Confesión ardiente: La noche prohibida con el amigo de mi marido

Un viento suave se levantó en el campo cerca de nuestra casita. Entró por la ventana abierta, mezclándose con el humo del porro que flotaba en el aire. Mis ojos volvieron a mi marido, David, que tiraba con ganas antes de pasárselo a Silvio, sentado al lado. Me reí por dentro: hacía años que David no fumaba hierba, al menos cinco. Lo pinché:

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—Vas a estar hecho un cuadro esta noche…

La cena con humo y risas

—No te preocupes, Carla, controlo.

Silvio inhalaba profundas caladas, el cigarro brillaba rojo. El humo dulce y pesado llenaba la mesa, olor a tierra y relax. Habíamos cenado de lujo, los tres contentos. La música suave nos mecía. Tomé el porro de Silvio, dudé un segundo, aspiré. El humo áspero y dulce me entró suave, cerré los ojos, sentí ese cosquilleo en la cabeza, el mareo ligero. Di otra calada y se lo pasé a David.

La noche fluía tranquila. Hacía diez años que no veíamos a Silvio. Se había ido al sur con su ex, Julie. Ahora divorciado, volvía. No había cambiado mucho: canas en las sienes, pero ojos azules profundos, cara de pillo. Más sexy ahora, con esa melancolía.

Pensé: ‘Ha madurado, la ruptura lo marcó’. Conocí a David y Silvio juntos, inseparables. Me enamoré de David; Silvio era demasiado conquistador entonces.

Ahora, vi a David charlando, voz alta por el alcohol. Se parecía tanto a Silvio: mismo cuerpo, gestos. Pero David balbuceaba.

—Rien n’a changé… No aguantas el alcohol, ¿eh? —bromeó Silvio.

—Es el curro, 80 horas esta semana. Y la hierba…

—Siempre excusas…

Reímos recordando viejos tiempos. David empezó a cabecear. Fui a fregar platos, choqué con Silvio que traía el plato de carne. ¡Zas! La salsa nos salpicó a los dos: mi blusa, su camiseta y shorts.

Me eché a reír.

—Perdón, Carla…

—Tampoco miro por dónde voy.

Todo el plato vacío sobre nosotros. Corrí al fregadero, froté mi blusa con estropajo. Quedó transparente, se veía mi sujetador. Mi pantalón perdido. Me volví a Silvio.

—Ven, te ayudo.

—No, yo…

Le froté la camiseta, también transparente. Vi su pecho. Luego su short… sin darme cuenta. Él se removió.

—Cuidado, Carla, o me pongo en evidencia…

—¿Eh? Ay, perdón… Estoy colocada.

Me sonrojé, le di el estropajo y volví al salón. David roncaba en el sofá.

Silvio llegó riendo.

—Nada cambia.

—Mañana le cae…

El fuego en la oscuridad

—Son las dos, está cansado.

Tomamos una cerveza en la cocina, solos. Habló de Julie, sus ojos bajaban a mi escote. Discreto, pero lo pillé.

—Tenía necesidades… Ella no quería.

—Una vez al mes…

Escuché, pero notaba su mirada. Nos fuimos a dormir. David roncaba fuerte. Me cambié en la habitación: quité blusa, sujetador. Mis pechos firmes a mis 28. Me puse la camisola transparente, tanga fina. El punch me tenía mareada.

Fui al baño sin cubrirme, pensando que Silvio dormía. Agua fresca en la cara, toalla suave. Al salir, ¡zas! Silvio en boxers, cuerpo atlético, piernas musculosas.

¡Ah! —grité bajito, cubriéndome.

—Perdón… —murmuró él.

Corrí a mi cuarto, puerta cerrada. Me miró todo el cuerpo. Mi camisola deja ver todo: curvas, sexo.

‘¿Me oyó? ¿Casualidad?’ Me excité pensando en sus piernas. Sus miradas toda la noche.

En la cama, no dormía. Manos en mi piel, tetas duras. Dedos bajan, húmeda. Me toco rápido, gimo suave. Orgasmo fuerte, cuerpo tenso.

Ruido en la puerta. ‘Me oyó… Se pajea’. Me excita más. Quita camisola, froto sábanas, gimo alto. Oigo algo. Imagino su polla dura. Dedos en mi coño chorreante.

Siento una mano en mi pie… Sube por la pierna.

—¿Qué…?

—Shhh.

Dedos en mis labios húmedos. Gimo. Se tumba a mi lado. Manos everywhere, lengua en teta, cosquilleo. Dedos en coño, clítoris. Grito.

Mis manos encuentran su polla: gruesa, palpitante. Lameo el glande, salado. La chupo furiosa, él lame mi coño, lengua profunda.

‘Lo quiero dentro’. Lo empujo, me subo. Cabeza en mi entrada, bajo lento. Me llena, estira. Vaivén rápido, resbalo en mi jugo.

Manos aprietan tetas. Él empuja fuerte. Grito, vengo. Él eyacula caliente dentro, chorros interminables.

Me inclino a besar.

—Joder, espero que no hayas despertado a Silvio con tanto ruido —dice la voz de mi marido.

—Shhh, te amo…

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