Mi secreto como cartera: el señor Roberto y su sobrino me volvieron loca de placer

Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Tengo 28 años, soy cartera en mi barrio, pedaleando en mi bici amarilla con el saco lleno de cartas. Pelo recogido, cuerpo fuerte de tanto deporte, casada con Miguel, dos niños en la escuela. Vida normal, ¿no? Pero cada día a mediodía, paro en casa del señor Roberto, un jubilado elegante, solo desde hace años.

La primera vez fue por un paquete, firmar. Luego un burofax. Me invitó a entrar por la sed, hacía un calor de muerte. ‘Pasa, Lidia, toma algo fresco’, me dijo con esa voz suave. Hablamos de su vida en el ministerio, viajes por el mundo. Yo le conté mis problemas con la hipoteca, los sueldos bajos. Me dio un cheque. ‘Me lo devuelves cuando puedas’. Me quedé… no sé, confundida. Sus manos rozaban mis nalgas, grandes y firmes de tanto pedalear. Dejé que tocara.

El comienzo con el señor Roberto: de un refresco a sus labios en mi intimidad

Un día: ‘Por favor, déjame verte desnuda. Hace tanto que no veo una mujer de verdad. Soy impotente’. Dudé. ‘Solo los pechos’, suplicó. Calor, sudada, me quité la camiseta. Mis tetas en pera, pesadas, firmes. Hundió la cara, chupó como un niño. Su aliento caliente, saliva tibia en mis pezones. Me erizó la piel, un cosquilleo hasta el coño. Emocionada, cachonda. Miguel no me hacía eso.

Al día siguiente, ‘muéstrame tu culo’. Me bajé los pantalones, tanga. Metió la nariz entre mis nalgas, lamió mi ano. ¡Dios! Lengua áspera, húmeda, olor a mi sudor mezclado con su baba. Nunca sentido eso, delicioso, me mojé entera.

Domingo, follé con Miguel tres veces. ‘¿Qué te pasa, amor? ¿Ginger?’, bromeó él, exhausto. Yo radiante.

Lunes, su cumpleaños. Champagne. ‘Brindemos’. Dos copas, tres, risa tonta. ‘Estoy borracha’. Me sentó en el sillón. ‘Relájate, desabróchate’. Sus manos en mi vientre, bajando… al pubis. Ojos cerrados, sus dedos en mi slip. Gemí. Me lo quitó, lengua en mi clítoris hinchado. ‘¡Aaaah!’, olía a mi excitación, salada, agria. Penetró mi vagina con la lengua, flexible, rápida. Agarré su nuca, marcando ritmo. Cambió a ano, me arqueé. Chorros de jugos en su barbilla. Orgasmo brutal, piernas temblando, apretando su cabeza.

Desde entonces, cada día. Fauteuil, cocina, baño. Apoyada en la bañera, él sentado lamiendo mi raja húmeda. ‘¡Sí, ahí, más profundo!’. Chup chup, slurpp, mi coño ardiendo. Regresaba en bici, selle rozando mi clítoris sensible, loca por una polla.

Le pedí dedos. Ramoneó suave, pero nada como su lengua. Quería verga dura. Se entristeció. ‘No puedo más’. Pero seguimos.

Un día, no solo. Gregorio, su sobrino, 25 años, alto, delgado, atleta de salto. ‘Mi tía Lidia’, dijo él sonriendo. Hablamos deporte, yo decepcionada por no tener mi lamida.

El sobrino entra en escena: penetración profunda y orgasmos interminables

Al día siguiente, entro. ‘Sobrino no está’. Me desnudo rápido, sobre la mesa de cocina. Él lame, yo gimo ‘¡Mmm, sí!’. Aparece Gregorio desnudo, polla larga fina en mano, tiesa. ‘¡Perdón!’, quise taparme, pero pantalones lejos.

‘Quédate. Mira cómo le gusta a mi sobrino’. Roberto abrió mis muslos, siguió lamiendo. Yo mirándolo, su torso lampiño, músculos, verga palpitante. Excitada doble.

Roberto cedió: ‘Tú ahora, muéstrale’. Gregorio se arrodilló, lengua fresca, hábil en mi clítoris. ‘¡Ohhh, joder, qué bien!’. Suspiré fuerte.

Roberto: ‘Ponte condón, fóllatela’. Gregorio delante, condón puesto, punta en mi entrada. Puse piernas en sus hombros. ‘¡Entra!’. Despacio, profundo. ‘¡Aaaah!’, grité como perra. Labouré fuerte, sus manos en tetas, nalgas. Olor a sexo, sudor, piel caliente. Duró mucho, no como Miguel.

Al sofá, perrito. Plaf plaf, piel contra piel. Roberto masturbándose al lado. Ritmo loco, orgasmo feroz, convulsionando.

Desde ahí, diario. Gregorio me follaba duro, Roberto lamía apoyo. ‘¡Más rápido! ¡Sí, en el culo con lengua!’. Fotos, vídeos. Yo saciada, Miguel feliz sin sospechar.

Pero reorganización: nuevo barrio. Adiós. Enfermedad de niño, no volví. Roberto attack, en residencial, no reconoce. Intenté su mano en mi teta, nada.

Ahora, bici amarilla, rutina. Recibí carta para nuevo vecino mayor. Soné. Peinador elegante. ‘Te observo en tu bici. Eres preciosa. ¿Aperitivo? Es mediodía’. Entré.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *