza suave, besa mi cuello. Marbrures en mi garganta, las lame con ternura. Me desnuda lento: vestido cae, tanga empapada. Mi coño depilado en forma de sol español, húmedo, oliendo a excitación dulce.
—Déjame tocarte —murmura.
Sus dedos en mi clítoris, masaje suave. Gimo bajito. Lengua en mis pezones, chupando, mordisqueando suave. Huele a mi piel bronceada, crema solar vainilla.
Me tumba, 69. Su polla fina pero dura, perfecta para mi boca. La saboreo, lengua plana, succionando. Él lame mi coño: labios hinchados, clítoris palpitante. Dedos dentro, curvados, tocan mi punto G. Chorros de jugos en su cara.
—Fóllame ya —suplico, voz ronca.
Se pone condón. Entra despacio, ojos en los míos. Me llena perfecto, roza cada pared. Va-et-vient lentos, profundos. Sudor perla en su pecho, lo lamo salado.
—Dios, tu polla me acaricia por dentro… más fuerte…
Acelera, mis caderas suben. Piernas en su espalda, uñas clavadas. Grito, orgasmo brutal: coño contrayéndose, chorros calientes. Él sigue, me pone encima. Cabalgo, tetas botando, clítoris frotando su pubis peludo. Huele a sexo puro, gemidos ahogados.
—Voy a correrme… —gime.
Explota dentro, yo otra vez. Colapso sobre él, besos suaves. Dormimos abrazados, su calor me cura.
Al día siguiente, le di dinero, pero lo nuestro… quién sabe. Aún siento su polla en mí.