¡Uf, chica, si supieras lo que pasó el otro fin de semana en casa de mi madre! Soy Sofía, tengo 27 años, y el sexo es mi vicio. Me encanta el morbo, las sensaciones fuertes, oler el sudor mezclado con deseo, sentir el pulso acelerado… Te lo cuento como si acabara de pasar, porque aún me tiemblan las piernas. Llegamos a la casa de mamá en Bourgogne, esa mansión antigua cubierta de hiedra, con jardín verde pese al calor agobiante. Mamá, Marie-Odile, nos recibe radiante en el porche. Parece más joven, con esa sonrisa pícara. ‘¡Bienvenidos, mis niños!’, dice abrazándonos fuerte. Huele a lavanda y a algo dulce, como su perfume viejo.
Stéphanie, quiero decir yo, le enseño a Pablo mi antigua habitación de chica. Lit single, posters descoloridos. ‘Lástima, no cabe nadie más’, digo riendo. Él bromea: ‘¿Inocente eras tú a los 18?’. Me parto: ‘¡Virgen total, pero me tocaba todas las noches pensando en pollas duras!’. Le doy un beso jugoso, labios carnosos rozando los suyos, lengua rápida. Él evade su pasado: ‘Yo, recto como una flecha’. Cenamos quiche casera, deliciosa, crujiente, con olor a mantequilla quemada. Mamá suelta: ‘¿Cuándo un nieto? Me hago vieja’. Yo: ‘Mamá, aún no, tengo la regla estos días’. Sus ojos en Pablo, sonrisitas enjoadoras. Él me susurra después: ‘Tu madre me mira raro’. Yo río: ‘¡Flirtea contigo, cabrón!’.
Llegada y sospechas en casa de mamá
En la cama de invitados, alta, con edredón burdeos pesado, olor a cera y cerrado. Yo en nuisette negra cortita, él en pijama. Pegados, sudados. ‘Pablo, mamá te quiere comer. Juega el juego, hazle ojitos. Me excita imaginarlo’. Él: ‘¿En serio?’. Me pego a su oreja, huelo su piel salada: ‘Sí, y a cambio… te dejo correrme en las bragas’. Sus ojos se encienden. ‘¡Joder, Sofía!’. Bajo la sábana, agarro su polla tiesa, venosa, palpitante. ‘Ya estás duro, eh’. Él gime bajo: ‘Tu culpa, perversa’. Le chupo los huevos, lengua plana lamiendo arrugas saladas, olor a macho. ‘Quiero tus besos por todo el cuerpo’, digo jadeando. Le monto la cara, coño húmedo rozando su nariz pese a la regla ligera. Él lame clítoris hinchado, succiona labios hinchados, sabor metálico mezclado con miel. ‘¡Ahh, sí!’. Luego me pongo a cuatro, culo arriba. ‘Córrete en mi culito, en las bragas’. Él se menea rápido, mano frenética, gruñe: ‘¡Me vengo!’. Chorros calientes, pegajosos, olor fuerte a semen fresco salpicando mi ano fruncido, empapando algodón. Se me pega a las nalgas toda la noche, resbaloso, caliente. ‘Eres una guarra deliciosa’, murmura besándome el cuello sudoroso.
La siesta que lo cambia todo
Al día siguiente, fiesta del Charolais. Mamá guía entre bueyes enormes, olor a mierda y paja húmeda. Yo finjo no ver sus miraditas a Pablo. Almuerzo en restaurante chic, vinos pesados, ella roza su pie al mío bajo la mesa, guiño a él. Siesta en transats en el jardín, calor asfixiante, aire quieto como plomo. Yo izquierda, mamá derecha, Pablo en medio. Lunetas oscuras, sombreros. Mamá deja caer su mano, balanceándola sutil. Él duda, extiende la suya. Dedos se rozan, piel suave con anillos fríos. Se entrelazan, aprietan. Siento el calor subiendo, mi coño palpita. Ella inmóvil, cara de dormida, pero pulgar masajeando su palma. Pablo me mira disimulado, polla dura bajo shorts. De repente, yo me muevo: ‘Orage viene, entremos’. Mamá suelta rápido, rubor leve.
Sola con Pablo: ‘¡Te ha pillado la mano, el culo!’. Él: ‘Tu madre va en serio’. Yo: ‘Sigue, quiero ver hasta dónde. Piensa en mi promesa: te dejo follarla si pasa’. Él traga saliva: ‘¿Y tú?’. ‘Me excita, idiota. Imagina su coño maduro chupándote’. Ahora estoy disponible, regla ida. Pero la tensión… uf, el aire huele a tormenta y a sexo inminente. Mamá trama algo, lo sé. ¿Qué pasará mañana? Me mojo solo recordándolo, chica. El deseo quema.