Ay, chicas… No sé por dónde empezar. Tengo 28 años, soy de Madrid, pero ahora vivo esta locura en Portugal. Mi profe de violín, André, está en coma desde hace un año. Follábamos como animales, él con sus 60, yo su alumna viciosa. Pero ahora… su hijo Fabrice. Uf, solo pensarlo me mojo.
Llegué a esa casa blanca en las dunas, el olor a sal y pinos me volvía loca. André en la cama, tubos pitando, bip-bip constante. Yo sentada al lado, oliendo su piel tibia, recordando cómo me lamía el coño mientras tocaba el violín. Fabrice me miraba raro, con esos ojos azules como su padre. Alta, moreno, olor a mar y sudor masculino.
La tensión en la casa junto al océano
Una noche, cena tensa. Maria la sirvienta se va. Nos miramos. “Mériade, ¿por qué estás aquí?”, dice él, voz grave. Yo suspiro, el vino me calienta la garganta. “Porque amaba a tu padre… y lo odio”. Silencio. Sus ojos bajan a mis tetas, pezones duros bajo la blusa.
Salimos a la playa. Viento salado azota mi falda roja, se pega a mis muslos. Arena caliente bajo pies descalzos. El sol se hunde en el océano, todo naranja y violeta. Caminamos, callados. De repente, exploto: “¡Tu padre me destruyó! Me follaba, me metía en orgías, drogas… ¡Y ahora esto!”. Lloro, me arrodillo en la arena.
Fabrice se tira conmigo. Me agarra las manos, fuertes, callosas. “Lo entiendo…”, murmura. Y bum, me besa. Labios salados, lengua invasora, sabe a vino y deseo. Gimo en su boca, “Fabrice… no… sí…”. Sus manos suben mi falda, dedos rozan mi tanga empapada. Olor a mi coño excitado mezcla con mar.
Me tumba en la arena, granos calientes contra mi espalda desnuda. Me arranca la blusa, chupa mis tetas. Pezones duros como piedras, succiona fuerte, mordisquea. “¡Joder, qué tetas!”, gruñe. Yo arqueo la espalda, “¡Chúpame más!”. Sus dedos meten en mi coño, chap-chap húmedo, huelo mi jugo chorreando.
Se baja los pantalones. Polla gruesa, venosa, cabeza roja brillante de pre-semen. La agarro, dura como hierro, vena palpitando. “Fóllame ya”, le suplico. Se pone entre mis piernas abiertas, arena en las rodillas. Empuja, entra de golpe. “¡Aaaah!”, grito. Sensación de lleno total, roza mi punto G.
Me bombea fuerte, piel contra piel chapoteando. Sudor gotea de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamo. Olas rompiendo cerca, espuma moja mis pies. “¡Más rápido! ¡Me corro!”, jadeo. Él acelera, huevos golpeando mi culo. Orgasmos míos: primero suave, temblor; segundo, convulsiones, ojos en blanco, grito animal.
El sexo explosivo en la arena y la cama
“¿Qué coño…?”, dice él flipado. Yo río, “Sigue, cabrón”. Cambiamos: yo encima, cabalgo su polla, tetas rebotando. Arena en mi pelo, viento en mi clítoris hinchado. Él agarra mi culo, dedos en mi ano. “¡Sí, métemelo!”, pido. Un dedo entra, doble penetración casera. Me corro otra vez, chorro moja su pubis.
Se corre dentro, semen caliente inundándome. Gime ronco, “¡Mériade!”. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos de sudor, arena, semen. Luna saliendo, mar rugiendo.
Volvemos a casa. En mi cuarto, segunda ronda. Despacio esta vez. Me lame el coño, lengua plana lamiendo lento, saborea mi mezcla de jugos y su corrida. “Sabe a paraíso”, murmura. Yo chupo su polla, bolas en mi boca, olor almizclado. 69, gemidos ahogados.
Me pone a cuatro, entra por detrás. Polla resbaladiza, mano en mi pelo tirando. Azotes en culo, rojo ardiente. “¡Eres una puta!”, dice. “¡Sí, fóllame como a tu padre me follaba!”, respondo. Se cabrea, bombea brutal. Me corro gritando, él eyacula en mi espalda, chorros calientes resbalando.
Tercera vez: misionero lento. Besos profundos, susurros. “Eres increíble”, dice. Yo: “Sexo y música son lo mismo para mí… vibro igual”. Duerme sobre mi pecho, corazón latiendo fuerte.
Al día siguiente, adiós a André. Toco violín para él, notas vibrando en el aire salado. Me voy, pero Fabrice… uf, eso es otra historia. Aún siento su polla dentro.