Mi aventura salvaje con dos jóvenes futbolistas en los vestuarios

Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Estoy que echo humo desde que salí de casa esta tarde de junio. El sol brilla a tope, perfecto para la playa, y yo aquí, conduciendo a dos chavales al partido de fútbol fuera. Mi hijo está en cama con fiebre, pero el turno es mío, no hay escapatoria. La carretera serpentea entre árboles, el asfalto caliente huele a verano, pero los curvas me tienen clavada al volante.

De reojo, miro a Federico a mi lado. Dieciocho años, 1,89 m, rubio, flaco pero puro músculo de los entrenos. Detrás, Cristóbal, pelirrojo con pecas, igual de atlético. Hablan de tonterías del equipo, pero pillo a Federico mirándome las piernas. Mi vestido ligero se ha subido, deja ver muslos bronceados, y el escote… uf, mis tetas casi saltan. Sus ojos, hambrientos, me ponen nerviosa. Siento su deseo como un calor en el aire.

El viaje tenso y el primer vistazo prohibido

“¿Todo bien, Ámbar?”, dice Federico con voz ronca. “Sí, sí, solo conduce con cuidado”, balbuceo, cruzando piernas. El resto del camino es tortura, su mirada me quema.

Llegamos, se van a vestuarios. Yo me tumbo al sol en un rincón, piel dorada absorbiendo rayos, me duermo un rato. Me despiertan: los otros padres se van, pero estos dos aún en la ducha, jugando como críos. Voy a por ellos, enfadada. “¡Venga, chicos, moved el culo!”

Meto la cabeza… ¡splash! Federico tira un cubo de agua fría pensando en Cristóbal. Me empapo entera. El vestido se pega como segunda piel, marca pezones duros, todo. Ellos se quedan mudos, pollas tiesas como lanzas. Huelo jabón y sudor joven, vapor caliente. Mi coño palpita sin querer.

“Lo siento, Ámbar…”, murmura Federico acercándose. Sus ojos en mis curvas. Propone quitarme el vestido para secarlo. Dudo, pero el agua gotea fría. Él baja la cremallera, el tejido resbala por mi piel. Me quedo en bragas y sujetador. Me agacho a por el vestido, tetas colgando para Cristóbal, culo para Federico. Se acercan, desnudos, duros.

Siento la polla de Federico golpear mi culo. Manos en mi sujetador. “No, chicos…”, protesto débil. Pero él lo desabrocha, Cristóbal agarra mis tetas grandes, rudas, amasándolas. Pezones entre dedos, pinchazos de placer. Labios de Federico en mi cuello, mordisquea, huelo su aliento fresco. Mi resistencia se va… A los 28, dos chavales me devoran. Me excita.

Federico mete mano en mis bragas, dedos en mi vello púbico húmedo. “Estás mojada, Ámbar”, susurra. Tira bragas abajo, me empuja hacia Cristóbal. Me inclino, su polla roja frente a mi cara. Federico embiste atrás, de un golpe. “¡Ahhh!”, gimo. Su polla joven, gruesa, me llena. Pero eyacula rápido, chorros calientes profundos, inundándome. Frustrada, agarro la de Cristóbal, acaricio suave. Él también explota en mi mano, semen espeso en mi piel.

Pena en sus caras. “Venga, ducha”, digo sonriendo. Agua caliente nos envuelve, vapor, olor a gel. Cuatro manos jabonosas: Federico delante, malaxando tetas, Cristóbal atrás, culo y coño. Dedos resbalando en mis labios hinchados. Me arrodillo, agua cayendo. Chupo pollas alternas: lengua en glande salado, bolas pesadas en manos. Se endurecen rápido.

Del agua fría al fuego en la ducha y el vestuario

“Cristóbal, túmbate”, ordeno. Me monto, polla empapada entrando lenta. Ritmo mío, lento, para no acabar pronto. Sus manos en tetas rebotando, plof plof. Miro a Federico, pajéandose. Orgasmos me sube, coño apretando. Él acerca polla, lamo pre-semen amargo, chupó al ritmo de mis caderas. Explota en boca, semen caliente bajando garganta.

Cristóbal acelera, agarra caderas, bombea fuerte. “¡Joder, qué prieta!”, gruñe. Yo gozo otra vez, temblores, chorros míos mojando. Él llena mi coño de leche fresca.

Vestuario, nos vestimos. Juegan con mis bragas como críos. Voy por ellas, Cristóbal me atrapa, besa. Lengua dulce, pecas suaves bajo dedos. “Eres increíble”, murmura. Federico atrás, besos cuello. Cambio bocas, lenguas enredadas, salivas mezcladas. Manos everywhere: cremallera abajo, tetas libres; dedos en coño ardiendo.

Cristóbal me alza, tumba en mesa. Se desnuda, penetra lento. Piernas en su cintura, profundo. “¡Más fuerte!”, pido. Embestidas potentes, polla hierro taladrando. Gozo brutal, grito ahogado. Sale y entra, tortura deliciosa. Cede a Federico, mismo ritmo salvaje. Se turnan, follándome sin parar. Pierdo cabeza en orgasmos infinitos, sudada, jadeos, olores sexo.

Hay que irse. En coche, curvas. Cristóbal atrás mete manos en escote, sin sujetador, pellizca pezones. Chispas placer. Federico quita cinturones, dedos en coño abierto, clítoris vibrando, tres dentro bombeando. Piernas abiertas, acelero sin querer. Orgasmos me ciega, mordí labios, ojos cerrados…

* * * *

A las 20h, la guardia civil encuentra el coche contra un roble en el campo. Puertas abiertas. Dos cuerpos sin vida fuera. Yo, acurrucada atrás, milagrosamente viva, pero marcada para siempre por ese placer prohibido.

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