Confesión ardiente: Mi amigo y yo forzados a follar en una granja de montaña

Ay, chicas… no os lo vais a creer. Estaba ahí, desnuda sobre la paja suave, oliendo a heno fresco y sudor. Mi corazón latía fuerte, bum-bum, como un tambor. Detrás de mí, Steph, mi mejor amigo de siempre, con las manos temblando un poco. Y delante, ese viejo campesino con su fusil viejo, ojos rojos de vino, respirando pesado. ‘¡Quítale la ropa, parisiense!’, gritó con acento grueso. Yo… yo miré a Steph, tragué saliva. El aire olía a tierra húmeda, a su aliento agrio. ‘Hazlo, amor’, le dije bajito, fingiendo. Pero dentro, un fuego ya ardía.

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Todo empezó días antes, en el aeropuerto de Blagnac. Yo llegaba tarde, valija pesada arrastrándose. Steph me esperaba, nervioso, fingiendo calma. ‘¡Todo bien, Vero! Vamos a pasarlo genial’, dijo con esa sonrisa que me derrite. Subimos al avión, apretujados entre ejecutivos grises. Yo sentía su pierna contra la mía, calor subiendo. Hablamos sin parar: montañas, senderos, kayak… pero en mi cabeza, ¿y si cruzamos la línea? Somos amigos puros, casados cada uno, pero esa amistad siempre olió a deseo reprimido.

La tensión en el chalet y las provocaciones

Llegamos al chalet. Grande, acogedor, chimenea de piedra. Yo en la habitación principal, cama king size. Él en la de niños, cama corta. ‘¡Princesa, tú la grande!’, bromeó. Deshice maletas lento, nerviosa. ¿Qué hacíamos solos seis días? Ese día primer, marcha tensa. Yo callada, él parlanchín. ‘¿Qué pasa, Vero?’, preguntó. Paramos, tomé su mano. Sudada, cálida. ‘Tengo miedo, Steph. Miedo a arruinarlo todo, a sentir demasiado’. Él apretó. Caminamos así, mano en mano, silencio dulce.

Noche, sauna. Yo con toalla, él con servilleta. Calor asfixiante, sudor goteando. ‘Qué rojo estás’, dijo él. Me relajé, abrí piernas un poco. Olor a madera caliente, a mi piel húmeda. Él miró, tragué. Sus ojos en mis muslos altos. Me gustaba provocarlo. Luego, fuego en chimenea, yo en bata. ‘¿Te gusta mi vestido corto?’, pregunté, piernas cruzadas, piel suave rozando. ‘Eres preciosa’, murmuró. Esa noche, dormí excitada, soñando sus manos.

Segundo día, marcha dura. Yo en short ajustado, sin bragas después del lago. Agua helada en mi piel desnuda, él fotografiando. ‘¡Date la vuelta!’, grité riendo, pero posé, tetas flotando sugeridas. Al volver, sedientos, paramos en granja. ‘Agua, por favor’, pedimos. El viejo simpático al principio: ‘¡Pâté de conejo, vino!’. Comimos, él bebió mucho. De repente, fusil. ‘¡A la granja, rápido!’.

Puerta cerrada, lámpara petróleo parpadeando. Luz amarilla en mi piel. ‘¡Desnúdala tú!’, ordenó. Steph detrás, quitó mi top. Pezones duros al aire fresco. Luego short abajo, lento. Mis nalgas firmes expuestas, coño depilado reluciendo. Me giré, piernas abiertas. Él jadeó: ‘Joder, qué buena está’. Olor a mi excitación ya, humedad entre piernas. ‘Ahora, ¡follad delante mío!’.

La granja, el viejo armado y nuestro clímax prohibido

Steph dudó. Yo tiré de él a la paja. Suave, pinchando un poco. ‘Ven, amor, hazme tuya’. Él encima, besos en muslos. Lengua suave, subiendo. ‘¿Segura?’, susurró. ‘Sí, joder, sí’. Sus dedos rozaron mi clítoris, hinchado. Gemí bajo, ‘Ahh…’. Olor a sexo, mi jugo dulce en su boca. Lamía lento, lengua plana en labios mayores. ‘Más profundo’, rogué. Dos dedos dentro, calientes, curvados tocando punto G. Chorreaba, squish-squish sonidos húmedos.

‘Suclo tu clito’, murmuró. Boca chupando fuerte, dientes rozando. Cuerpo arqueado, tetas rebotando. ‘¡Fóllame con la lengua!’. Tres dedos ahora, estirándome, placer punzante. Gemí alto, ‘¡Sí, así!’. Él lamió ano también, dedo mojado entrando un poco. ‘¡Dios, qué sucio, qué rico!’. Temblores subiendo, vientre contrayéndose. ‘¡Me corro, Steph!’. Explosión, chorro caliente en su cara, grito largo ‘¡Aaaahhh!’. Sacudidas, piernas temblando, olor almizclado fuerte.

Él lamió todo, besó mi boca. Sabor salado mío. El viejo jadeaba, polla dura en pantalón. Ruido coche afuera. ‘¡Quedaos!’, pero salió. ‘¡Vístete!’, dije. Salimos fingiendo: ‘Buscábamos antigüedades’. Hija del viejo nos llevó. Confesamos un poco. ‘No fue violación’, dije. ‘Solo amenaza’. Ella lloró, nos salvó.

De vuelta chalet, ducha juntos. Agua caliente lavando sudor, semen no, pero deseo sí. ‘Gracias por protegerme’, dijo él. Yo: ‘Fue real, Steph. Me encantó’. Noche, follamos suave en mi cama. Sus polla dura entrando, llena. ‘Te quiero dentro siempre’. Ritmo lento, piel pegada sudorosa. Gemidos mezclados, olor sexo puro. Corrimos juntos, abrazados. Vacaciones cambiaron todo. Amigos? Más. Amantes secretos.

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