Confesión ardiente: Mi aventura con el joven amante y el sexo brutal con mi marido

Estaba tumbada en el sofá, con las piernas al aire, solo un vestidito corto que apenas tapaba nada. Acababa de despedirme de Héctor, mi amante, ese chaval de 22 años que me vuelve loca. Todavía sentía su polla dentro, el calor pegajoso entre las piernas. Olía a sexo por toda la casa, a sudor y a su colonia barata mezclada con mi perfume. Sonreí cuando oí la llave en la puerta. Mi marido, Carlos, entraba puntual como siempre a las siete.

Me miró, ese sonrisa suya de siempre, pero yo… yo estaba radiante, con las mejillas sonrosadas del orgasmo de hace media hora. Le di un beso suave, labios contra labios, y joder, en ese momento pensé: ¿sentirá el sabor de la leche de Héctor? Me había chupado la polla justo antes de que se fuera, tragándome todo. Fruncí un poco el ceño, nerviosa, pero él no notó nada. O eso creí.

La sorpresa al volver a casa

De repente, sus ojos cambiaron. Me agarró fuerte, me arrancó las bragas de un tirón. ‘¡Ay!’, solté, sorprendida. Su mano fue directa a mi coño, ya mojado, resbaladizo por los fluidos de los dos. Me frotó el clítoris con la palma, fuerte, salvaje. ‘¿Te gusta, zorra? ¿Te gusta que te frote el coño como a una puta?’, murmuró bajito al principio, voz ronca. Me quedé helada. Él nunca habla así. Siempre es tierno, rápido.

Pero yo… yo ardía. ‘Sí… oh sí, me encanta. Hazme daño, fóllame fuerte’, gemí, arqueándome. Respiraba agitada, el corazón latiéndome en el pecho. Su mano entera se hundió en mí, puño adentro, chapoteando en mi humedad. ‘¡Más profundo! ¡Joder, rómpeme!’, grité, las uñas clavadas en sus hombros. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que llena el salón. Él me pellizcaba los pezones por encima del vestido, cada vez más fuerte.

Me abrí la blusa yo misma, tetas al aire, duras como piedras. No llevaba sujetador, claro, Héctor me las había mamado minutos antes. Carlos las apretó, las torció. ‘¡Aaaah! Duele… pero sigue, por favor’, supliqué, jadeando. Me tumbé del todo, piernas abiertas, y él se puso encima, polla dura contra mi boca. La chupé ansiosa, sintiendo su sabor salado, el olor de su piel. Me folló la garganta, golpes secos, ‘glug glug’, saliva por todos lados.

No aguantó. ‘¡Me corro!’, rugió, y su leche caliente me llenó la boca, espesa, amarga. Tosí, algo se derramó en la alfombra. Yo temblaba, a punto de correrme, pero él se apartó, dejándome ahí, frustrada, coño palpitando. No dijimos nada. Solo nos miramos, sudados, el aire pesado de sexo.

El clímax prohibido y la entrega total

Bueno, os cuento el secreto. Todo empezó esa tarde. Carlos en el trabajo, yo sola en casa. Héctor llegó, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara. ‘Ven, mi amor’, me dijo, besándome el cuello. Olía a jabón fresco, a juventud. Me llevó al despacho de Carlos, me sentó en el escritorio. ‘Quítate las bragas’, ordenó. Me abrí de piernas, coño depilado brillando.

Me lamió despacio, lengua plana en el clítoris, ‘chup chup’, succionando. ‘¡Dios, qué rico! No pares…’, gemí, agarrándole el pelo. Me corrí rápido, chorros calientes en su boca, piernas temblando. Luego me puso a cuatro patas, polla gorda entrando de golpe. ‘¡Fuerte, Héctor, rómpeme el coño!’, pedí. Embestidas profundas, ‘plaf plaf’, piel contra piel. Sudor goteando, olor a sexo crudo.

Me corrí otra vez, gritando, y él se vació dentro, leche caliente inundándome. ‘Límpialo todo’, dijo riendo. Yo oriné un poco de nervios, mojando el escritorio. Vergüenza, pero excitante. Luego, la idea loca: mi vestido de novia. Lo saqué del armario, blanco impoluto. Me lo puse, tacones altos. ‘Fóllame como en mi noche de bodas’, le pedí.

En la cama, él subiendo el vestido, acariciando piernas con medias. ‘Despacio…’, susurré. Manos suaves en muslos, aliento caliente. Me besó las tetas, succionando pezones. ‘Mira mis tetas, chúpame bien’. Luego levrette, polla entrando suave al principio, luego fuerte. ‘¡Sí, así, como a tu puta novia!’, gemí. Sentí a Carlos ahí, en el olor de las sábanas, observándonos. Me corrí imaginándolo, Héctor eyaculando dentro.

Limpieza rápida, perfume para tapar olores. Y llegó Carlos… Ahora sé que algo sospechaba. Ese sexo brutal fue lo mejor. Me dejó marcada, dolorida, feliz. Quiero más. ¿Y si lo descubre todo? Mmm, solo pensarlo me moja otra vez.

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