Mi aventura erótica en la playa nudista: un encuentro inolvidable

Estaba tumbada al sol en esa playa perdida del litoral, ya llevaba como dos horas. Llegué tarde, como siempre, buscando un rincón tranquilo, lejos de la gente. Aquí solo vienen los nudistas, los que quieren broncearse a pelo, sin prisas. El mar suave, las olas rompiendo bajito, el olor a sal y arena caliente… Me encanta esa paz.

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Somnolienta, abrí los ojos y vi que alguien se había instalado a unos veinte metros. Un tío solo, guapo, bronceado, con cuerpo atlético. La playa casi vacía, solo unos cuantos dispersos. Me quité el bikini de abajo, me levanté y fui al agua. Sentía la arena caliente en los pies, el viento fresco en mis tetas desnudas, que rebotaban un poquito al caminar. Miré de reojo: él me observaba. Sonreí para mí.

La llegada a la playa y el primer vistazo

El agua fría me erizó la piel, olas lamiéndome las piernas, hasta las caderas. Nadaba bien, fuerte, sintiendo el mar chuparme el cuerpo. Él también entró. Nuestros ojos se cruzaron una y otra vez. Su mirada intensa, bajando por mi cuerpo mojado, la espuma en mi piel, el sol brillando en mis curvas. Me ponía cachonda. ¿Me mira así? Sí, y yo a él, su torso musculado, sus hombros anchos.

Salí, me sequé, me quité el string y me tumbé al sol, piernas abiertas un poco, sabiendo que me veía. El triángulo de mi pubis negro, suave, reluciente. Él leía, pero echaba vistazos. Entonces, perdí el mechero. Busqué en el bolso, nerviosa, mirándolo. Me puse el pareo, cubriéndome un poco, y me acerqué. Corazón latiendo fuerte, olor a mar en mi piel húmeda.

—Hola… ¿tienes fuego, por favor? No encuentro el mío —le dije con voz suave, sonriendo, agachándome con una rodilla en la arena.

Él se giró, boca abajo, y buscó en su mochila. Mi pareo se abrió un poco, sentí el aire en mi coño. Sabía que me veía: labios rosados, un poco húmedos ya de excitación. Olor a mi propia humedad mezclada con sal. Sus ojos bajaron un segundo, volvieron a mi cara. Roja como un tomate, pero dura ya su polla bajo él.

Encontró el mechero. Intentó encenderlo, viento lo apagaba. Puse mis manos alrededor, más cerca. Abrí un poco más las piernas, mi coño expuesto del todo, perlas de jugo brillando. Él miró, tragó saliva.

—¿Soy yo la que te pone así? —susurré, viendo su erección enorme, tiesa como madera, apuntando hacia mí.

—Estás ofreciéndome una visión deliciosa… imposible no reaccionar —murmuró, voz ronca.

Nuestros ojos se comían. Yo fumaba lento, él no apartaba la vista de mi sexo abierto. Excitación subiendo, calor en el vientre. Olía a sexo ya, a deseo puro.

—Quiero acariciarte… —dijo él, casi susurrando.

—Yo también, me muero de ganas.

Miré alrededor: nadie cerca, solo un pareja lejana. Sus dedos rozaron mis muslos interiores, piel suave, cosquillas. Subía despacio, cerca de mis labios hinchados. Temblores en mi piel, pezones duros. Yo igual: toqué su vientre, ingle, bolas pesadas, pelo púbico áspero.

Me senté en mi pareo, piernas muy abiertas. Mi coño palpitaba, labios gordos, rosados oscuros, clítoris asomando. Él lo miró hipnotizado. Dedos en mi raja, circular, lubricados con mi flujo. Gemí bajito: ahh… Olor fuerte a mi excitación, salado, dulce.

Sus dedos entraron un poco, yo agarré su polla gruesa, piel caliente, venas marcadas. La moví lento, destapando el glande rojo, brillante de pre-semen. Goteaba, unté todo. Él jadeaba.

El fuego que encendió todo: caricias y clímax explosivos

Encontró mi clítoris, lo peló, lo rozó. ¡Dios! Arqueé la espalda, gemí más fuerte: ¡Sí, ahí! Boca en mis labios mayores, lengua lamiendo toda la longitud. Sabor salado mío, suave. Chupó mi clítoris, dedos dentro, dos ya, profundo. Me follaba con ellos, yo movía caderas salvaje. Ruidos chapoteantes, mi jugo chorreando.

¡Ohhh! Venía el orgasmo, tensé todo, muslos apretándole la cabeza. Grité ronco, cuerpo convulsionando, chorros de placer. Caí jadeando, olor a sexo intenso, sudor mezclado.

—Me llamo Lucía, ¿y tú?

—Pablo.

—Bésame más…

Nos besamos profundo, lenguas enredadas, sabor a mi coño en su boca. Su polla contra mi vientre, dura aún. La cogí, masturbé lento, besando el glande cada vez que salía.

¡Acelera! —gemí yo.

No, lento, torturándome. Luego, se puso de rodillas, yo a cuatro, pero no: él de espaldas. Boca abierta, lo tragué entero, garganta llena, bolas en mi mano. Chupé fuerte, saliva goteando, ruidos de succión. Él gemía: ¡Joder, Lucía!

Sus manos en mi pelo, empujaba. Sentí venas pulsando.

—¡Para, voy a correrme!

Hummm… Seguí, más rápido. Explotó: chorros calientes en mi boca, tragué algo, resto por barbilla. Grité mi placer viéndolo correrse, ojos brillantes.

Aún dura, la besé. Nos limpiamos con agua y pañuelos, abrazados. Risas.

—Si no pierdo el mechero… ¿qué nos habríamos perdido? —dije.

Gimidos a un lado: la pareja cercana, ella cabalgando su polla, follando duro, nos sonrieron. Pero eso es otra historia…

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