Ay, amiga… aún siento el calor en las nalgas. Estábamos en el salón del consultorio, yo desnuda, temblando. Pablo me tenía boca abajo sobre sus rodillas, mi culo en pompa. ¡Plaf! La primera palmada cayó como un latigazo. El sonido seco retumbó, y el ardor se extendió, picante, vivo. ‘¡Ay, Pablo! ¡Para, por favor!’, supliqué, retorciéndome. Pero él no paró. Plaf, plaf… Cada golpe hacía que mi piel ardiera, roja como tomate maduro. Y entre mis piernas… dios, la humedad. Mi coño chorreaba, traicionándome. Oía sus risas, la del doctor Lucas y la de mi marido. El olor a mi excitación flotaba, almizclado, caliente.
Todo empezó dos días antes. Pablo llegó a casa raro, excitado. Me contó que en la terraza del bar con su colega Lucas, habían hablado de nosotras. De mí. ‘Cariño, eres preciosa, pero en la cama… un hielo’, me dijo. Amenazó con el divorcio si no íbamos a un sexólogo. Lloré, pero cedí. Bebí vino en el almuerzo para armarme de valor. Y allí estábamos, sonando a la puerta del ‘Dr. Legrand’.
La llegada al consultorio y el primer whisky
Lucas abrió, alto, moreno, mirada que me perforaba. ‘Pasen, señor y señora Bertier’. Pablo era mi marido, yo Julia, 27 años, cuerpo curvilíneo, pero inhibida hasta la médula. Me sonrojé. ‘¿Un whisky, señora?’, ofreció. ‘Sí… por favor’. Bebí un trago, tosiendo, el fuego bajando por la garganta. Pablo me abrazó, su mano temblorosa.
‘¿Qué les trae?’, preguntó Lucas. Pablo soltó todo: mi timidez, misionero siempre, nunca oral, ni luz, ni anal. Yo ardía de vergüenza. ‘Yo… eh… tengo orgasmos, pero… me incomoda hablar’. ‘Desnúdate, Julia’, ordenó él. ‘¡¿Qué?! ¡Aquí!’. Miré a Pablo, su sonrisa culpable. Me quité la falda, quedé en bragas, sujetador. ‘Todo, Julia’. Pablo me ayudó, desabrochando, bajando la tanga. Mi pubis oscuro al aire, pezones duros. El aire fresco en la piel desnuda, sus ojos devorándome. Olor a mi sudor nervioso.
Lucas palpó mis tetas, 38C firmes. Sus dedos ásperos en los pezones, corrientes eléctricas. ‘¿Sientes el placer?’, murmuró. ‘Sí…’. ‘Cárcelate’. ‘¡No!’. Corrí a Pablo, pero él me giró. ‘Necesitas disciplina’. ¡Plaf! Empezó la fessée. Veinte palmadas, mi culo ardiendo, gemidos míos mezclados con placer. Metió dedos en mi coño empapado. ‘Mira, Lucas, está chorreando’. Yo sollozaba, pero quería más.
‘Al consultorio’. En la camilla ginecológica, piernas en estribos, coño expuesto. Luces brillantes, mi vulva hinchada, labios gruesos relucientes. ‘Hermoso coño, Pedro. Mira cómo palpita’. Pablo lo tocó, yo gemí. Luego su lengua… primera vez. Lamió mi clítoris, chupó jugos salados. Explosión, orgasmo brutal, piernas temblando, olor a sexo intenso.
Del castigo al éxtasis anal compartido
Lucas sacó su polla, semi-dura, venosa. Pablo la suya. Yo en éxtasis, abrí la boca. Chupé la de Lucas, sabor salado, venas pulsando. Luego la de Pablo, con mi propio sabor. Alternaba, lengüeteando glande, bolas pesadas. ‘¡Mmm, qué puta deliciosa!’, gruñó Lucas. Dedos en mi coño, masturbándome.
‘ A cuatro patas’. Culo en pompa, coño goteando. Aceite en mi ano virgen. ‘Pedro, mete el dedo’. Entró, suave, caliente. Gemí, ‘¡No… sí… más!’. Dos dedos, dilatando. ‘Pídemelo’. ‘¡Pablo, enciñe mi culo! ¡Fóllame el ojete como a una perra!’.
Su polla gorda presionó. Dolor-placer, estirándome. Entró entera, llenándome. Embestidas, plaf contra mis nalgas rojas. Orgasmo tras orgasmo, ano contrayéndose. Pablo eyaculó dentro, caliente, espeso. Salió, y Lucas entró. Su polla más larga, tocando fondo. ‘¡Sí, doctor, fóllame el culo!’. Otro chorro, semen chorreando por muslos.
Me limpié, volví vestida, pero con blusa desabotonada. ‘¿Segunda sesión?’, pregunté sonriendo. Pablo me besó. Ahora soy otra. Adoro el sexo, las pollas, el anal. Gracias, ‘doctor’.