Confesión ardiente: Mi amiga y su dildo gigante durante la llamada de su novio

Ay, chica, no sabes lo que me pasó ayer con Cécile. Llegamos a su estudio en París, subiendo esas escaleras de piedra que crujen un poco bajo nuestros pies. Hacía calor, olía a su perfume mezclado con el humo de cigarrillo viejo. ‘¿Nunca has venido aquí?’, me dijo riendo. ‘No, pero prometiste mostrármelo todo’, respondí pícaramente.

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Entramos. El sitio era pequeño, un clic-clac deshecho, papeles por todos lados en el escritorio. ‘Perdona el desorden’, murmuró mientras arreglaba el cama. Yo fui al baño rápido. Al salir, tenía té listo en la mesita, humeante, con dos vasos. Nos sentamos, fumando, el vapor subiendo lento. ‘Bueno, ¿dónde está ese dildo tan famoso?’, insistí.

Llegada al estudio y el descubrimiento del juguete

Ella se rió, nerviosa. ‘Pensé que lo habías olvidado’. Se levantó, abrió un cajón bajo ropa interior, y lo sacó. Dios, era enorme. Una polla de imitación, gruesa como mi muñeca, más ancha que larga, de látex suave, flexible un poco. La agarró por el medio y aún le sobraban centímetros a cada lado. ‘Joder, es bestial. Nada que ver con la de Greg’, bromeé. Se rio fuerte. ‘Toma, míralo bien. Yo voy al baño’.

Me lo quedé en las manos. Pesado, cálido al tacto, con venas realistas. La piel de látex olía a nuevo, un poco siliconado. Lo acerqué a mi nariz, inhalé. Suena el teléfono. ‘¿Contesto?’, grité. ‘No, espera’. El contestador: su voz grabada, sexy. Luego, él: ‘Hola, mi pollita…’. Cécile sale corriendo del baño, pantalón a medio abrochar, agarra el teléfono. ‘¡Allô, Manu! Sí, estoy con una amiga, Laurence’.

Yo, con el dildo en mano, lo miro fijo. Empujo la punta hacia mi boca, abro grande, succiono. Slurp húmedo, salivo mucho para que entre. Quince centímetros adentro, garganta apretada. Ella me ve, ojos como platos, intenta gesticular ‘no’, pero se ríe tapando el micro. ‘Sí… no… es la tele’, balbucea al teléfono mientras yo bombo fuerte, saliva goteando por la barbilla, chup chup resonando.

La llamada, la succión y el clímax prohibido

‘Laurence es una puta rara’, dice ella, y yo me levanto, me acerco. Le pongo el dildo húmedo en las mejillas, rozando labios. Ella entreabre, lo mete un poco, hmmm gime bajito. Nuestras bocas se tocan al rededor del glande, lenguas rozando. ‘¿Hasta qué hora trabajas?’, pregunta él ajeno. Yo bajo su pantalón lento, faldón de nalgas blancas, culotte bajando. ‘¡No, para!’, dice, pero al teléfono: ‘Es Laurence que me molesta’.

Mis manos en sus tetas, duras bajo la blusa, pezones tiesos. Masajeo suave, ella suspira. ‘Te quiero, bisous’. Cuelga, se gira furiosa pero excitada. Se sienta, fuma, silencio pesado. ‘Lo siento si…’, digo. ‘Shh, soy yo la que lo siente. Nunca sentí esto con una chica. Me asusté, pero… estaba mojada perdida’.

La beso tierno, lenguas danzando, saliva dulce mezclada con té. Sus manos en mi nuca, tira de mí. Quitamos ropa lento. Olía a sudor excitado, piel caliente. La tumbo en el clic-clac, lame mis pechos, mordisquea pezones, ‘ahh… sí…’. Bajo, abro sus piernas, coño depilado, húmedo brillante. Huelo su aroma almizclado, lamo clítoris hinchado, succiono jugos salados. ‘¡Dios, qué lengua! Más adentro’.

Agarro el dildo, lo unto con su humedad, slurp. Empujo lento en su entrada, estira mucho, gime fuerte ‘¡Aahh! Lento…’. La follo profundo, alternando con mi lengua en su culo. Cambiamos, ella me monta, dildo en mi coño, rebota, tetas saltando, sudor goteando. ‘¡Córrete conmigo!’, grita. Orgasmos explosivos, temblores, chorros calientes. Quedamos jadeando, abrazadas, olor a sexo por todo el cuarto.

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