Mi aventura prohibida con la tía de la camarera del hotel

Hace poco una amiga me habló de Revebebe. La curiosidad me picó y aquí estoy, contando una experiencia que me pasó hace nada, como si acabara de salir de la cama. Tengo 27 años, soy española, viajo mucho por trabajo en mi oficina de estudios. Me encanta el sexo, las emociones fuertes, sentir el deseo ardiendo.

Era una noche de mayo en una ciudad provinciana. Llevaba días en el mismo hotel, me gustaba el rollo del restaurante. Esa noche acabé en la habitación con una clienta que conocí en el pasillo. Dos noches locas, sudorosas, gemidos ahogados contra las almohadas. No la volví a ver.

El flechazo con la camarera del hotel

El segundo día cenamos juntas, se notaba la química. Septiembre, vuelvo sola. Ahí noto a la camarera, la llamo Carmen. Rondaba los 50, cuerpo aún firme, casada quizás, pero con ojos que prometían. Nunca miré al personal antes.

Una noche voy al bar por una cerveza, cosa rara en mí. Hay un par en una mesa, coqueteando. Carmen no para de mirarme. Hablamos de encuentros casuales. Casi nos invitan a su habitación, pero no. Se van solos.

Quedamos solas. Baja el rideau del bar, se atasca. La ayudo, nuestras manos se rozan. No se aparta. La miro, le cojo la otra mano. La acerco, beso su mejilla, gira la cabeza… labios. Beso corto, dulce, con sabor a vino.

—Shhh, la jefa duerme arriba —susurra, dedo en labios.

Apaga luces, me lleva a la cocina, luego a una salita. La abrazo por hombros, beso profundo. Lenguas enredadas, su aliento cálido, olor a jabón y tabaco.

—No puedo ir contigo, me echan.

—Vamos a tu casa. ¿Vives lejos?

—Vale. Tengo coche.

Media hora después, en su piso. No cuento detalles de esa noche, normalita pero buena. Ella gime bajito, yo la hago temblar.

Al día siguiente me lleva al hotel. Ya no reservo habitación, voy directo a su casa semanas después.

Llamo un miércoles. Termino pronto el curro, llego a las 3:30 sin avisar. Abre, besa rápido. Huele a perfume fuerte, no está sola.

En el sofá, una mujer mayor. Maquillaje exagerado, labios rojos chillones. Se gira.

—Mi tía Dolores.

Me levanto para saludar, pero ella se acerca, beso familiar.

—No me digas Tía Nini, Dolores o Ninette.

—Dolores, encantada —digo.

Nos sentamos. Café. Ella charla culta, 70 largos bien llevados. Pero al coger azúcar, se adelanta en el sofá, piernas abiertas. Falda plisada sube, muslos blancos sobre medias grises. ¡Sin bragas! Veo su sexo, pelos grises ralos, raja cerrada. Corazón late fuerte, humedad entre mis piernas.

Se queda segundos así. ¿Exprés? Mi cabeza vuela. ¿Carmen la invitó para un trío?

Sigue charlando, piernas entreabiertas ahora. Cada vez que coge galleta, flash: raja, olor leve a mujer madura.

Hora pasa. Por fin:

—Voyme, os dejo.

Última vista: raja entreabierta, húmeda. Me levanto, beso mejilla. Gira mal, labios rozan. Aprieta mi mano.

—Ven a verme, vivo al lado, tercero, puerta ascensor. Cuenta conmigo.

Beso de nuevo, roce labios intencional. Marca roja en mi boca.

Carmen ríe:

—Límpiate ese pintalabios, pareces puta.

La tentación irresistible de la tía

Ceno con ella, pero pienso en Dolores. Esa noche fatal, distraída.

Al día siguiente, obsesionada. Quiero verla. Vuelvo semana después.

Carmen se va a Grecia. Yo justo allí por curro. 5 pm, toco timbre.

—¿Sí?

—Soy Marta, amiga de Carmen.

Puerta abre. Dolores sin maquillar, robe de chambre rosa. Más vieja, pero ojos hambrientos.

Beso directo, lengua invasora. Aspira mis labios, manos en mi nuca. Olor a colonia vieja, piel suave.

—¡Ven!

Me lleva a su cuarto. Se sienta en cama:

—Tómame. Tengo ganas desde que te vi. Soy vieja, pero deseo tu boca, tu piel.

Suelta robe, camisón algodón. Tetas grandes, pezones duros. Culotte reforzada, la quita con ayuda mía.

Desnuda. Piel floja, barriga, muslos lisos con arrugas. Desabrocha mi blusa, lame pezones. Suspiro.

Baja mi pantalón, dedos en mi coño húmedo.

—Mmm, joven y mojada. Prueba la experiencia.

Dedos dentro, chupando clítoris. Lengua experta, succión fuerte. Gimo:

—Ay, Dolores… sí…

Se tumba:

—Bésame ahí.

Duda. Abro su raja: clítoris grande, capuchón arrugado, entrada ancha. Olor almizclado, intenso, a sexo viejo. Pruebo lengua. Sabe salado, único.

—Más, chiquilla, lame fuerte.

La como, clítoris hinchado bajo lengua. Tiembla, gime ronco, jugos fluyen poco a poco. Orgasmos la sacuden, cuerpo arqueado.

Yo ardiendo. Me monto encima, 69. Ella lame mi coño fresco, yo el suyo flojo. Sensación rara, pero excita. Muslos aprietan cabeza.

—No acabes en mi boca, eh.

La hago correrse otra vez, grito placer. Dedos en su culo, lengua en raja.

Cansadas, besos. No duermo allí, me visto.

—Mañana, 5.

Salgo temblando, adicta. Dos noches más igual: lamidas eternas, orgasmos salvajes. Su olor grabado, sabor en memoria. Experiencia única, deseo prohibido.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *