Las manos perfectas del curandero y mi noche en la oscuridad

Estaba en el establo, mirando cómo mi lipizzano cojeaba. Estefanía, mi amiga de la infancia con la que cabalgo, me recomendó a un curandero. ‘Es el hombre perfecto’, me dijo con esa sonrisa pícara. Llegó sin decir mucho, me miró…