Confesión ardiente: Mi aventura prohibida con el becario en la oficina

En el trabajo siempre soy la chica perfecta, ¿sabes? Me visto sexy, con faldas cortas que marcan todo, pero mis gestos… nada de malentendidos. Con hombres o mujeres, soy profesional al cien.

Pero un día… uf, el barniz se rompió. Llega Jeremías, un chaval de 18 años, con el director de RRHH. Pelo negro corto, cara fina, sin barba, casi femenino, pero cuerpo atlético. Un bombón en miniatura.

La llegada del tentador y mi provocación inicial

Se instala en un rincón, nervioso, y nuestra jefa, esa zorra, se lanza sobre él. ‘Te explico todo’, dice, frotándose contra su brazo, sonrisitas, roces… ¡puro acoso! Él intenta esquivarla, rojo como un tomate.

Yo me río bajito, observándolos. Ella me mira furiosa y se va hecha una furia. Él me sonríe, tímido, con esos ojos verdes… ay, qué mono.

Al día siguiente, mi marido me da el beso de buenos días. ‘¿Adónde vas así?’, me dice, mirándome la ropa. Llevo un vestido tubo negro, ajustadísimo, se ve el contorno de mi tanga roja, la puntilla. Corto, sin sujetador, pechos al aire en el escote. ¡Provo total!

Me quedo parpadeando. ‘¿Qué? Ay, no sé…’. Él pone cara de celos. Le digo que me cambio por el traje gris, serio. Pero para ‘ayudarme’, sus manos suben por mis medias, rozan las piernas, entran en la tanga. ‘Vas a llegar tarde’, le susurro, pero él ríe: ‘Pues hagámoslo rápido’.

¡Sí! Le bajo la cremallera, su polla salta dura. Me subo el vestido, me cuelgo de su cuello, me empalo sin quitar la tanga. Me aplasta contra la pared, me folla brutal. Duele el roce, pero gimo fuerte: ‘¡Ay, Dios! ¡Más!’. Él explota dentro, caliente, profundo.

Todo el día pensando en eso, ni miro al becario. ¿Para qué babear por un crío si tengo un hombre de verdad?

Días después, agachada en el armario de archivos, busco un dossier. Siento una mirada. Es Jeremías, devorándome las piernas. Mi minifalda negra subida hasta las nalgas.

‘¡Ven a ayudarme!’, le digo juguetona. Se pone delante, ojos perdidos bajo mi falda. Se queda tieso al ver mi culotte azul, transparente, mi pelito asomando. Me acerco, su aliento caliente en mi cara, entrecortado.

Tropiezo ‘sin querer’, caigo riendo, piernas abiertas. Él paralizado, mirando mi coño. No estoy muy mojada, pero me encanta encenderlo. Me levanto, veo su paquete enorme en el vaquero. ¡Bandarra!

Me cuelgo de su cuello: ‘Podrías haberme sujetado’. Besa tembloroso. Yo lo beso suave, pero él se enciende, lengua dentro, fuerte. Caemos al suelo, él encima, mano bajo falda, apretando mi sexo. Boca en mi blusa, desabotonando.

El clímax explosivo en los baños

‘¿Por qué me paras?’, dice con cara de perrito. ‘Es peligroso, estoy casada, eres joven’. Me llama guarra, tiene razón. Me visto de pantalón después.

Días tensos, él cabreado. Fin del stage, pot de despedida. Me pongo falda amarilla ligera, camiseta ceñida. Le doy besos: ‘Suerte, guapo’.

Voy al baño, bebiendo un poco. Salgo y ¡zas! Jeremías, cara dura. Me empuja dentro, me sienta en el váter. ‘¡Eres una puta que me calienta y no remata!’, grita bajito.

‘Perdóname, porfi…’. Baja la cabeza: ‘Nunca he follado, creí que sí conmigo. Eres preciosa, tu marido tiene suerte’.

Me ablando. Apoyo cabeza en su pecho, corazón latiendo fuerte. Le bajo pantalón y slip, su polla magnífica. La beso, acaricio huevos. Se pone dura ya. Lamí el glande, chupada profunda, dedo en su ano. Gime: ‘¡Joder, qué bueno!’.

‘Para, no aguanto’. Lo siento, levanto falda, quito culotte. Se la froto en la cara, olor a mujer. Me giro, culito a su nariz, subo falda lento.

Respira agitado: ‘¡Dios, qué coño tan rosa, mojado!’. Manos en caderas, nariz en mi ano, lengua dentro. Guío su mano al clítoris. Lamé, mordisquea, sube al culo. ‘¡Sí, así, chaval!’

Rápido, saco condón. Se lo pongo chupando. Me siento en él, empalada. Brazos en cuello, beso, ondulo. Dura poco: gruñe, corre dentro.

Me blinda, yo sigo moviéndome. Cojo su mano, al clítoris: ‘No me dejes así’. Dedos expertos, follando mi coño. Me pongo de pie sobre váter, él lame, dedo en culo. Temblo, grito ahogado, aprieto su cabeza. Éxtasis, lo suelto rojo y mojado.

Salimos riendo. La jefa: ‘¿Buen recuerdo?’. Risa loca, miradas cómplices. Nunca más supe de él. ¿Venganza o fantasía? Moral… le enseñé bien, ¿no? ¿Tú qué hubieras hecho?

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