Hace meses que lo tenía en la cabeza, ¿sabes? Un cine X en el centro de la ciudad. Yo, con 28 años, abierta a todo, pero con ese cosquilleo de nervios. Era un tarde de verano, calor pegajoso, sudando bajo el vestido corto que me ceñía las curvas. Me acerqué a la entrada, neón rosa parpadeando ‘Cine X’. Afiches con tetas y pollas enormes. El corazón me latía fuerte. En la taquilla, un viejo con pelo gris me miró de arriba abajo. ‘Diez euros’, dijo seco. Le di el billete, crucé las puertas batientes.
La sala era pequeña, oscura, olor a sudor rancio y semen viejo. Unos quince asientos por fila, casi todos hombres solos, sombras moviéndose. Al fondo, en la pantalla, una tía con coño peludo se la metían a lo bestia, gemidos amplificados: ‘¡Ay, sí, fóllame más!’. Elegí una fila medio vacía, me senté dejando sitios libres. Mi coño ya picaba de anticipación. Bajé la mano despacio, rozando mis muslos, el vestido subiéndose solo.
La tentación que no pude resistir
De repente, un tío se sentó a mi derecha, dejando un asiento libre. Veintitantos, delgado, cara guapa en la penumbra. No me miró, pero sentí su mirada. Yo fingí mirar la pantalla, donde la actriz chupaba un pollón, lengua lamiendo el frenillo, babas goteando. Mi respiración se aceleró. Entonces… su mano rozó mi rodilla. Piel contra piel, calor eléctrico. Llevaba el vestido corto, sin bragas, verano joder. No me moví. Él subió la mano, interior del muslo, suave, tentador. ‘¿Puedo?’, susurró bajito, voz ronca.
‘Sí… toca’, murmuré yo, voz temblorosa. Su dedo rozó mis labios hinchados, ya mojados. ‘Joder, qué húmeda estás’, dijo él, metiendo un dedo despacio. Gemí bajito, el sonido ahogado por los de la peli. Yo no me quedé atrás. Metí la mano en su pantalón, boxer apretado. Su polla dura, gruesa, como 18 cm, curvada un poco. La saqué, piel caliente, vena palpitando. Empecé a pajearla lento, apretando en la base del glande. ‘Mmm, qué bien lo haces, guapa’, jadeó él.
Alrededor, ojos nos miraban. Un viejo delante se giró, otro se acercó. Exhibicionista total, me ponía cachonda. Él me abrió más las piernas, dos dedos dentro, pulgar en el clítoris. ‘¡Oh, dios!’, solté, arqueándome. Olía a mi coño excitado, mezcla con su sudor masculino. Bajó la cabeza, aliento caliente en mi cuello. ‘Quiero probarte’, dijo. Lamida en el lóbulo de la oreja, luego besos húmedos bajando al pecho, tirando del vestido. Chupó mi pezón duro, mordisqueando. Yo aceleré la paja, pre-semen untoso en mi mano.
El clímax en la oscuridad
No aguanté. ‘Chúpame la polla’, pidió él. Me arrodillé en el asiento, polla frente a mi cara. Glande morado, olor salado. Lamí la punta, saboreando el líquido. ‘¡Sí, así!’, gruñó. La engullí, garganta profunda, saliva chorreando. Él me agarró el pelo, follando mi boca: slap slap de huevos contra mi barbilla. Un corro de tíos se formó, pajas colectivas, gemidos. Yo vibraba, coño chorreando por mis muslos.
‘Voy a correrme’, avisó él. Saqué la polla, apuntando a mi cara. Chorros calientes, espesos, salpicando mis tetas, el vestido. ‘¡Joder, qué lechada!’, exclamé, lamiendo un resto. Él jadeaba, exhausto. Yo seguí, frotándome el clítoris rápido. ‘Mírame, acabo yo’, dije al público. Explosión: jugos empapando el asiento, grito ahogado. Olor a sexo puro.
Me limpié como pude, semen pegajoso en la piel. Le di un beso en la mejilla. ‘Gracias, desconocido’. Salí a la calle, noche cálida, manchas en el vestido. Sonriendo. Volveré, seguro. Esa adrenalina… adictiva.