Ay, amiga, si supieras lo que me pasó el sábado… Llevamos siete años casados, yo con 28, él con 30. La rutina nos estaba comiendo vivos. Besos rápidos por la mañana, sexo rápido por la noche, o nada. Yo me sentía invisible en casa los fines de semana: pantuflas, sin maquillaje, un poco de barriguita… Pero en el trabajo, ¡uf!, me pongo mis tacones, mi perfume dulce que deja estela, y noto las miradas. Mi marido también, lo sé.
Un día llegué a casa y le presenté a Robert, mi compañero de oficina. Alto, atlético, con ese olor a cuero y desodorante masculino que me pone. ‘Cariño, este es Robert, te he hablado tanto de él’, le dije sonriendo. Se dieron la mano, charlamos un rato. Robert me elogiaba delante de él: ‘Louise es increíble en el trabajo, siempre ayudando, tan guapa y lista’. Mi marido sonreía forzado, pero vi celos en sus ojos.
La rutina que nos mataba
Después, solos, explotó la charla. ‘¿Qué te parece Robert?’, le pregunté. ‘Mieloso, no me fío de un soltero como él’, gruñó. Le confesé: ‘Me ha dicho que si estuviera libre, dejaría el celibato por mí. Pero estamos casados…’. Se puso nervioso. ‘¿Quieres que muera para liberarte?’. Reí nerviosa. ‘No, tonto. Propongo un electrochoc: que me veas con otro para reavivar la llama. Imagina con Robert en nuestra cama, tú mirando’.
Se escandalizó al principio. ‘¡Estás loca!’. Intentamos sexo esa noche para ‘arreglarlo’. Me besó el cuello, olía a su colonia familiar. Bajó a mi sexo, lamía despacio, sentí su lengua caliente y áspera en mi clítoris, hinchado de deseo. Gemí: ‘Sí, amor, así…’. Chupé su polla, dura, salada, con ese gusto a piel sudada. Me penetró en misionero, fuerte, pero fue mecánico. Eyaculé gritando ‘¡Te amo!’, pero él seguía pensando en mi idea.
Al día siguiente, lo pillé espiando mi salida del trabajo. Me besé con Robert en la mejilla, como siempre. Él me siguió a mí, no. Luego descubrió que Robert tiene novia. Se calmó, pero me dijo: ‘Pensé en tu propuesta. Si solo hablarlo nos encendió, imagínate hacerlo de verdad’. Me quedé helada. ‘¿En serio?’. ‘Sí, con Robert, este sábado, aniversario nuestro’.
Llegó el día. Robert vino, traje sexy: falda corta, blusa escotada, perfume vainilla que impregna. ‘Gracias por ayudar a mi mujer’, dijo mi marido, sentándose en la silla al pie de la cama. Robert me miró con hambre: ‘¿Lista, preciosa?’. Nos besamos de pie, lento. Sus labios carnosos, barba raspando mi piel suave. Olía a deseo, testosterona. ‘Mmm, qué boca tan dulce’, murmuró.
Me quitó la blusa, manos grandes amasando mis pechos. Tetillas duras como piedras bajo sus dedos. Gemí bajito: ‘Ay, Robert…’. Mi marido ahí, mirando. Bajé la cremallera de sus pantalones, saqué su verga: gruesa, venosa, cabeza morada brillante de precum. Olía a macho, almizcle fuerte. ‘Mira qué grande, cariño’, le dije a mi marido, voz temblorosa. La lamí: salada, caliente, pulsando en mi lengua. ‘Chupa la punta, amor’, me ordenó él. ‘Sí… así…’. Tragué más, hasta la garganta, babeando, slurping sonidos húmedos llenando la habitación.
El electrochoc que lo cambió todo
Nos tumbamos en 69. Su lengua en mi coño: lamiendo labios hinchados, chupando clítoris, dedo dentro, curvado tocando mi punto G. ‘¡Ohhh! ¡Joder, qué bien!’, grité. Yo mamando su polla, bolas peludas en mi nariz, olor intenso. Gemidos: ‘Han… sí… más…’. Mi coño chorreaba, jugos en su barbilla. Mi marido jadeaba en la silla.
Robert se puso encima. Levantó mis piernas, verga rozando mi entrada empapada. ‘¿Lista, amor? Te voy a follar suave’. Ese ‘amor’ me erizó. Miré a mi marido: ‘Cariño, agárrame la mano’. Él dudó. Robert empujó: glande abriendo mi vulva, estirándome, sensación de plenitud ardiente. ‘¡Aaaah! Grande… despacio…’. Entró todo, 20 cm llenándome. Embestidas lentas: ploc-ploc húmedo, piel contra piel, olor a sexo crudo.
‘¡Sí, fóllame! Más fuerte’, supliqué. Cambiamos: yo a cuatro, él detrás, nalgadas resonando, pechos balanceando. ‘Mira cómo la goza tu mujer’, le dijo a mi marido. Yo: ‘¡Me encanta su polla! ¡Tan dura!’. Orgasmo building: ‘¡Voy a correrme! ¡Aaaah!’. Explosión, coño contrayéndose, chorros mojando sábanas.
Él aceleró: ‘Me corro… dentro…’. ‘¡Sí, lléname!’. Chorros calientes golpeando mi útero, gruñendo como animal. Colapsamos sudados, semen goteando. Mi marido saltó: ‘¡Basta!’. Sacó una lista de conquistas de Robert. ‘¡Mentiroso!’. Robert pálido. Yo furiosa: ‘¡Me juraste que no!’.
Ahora estamos mejor, pero con un twist. Ese electrochoc funcionó… a su manera. Mi marido me folla como loco desde entonces, celoso y posesivo. Y Robert… bueno, ya no es ‘célibe’. ¿Quién tomó a quién, eh? Ja ja.