Ay, chicas… no sé por dónde empezar. Tengo 28 años, casada con Alberto desde hace unos cuantos, pero últimamente… eh… hemos hecho esta cosa rara. Vivimos en la misma casa grande, pero yo arriba, él abajo. Independencia, dice. Pero el sexo… solo cuando yo quiero bajar. Me encanta el control, el deseo que se acumula, ¿sabéis?
La otra noche… Estaba durmiendo boca abajo, desnuda como siempre en verano. El aire caliente pegaba a las sábanas en mi piel. De repente, siento un cuerpo atrás. Caliente, firme. Unas manos… suaves, explorando mi espalda. Bajo despacio a mis nalgas. Huele a jabón exótico, un poco a especias. Mi corazón late fuerte. Pienso: ‘Alberto, cabrón, al fin has subido’.
La trampa en la oscuridad que me volvió loca
Sus dedos se cuelan entre mis muslos. Rozan mi coño. Ya estoy húmeda, chicas. Un dedo entra, toca el clítoris. Gimo bajito. ‘Mmm… sí…’. Él no dice nada. Pega su polla dura contra mi culo. Larga, fina… diferente. La de Alberto es más gruesa, pero… bah, oscuridad total. Me abro un poco las piernas. Su mano masajea mis tetas, pezones duros como piedras.
De pronto, se mete debajo de la sábana. Su lengua… Dios. Lamida mi clítoris, chupando suave. ‘Ahhh… joder…’. Hipo, muevo las caderas. El sonido de su boca succionando, húmedo, obsceno. Huele a mi excitación, salado. Aprieto sus hombros con las piernas. ‘¡Sí, así!’. Exploto en un orgasmo rápido, temblando. ‘¡Hostia!’.
Me giro, abro las piernas. ‘Eres un cerdo. No me dejas dormir, ¿eh? Ahora fóllame bien, o te mato’. Él entiende, creo. Me monta en misionero. Su polla entra de golpe, profunda. ‘¡Aaaah! Qué dura…’. Empieza a bombear, lento al principio. El colchón cruje. Sudor mezclado, olor a sexo. Cambio de posición: yo encima, cabalgando. Sus manos en mis caderas, guiándome. ‘¡Más rápido, joder!’.
Luego, me pongo a cuatro patas. Siento su lengua en mi ano. Lamidas circulares, húmedas. ‘Mmm… sí, ahí…’. Me subo una almohada bajo el vientre, ofrezco el culo. Entra despacio. Duele un poco, pero placer puro. ‘¡Fóllame el culo!’. Claqueteos de piel, rápido. Grito: ‘¡Qué polla tan buena tienes, Bébert! ¡No pares!’. Él gruñe, animal. Huele a sudor indio, intenso. Jugo por todas partes.
‘¡Córrete! ¡Ahora!’. Él se corre dentro, caliente. Yo tiemblo en otro orgasmo, ano apretando. Me dejo caer, jadeando. ‘¿Ya te vas?’. Él murmura algo raro, se va. Oigo la puerta.
El intercambio y el polvo final con mi marido
Días después, Alberto me pregunta por qué no bajo a follar. Le digo: ‘¿Crees que no reconozco una polla? La tuya no llega a esa longitud, amor. Y esa lengua… no era tuya’. Se queda blanco. ‘Estaba detrás de la puerta’. Río. ‘Eres un hijo de puta. Pero yo también salí ganando. Me folló como un dios. Me corrió el culo, ¿sabes? Nunca con nadie’.
Le digo: ‘He contratado a Sanjai. Él sube conmigo. Tú tendrás a su mujer, Indira. Dicen que es una diosa follando’. Alberto traga saliva. Pero yo… lo miro, su polla ya dura en el pantalón.
Lo arrastro al cama. Forcejeamos, riendo. Sus manos en mis tetas, bajo el top. Beso salvaje, lengua invadiendo. Me bajo el short, desnuda ya. Saco su polla, guío. Entra brusco. ‘¡Fóllame fuerte!’. Él me pilla a lo bestia, misionero. Piernas en sus hombros, profunda. Gimo: ‘¡Sí, así, cabrón!’.
Me monto encima, rebolando. Vientre ondulando, tetas saltando. Él me pilla los pezones, aprieta. ‘¡Me corro!’. Él sale, me echa leche en la boca. Trago, sabrosa, caliente. Río: ‘Somos un puto casal raro, ¿eh?’. ‘Sí, pero follamos de lujo’.
Chicas, aún siento el cosquilleo. ¿Repetimos?