Confesión ardiente en el balcón con mi vecino el señor A

Ay, chicas… no sé por dónde empezar. Acabo de llegar al piso de mi amiga Valentina, ella en vacaciones, y yo aquí para reformar el mío. Abro la puerta… y pum, ahí está él. Mi vecino del palier, el señor A. Alto, delgado, pelo blanco largo, gafas rojas finas, ojos azules que brillan. Como Sean Connery en sus mejores días, eh. Sesenta y pico, pero con ese rollo de artista bohemio que mola.

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—Hola, señor A.

La llegada y el flirteo inicial

Me sonríe, me mira de arriba abajo. Olor a café fuerte flotando en el aire del pasillo.

—Hola, Juliette… digo, ¿eres la amiga de Valentina?

Sí, me lo dijo ella. Hablamos un rato, me invita a punch el viernes. Acepto, porque Valentina me advirtió: es un charlatán adorable, pero insiste.

Esa noche, punch casero. Dulce, con ron que quema la garganta. Rumores de frutas frescas, mangos maduros. Hablamos de todo: sus viajes como capitán de barco, mujeres en puertos exóticos. Toca el tema: le quedan los placeres de los ojos.

—¿Y eso qué significa?

Me cuenta sus fantasías: escotes, faldas al viento, culos al aire. Yo… uf, me mojo un poco. Confieso: no llevo sujetador, a veces sin bragas. Le enseño el string negro bajo la falda. Se le iluminan los ojos.

Al día siguiente, balcón. El de Valentina es enorme, pero separado por un murete bajo, hasta mis rodillas. Plantas que no tapan nada. Salgo en bata ligera, fumo un cigarro. Él aparece, cabeza asomando.

—Buenos días. ¿Dormiste bien con mi ‘doudou’?

El juego prohibido en el balcón

Le di mi tanga usada anoche. Olor a mí, a deseo. Me trae café colombiano, aroma intenso, fuerte. Me presta molinillo. Al mover macetas, mi bata se abre. Seios libres, pezones duros por el aire fresco.

—¿Te gustó lo que viste?

Asiente, voyeur confeso. Le propongo el juego: mírame cuando quieras, en balcón o fuera. Él espía, yo exhibo. Condiciones: no toques, pero pide.

Días locos. Mañanas desnuda, piernas abiertas, olor a mi coño húmedo flotando. Él me describe: ‘Tu clítoris hinchado, rosado’. Me corro sin tocarme, solo por su mirada. Gemidos ahogados, ‘¡Oh, Ludovic!’

Una mañana, confitura de moras en la tartina. Gotea en mi muslo. Lamo el dedo, pezón expuesto. Pide pinzas de ropa en tetas. Duele rico, tiro de ellas. ‘¡Me corro, mírame!’ Chorros de placer, clapotis en la toalla.

Luego, el pilon cubano. Metal frío, bola gruesa. Me lo meto por el culo, él se baja el short, polla dura para mí. ‘¡Enculáteme, Ludovic!’ Voy y vengo, peso tirando, placer anal brutal. Él se pajea, gruñe. ‘¡Córrete, salope!’ Explosión mutua, sudor, olor a sexo mezclado con café.

Godo de Valentina, prestado. Doble penetración: coño y culo llenos. Pinzas mordiendo pezones, ‘¡Me duele, pero qué rico!’ Grito, squirt en la mesa. Él eyacula viendo.

Al final, reflexiono. No es por lástima, me excita su mirada experimentada, sus palabras crudas. ‘Adorable salope’. Olor a jazmín del balcón, piel bronceada, corazón latiendo fuerte. Valentina volverá, pero esto… uf, inolvidable. ¿Repetir? Ay, quién sabe.

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