Descubrí que mi marido me espiaba follándome con mi amante y todo acabó en un intercambio salvaje

Ay, chica, si supieras lo que me pasó el otro día… Estaba ahí tirada en el sofá, toda hecha un desastre, con el cuerpo temblando todavía de los polvos que acababa de echarme con Arnaud. El látex de mi vestido subido hasta el estómago, la cara llena de saliva y su leche chorreándome por la barbilla. Olía a sexo por todas partes, ese olor fuerte a sudor mezclado con semen y mi coño palpitando, lleno de su corrida caliente. No veía nada por el antifaz que me habían puesto, pero sentía sus presencias en los sillones enfrente.

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—¿Arnaud? ¿Estás ahí? —pregunté, con la voz ronca, jadeando aún.

La revelación inesperada en el sofá

—Sí, estamos aquí —respondió una voz que no era la de él. Esa voz… la conocía de algo.

Me incorporé de golpe, el corazón latiéndome como loco. Arrancé el antifaz y parpadeé para enfocar. Ahí estaba Pascal, mi marido, sentado al lado de Arnaud. Sus ojos clavados en mí, con una mezcla de amor y culpa.

—¿Pascal? Pero… —balbuceé, cruzando las rodillas contra el pecho, como si de repente estuviera desnuda delante de un extraño. El aire fresco en mi piel húmeda me erizó los pezones.

—Arnaud, déjanos solos, por favor —dijo él, señalando el pasillo.

Arnaud se fue sin rechistar. Y entonces empezó la confesión. Me contó todo: las cámaras IP, cómo me había visto follando con Arnaud en el salón, con Lisa antes… Hasta los mensajes que yo creía de Arnaud eran suyos. Mi cabeza daba vueltas. Olía su colonia mezclada con el aroma almizclado de mi excitación reciente.

—¿Desde cuándo lo sabes? —pregunté, sin gritar, solo con un nudo en la garganta.

—Desde la venta a domicilio. Fue un accidente, la app del móvil… —explicó, mostrándome el cacharro en la estantería.

Le pregunté qué pensó de mí, gimiendo como una puta bajo Arnaud. Me dijo que me vio bella, liberada. Que no me juzgaba, que él tenía una amante. Pero que le preocupaba que fuéramos demasiado lejos.

De repente, el timbre. Insistente, con golpes en la puerta. Era Caroline, la mujer de Arnaud. Furiosa, gritando que sabía que su marido estaba ahí.

Del escándalo al placer compartido

—Caroline, ¿qué pasa? —dijo Séverine, mi yo en ese momento, mientras Pascal y yo nos escondíamos.

Pero ella entró como un huracán. Encontró la camisa de Arnaud, los juguetes SM en la mesa, los tres vasos. Pascal salió en slip, fingiendo que nos pillaba en plena faena.

Al final, la calmamos con mentiras y vodka. Pascal la abrazó mientras lloraba. Yo y Arnaud espiábamos desde la habitación. Luego, la cosa cambió…

Estábamos cenando, bebiendo vino, música suave. De repente, Pascal empezó a bajarme la cremallera del vestido mientras bailábamos. Caroline nos miraba fijamente. Yo me quedé en lencería, temblando de vello erizado por la mirada de todos.

Caroline le quitó la camisa a Arnaud y lo acercó a mí. Sus manos guiando la de él a mis tetas. Se fueron a la habitación con Pascal, pero encendieron las cámaras. Los vimos follar en la tele: Arnaud levantándome, metiéndomela de pie, luego en la mesa, penetrándome profundo. El slap-slap de su polla contra mi coño mojado, mis gemidos ahogados resonando.

Yo olía su sudor salado, sentía su verga gruesa abriéndome, rozando mi punto G con cada embestida. Me giró, me puso a cuatro, y empezó a sodomizarme. El glúteo ardiente, lubricado con saliva, su cabeza empujando mi ano apretado. Dolor-placer, estirándome hasta que entró del todo. El sonido chapoteante, su aliento caliente en mi cuello.

—Ohhh, sí, fóllame el culo, Arnaud… —gemí, mientras Pascal en la otra habitación lamía el coño de Caroline.

Ellos se sincronizaron con nosotros. Pascal la ponía a cuatro, mirándonos. Su polla brillante entrando en esa conchita estrecha. Arnaud aceleró, corriéndose dentro de mi culo con espasmos, su leche caliente llenándome.

Luego, yo cabalgando a Pascal, sus manos en mis caderas, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. Caroline nos vio llegar, Arnaud acariciándola mientras yo rebotaba, sintiendo su verga palpitar y explotar dentro de mí. Gemidos, sudor, orgasmos compartidos…

Al día siguiente, todo fue un sueño loco, pero instalé esas cámaras por si acaso. ¿Quién sabe qué pasará en la próxima venta a domicilio?

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