Ay, chicas, acabo de vivir algo que no me creo ni yo. Tengo 28 años, divorciada hace poco, con un hijo precioso que acabamos de bautizar. Mi amante, ese bibliotecario tan guarro que me vuelve loca, es el padrino. Todo empezó fatal… o genial, según se mire.
Estaba en la sacristía cambiando la caca del bebé. Olía a crema de bebé, dulce y empalagoso, mezclado con el incienso de la iglesia. Él entra con el saco que olvidé. ‘¡Gracias, amor!’, le digo. Veo un hisopo en la mesa, esa bola metálica con agujeros en forma de cruz y mango largo. Río tontamente: ‘Mira, parece un consolador enorme, ¿no?’. Él sonríe pillo. Yo vuelvo al bebé, pero siento sus manos levantando mi falda. ¡Frío! El metal helado roza mi coño. ‘¡Para, loco! ¡Es la iglesia!’, susurro, pero no me muevo. Tiro de mi tanga a un lado.
La travesura en la sacristía
‘¿No querías un gode?’, me dice bajito, con voz ronca. Empuja. La bola grande, áspera, con bultos donde se une al mango, presiona mis labios. Huele a metal mojado y mi humedad. Gimo suave: ‘Ah… no, espera…’. Pero abro las piernas. Entra despacio, vrillando. ‘¡Joder, entra fácil!’, piensa él. Me lo mete hasta el fondo. Ramonea fuerte. Brinca dentro, rozando paredes. Mis rodillas tiemblan, coño palpita, chorreo. ‘¡Más rápido!’, jadeo sin querer. Respiro agitada, pezones duros contra blusa.
¡La puerta! Mi madre entra. ‘¡Venga, que empieza la misa!’. Él se pone recto, me pasa la crema como si nada, hisopo clavado en mí. Temblando, coño lleno, vuelvo a la iglesia. Camino tiesa, cada paso frota la bola. Asiento en punta de culo, sudando. Misa larga: nos levantamos, sentamos mil veces. Mi tío me llama al micro. ‘¡Renuncio al pecado!’, digo, mientras empujo el hisopo adentro. Frota cruz, bultos masajean clítoris interno. Olor a mi excitación sube. Él me mira, guiña ojo. Quiero matarlo… y follarlo.
La misa infernal y el regreso explosivo
Al fin acaba. Digo a mamá: ‘Voy por botellas olvidadas’. Él me sigue. Corro a casa, coño ardiendo, jugos bajan muslos. ‘¡Salgado de mierda!’, le digo al entrar, pero lo beso hambrienta. Boca sabe a café matutino. Me tumba sofá, arranca tanga empapada. Huele a sexo puro. Saca hisopo lento. ‘Nooo…’, gruño frustrada. Lo mete en mi culo. ¡Glup! Entra suave, lubricado. ‘¡Cierra ojos!’, ordena. Oigo ruido. Algo frío invade coño: ¡la espada familiar del muro! Mango grueso, hasta la empuñadura. ‘¡Ay, Dios!’, grito. Me folla doble: hisopo culo, espada coño. Pistonea. Piel sudada, slap slap carne. Huelo metal, mi sudor, su polla dura.
‘¡Me corro! ¡Sííí!’, exploto dos veces. Temblores brutales, chorro moja sofá. Él limpia todo. Vuelvo baño, piernas gelatina. Lo veo tieso. ‘No te dejo así’, digo. Arrodillo, saco polla gorda, venosa. Chupo: lengua rodea glande salado, bolas peludas en mano. ‘¡Traga, puta mía!’, gime. Chorrea semen caliente, espeso, trago todo. Limpio gotas con labios.
‘Hay que devolver el hisopo’, dice riendo. Por guarra, levanto falda, sin tanga, me lo clavo coño otra vez. ‘Así va y así vuelve’. En sacristía, lo coloco, disimulo. Ahora, cada misa veo hisopo y río: imágenes sucias, no santas. Mi familia de curas y militares… ¡qué ironía! Él bromea: ‘Espada y hisopo, unión perfecta’. Chicas, la carne es débil… ¡y deliciosa!