Confesión ardiente: Cómo pillé a mi amiga follando como loca con mi hombre ideal

Ay, chica, si supieras lo que me pasó ayer… Estaba temblando de rabia, pero también de una excitación que no te imaginas. Fui al despacho de Serena, mi supuesta mejor amiga, esa que siempre me ha robado los tíos. Rodolphe, mi aliado en esto, iba detrás de mí, y Antoine, el banquero, con cara de sorpresa. Abrí la puerta de golpe… y ¡zas! Ahí estaba ella, Serena, a cuatro patas sobre el escritorio, con el culo en pompa, gimiendo como una perra en celo.

Sylvère, mi ‘hombre perfecto’, la taladraba por detrás. Sus caderas chocaban contra las nalgas redondas de ella, ¡plaf, plaf, plaf! Ese sonido húmedo, rítmico, llenaba la habitación. El olor a sexo flotaba en el aire, sudor mezclado con perfume caro y algo almizclado, como almizcle de coño mojado. Ella arqueaba la espalda, los pechos bamboleándose, tetas grandes y firmes rebotando con cada embestida. ‘¡Sí, Sylvère, más fuerte, joder, rómpeme!’, gritaba ella, la voz ronca, entre jadeos.

La traición que encendió mi fuego vengador

Él gruñía, sudado, los músculos de su espalda brillando bajo la luz del oficina. Agarraba sus caderas con manos fuertes, dedos hundiéndose en la carne blanca. Yo veía cómo su polla, gruesa y venosa, entraba y salía de ella, reluciente de jugos. Cada vez que se retiraba, el coño de Serena chasqueaba, succionando, como si no quisiera soltarlo. ‘¡Dios, qué apretada estás, Serena!’, murmuraba él, inclinándose para lamerle el cuello, mordisqueando la oreja. Ella giraba la cabeza, besándolo con lengua, saliva chorreando.

Yo me quedé paralizada un segundo, el corazón latiéndome en el pecho, un calor subiéndome por el cuerpo. No de celos, no… de puro morbo. Recordé todas las veces que ella me había quitado a mis amantes: Herb, con su cuerpo atlético pero polla torpe; Friedrich, ojos hipnóticos pero follada sosa; Freddy, el mago del sonido que no hacía magia en la cama; Lars, el abogado charlatán cuya lengua prometía pero fallaba. Todos acabaron entre sus piernas.

Pero esta vez, era mi trampa. ‘¡Eh, eh, qué tenemos aquí!’, dije riendo, mientras ellos se separaban como gatos escaldados. Serena se cubrió con la blusa arrugada, Sylvère agarró sus pantalones, la polla aún tiesa, goteando. El aire olía a semen fresco, a coño excitado. Rodolphe entró, sonriendo por fin. ‘Vaya fiesta, ¿no?’, dijo él.

Le conté todo a Sylvère antes: ‘Finge estar enamorado de mí, déjate seducir por ella, pero grábate bien las escenas’. Él, con 25 años, cuerpo de dios griego, manos suaves como seda, ojos penetrantes, voz seductora… perfecto. Lo contraté para su tour, pero también para esto. Serena mordió el anzuelo: problemas financieros, yo ‘enamorada’ de él, celosa. ‘No lo toques’, le dije. Y ella, la zorra, no pudo resistir.

El clímax explosivo: Sexo en el despacho y justicia caliente

Ahora, todos reunidos: Herb, Lars, Freddy, Friedrich… los llamé. Les conté sus destinos: Herb, barrendero gracias a mí; Friedrich, sin shows nunca más; Freddy, despedido y negro en su sector; Lars, su bufete mío, en quiebra. Serena pálida, desnuda casi, oyéndolo todo. ‘Tú, amiga mía, siempre robándome pollas para sentirte superior. Pero Sylvère era cebo. No lo amo, es un chaval. Tú sí caíste, follando como loca en tu oficina.’

Rodolphe se levantó: ‘Divorcio, Serena. Nada te quedará. Yo soy el de RS Trust, tu nuevo jefe.’ La miré, su coño aún hinchado visible bajo la falda subida. ‘Tu empresa es mía. Serás empleada. Y yo… con Rodolphe, el fiel, el que merecía mejor.’ Él me abrazó, sus manos en mi cintura, un beso que sabía a victoria. Sus labios calientes, lengua explorando, mi cuerpo respondiendo. Oí su suspiro: ‘Por fin, Sabrina.’

Salimos, dejando a Serena rota. Esa noche, Rodolphe me folló como nunca: despacio al principio, sus manos fuertes masajeando mis tetas, polla dura entrando en mí, llenándome. ‘¡Sí, amor, devórame!’, gemí, uñas en su espalda. El olor de su piel, sudor salado, sabor de su cuello. Él aceleró, embistiéndome en misionero, mis piernas enredadas, coño apretándolo. Orgasmos en cadena, chorros calientes dentro. ‘Eres mía’, gruñó. Y yo, jadeando: ‘Siempre lo fuiste tú.’

Chica, fue la follada de mi vida. Venganza dulce, placer infinito. ¿Quieres detalles más sucios? Te los cuento otro día…

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