¡Ay, chica, no te imaginas lo que me pasó el otro fin de semana! Junio del 22, una ola de calor infernal en Francia. Mi piso en la ciudad era un horno, así que acepté la invitación de mi amiga Clarice para ir a su casa en el campo. Hace unos años fuimos compis en un curso, nos llevamos genial. Pero fue Frédéric, su marido, quien insistió en invitarme. Me cae bien, siempre tan atento. Llegué con mi amante, Gastón, un exrugbista enorme y peludo.
La casa es una vieja granja restaurada, con encanto rústico. Me ayudó Frédéric a subir las maletas a la habitación de invitados, en la parte antigua: un cama de madera con mosquitera, sillones de mimbre, armario tallado. Tomamos café en la terraza sombreada y luego siesta para huir del bochorno.
El despertar con el zumbido de la podadora
Un zumbido insistente me despierta. Abro un ojo, perezosa, la habitación en penumbra. Valijas contra la pared encalada. El ruido va y viene… Me incorporo en la cama, solo con bragas puestas. Es una podadora. ¿Quién coño poda con este calor?
Miro a Gastón a mi lado, desnudo, roncando. Poiludo como un oso, pelo gris en espalda, hombros, culo. Me encanta agarrarle esas nalgas musculosas en misionero, apretar para que vaya más rápido o se contenga. Hace dos semanas sin follar, estoy que exploto.
Mis manos bajan solas a mis tetas pequeñas. Pulgares en círculos sobre pezones, que se endurecen. Los pellizco, tiro… Corazón latiendo fuerte. Mano derecha al vientre, izquierda estirando el pezón hasta doler. Ojos cerrados. Dedos bajo las bragas, toco mi vello recortado. Tiro del pubis, rozo el clítoris. Placer sube… ¡No! Mejor sus manos. Retiro la mano, húmeda de mi jugo.
Me levanto sigilosa, aparto mosquitera. Voy a la ventana, persianas entreabiertas. Abro, chirrían los postigos. Miro atrás, Gastón duerme. Afuera, Frédéric empuja la podadora, solo con short vaquero. Torso definido, depilado, músculos de gym.
Se para, me ve en topless. Sonrío, él responde. Segundos eternos, me ofrece mis tetas. Debería taparme, es el marido de mi amiga… pero me pone. Bajo la mano a la braga, toco mi coño empapado. ‘¡Mala puta!’, pienso, pero no paro. Quiero verle la polla dura.
El voyeurismo que nos lleva al éxtasis
Recuerdo la escena de antes: Gastón me obliga a exhibirme, me encanta. Él corta motor, finge limpiar hierba, pero me mira. Agarro mi teta, lamo el pezón mirándole. Mi coño chorrea.
Siento a Gastón detrás. Me besa el cuello, frenesí. Manos en hombros, bajan a caderas. Siento su polla dura contra mi culo. Miro a Frédéric, aún ahí. Me inclino, apoyo en ventana, cavo culo. Él baja mis bragas de un tirón. ‘¡Ah!’, gimo bajito.
Gastón se arrodilla, abre nalgas. Mi coño abierto, jugos goteando muslos, clítoris hinchado. Sopla aire fresco, tiemblo. Entierra cara, lengua en vulva. Miro a Frédéric, abro boca buscando aire. Casi me corro.
Él saca polla, enorme, la más gorda que vi. Inundo a Gastón de jugos. Guiño a Frédéric. Gastón lame sin tocar clítoris, me mantiene al borde. Flexiono rodillas, quiero más.
No aguanto, caigo de rodillas, beso a Gastón con lengua. Rodamos en suelo, al cama. Gritos, gemidos, polla dentro. ‘¡Fóllame fuerte!’, le digo. Él embiste, sudor, olor a sexo, piel pegajosa. Corro gritando, él eyacula dentro.
Frédéric se va con la podadora. Luego, oímos a Clarice rechazarle. Pobre, frustrado. Nosotros seguimos follando toda la tarde, calor, placer intenso. ¡Qué finde!