Ay, chicas, acabo de llegar a casa y aún tiemblo. No sé por dónde empezar… Sus manos, tantas manos sobre mí, el calor pegajoso de sus pieles, el olor a colonia cara mezclada con sudor. Pero voy paso a paso, como si os lo contara tomando un café.
Todo empezó hace unas semanas. Mi marido, Robert, un poco mayor que yo, 60 y pico, pero con fuego dentro, contactó con un escritor erótico, Patrice. Intercambiaron mails, fotos nuestras… Yo en mi lencería blanca favorita, esa que me hace sentir tan puta… eh, tan deseada. ‘Nathalie –me dice él–, Patrice dice que podemos ir más allá’. Yo, con 28 años, abierta como soy al sexo, al morbo, pensé: ¿por qué no?
Los desafíos que me volvieron loca
Los primeros desafíos fueron suaves. ‘Ponte la falda plisada, baja las bragas a medio muslo y ve al supermercado’, me ordenó. Sentía el aire fresco en mi coño depilado –sí, me lo depilé por él, liso como seda, oliendo a jabón íntimo–. La gente mirándome, el roce de la falda, mi clítoris hinchado pulsando. ‘¿Te gusta, amor?’, me preguntaba él por teléfono. ‘Sí… pero no pares’, jadeaba yo.
Patrice mandaba instrucciones: fotos obligatorias. Yo posando, falda arriba, bragas blancas bajadas, mi triángulo negro ahora liso reluciendo. Robert lo besaba, su lengua caliente lamiendo mis labios hinchados, sabor salado. Hacíamos el amor como locos después, él embistiéndome con la falda en la cintura, bragas enredadas en los tobillos. ‘¡Más fotos para Patrice!’, gritaba yo en el orgasmo.
Un día, ¡zas! Patrice aparece en casa. Traje blanco, sonrisa pícara. ‘Vestíos sexy, Nathalie, lencería blanca’. Yo: camisa blanca transparente, sujetador balconette sin tirantes, pezones duros marcándose, falda de cuero negra con cremallera larga, medias blancas brillando, tacones. Robert nervioso: ‘No sé qué planea…’. Apéritif, su alcohol dulce mareándome la cabeza, olor a frutas exóticas.
‘Vamos al castillo de Fiernour’, dice él. ¿Dónde? Carretera oscura, bosque espeso. Llegamos: luces titilantes, gente enmascarada, música barroca flotando. Olor a jazmín y mandrágora, flores azules por todos lados. ‘¡Madre mía!’, susurro. Gente elegante, mujeres con escotes profundos, hombres mirándome las piernas.
Patrice: ‘Nathalie, ¿me concede este baile?’. Valsa lenta, su cuerpo pegándose al mío. ‘Hueles divino’, murmura, mano en mi culo, apretando la tela fina de las bragas. Mi coño humedece, chorreando jugos calientes. Robert mira, excitado. Otros hombres se acercan, me tocan pechos, muslos. ‘¡No… sí!’, gimo.
La noche inolvidable en el castillo
De repente, Robert me desabrocha la camisa. Pechos al aire, solo el sujetador blanco sujetándolos, areolas rosadas transparentes. ‘Date la vuelta, que todos vean’, ordena. Giro, ruborizada, pezones como piedras rozando la encaje. Miradas hambrientas, olor a deseo masculino. Dos enmascarados bajan la cremallera de mi falda: cuero rasgando, cayendo a mis pies. Solo bragas blancas, medias, tacones. Mi culo redondo marcado, coño depilado abultando la tela húmeda.
Me pasan de mano en mano. ‘¡Qué culito!’, dice uno en un idioma raro, pero lo entiendo en el alma. Manos en mis tetas, pellizcando pezones, dedos colándose en bragas, rozando mi clítoris empapado. ‘¡Ahh… más!’, suplico bajito. Boca de uno chupando mi cuello, saliva caliente. Otro mete lengua en mi oreja, gemidos ahogados. Robert: ‘¿Te gusta, mi puta blanca?’. ‘Sí… fóllame con los ojos todos’.
Patrice me agarra fuerte: ‘Tu cuerpo es para compartir’. Me frota su polla dura contra mi vientre, gruesa, palpitante. Círculo de hombres cerrándose, manos everywhere: una en mi coño, dedos entrando, chap-chap de mis jugos; otra en el culo, separando nalgas. ‘¡Voy a correrme!’, grito. Orgasmo brutal, piernas temblando, olor a sexo puro.
Después, Robert me lleva a un lado. ‘Eres mía ahora’. Me folla contra la pared: polla tiesa entrando de golpe, mis bragas a un lado, embestidas salvajes. ‘¡Todos te han tocado, zorra!’, gruñe. Yo: ‘¡Sí, y quiero más!’. Eyacula dentro, caliente, lleno. Regresamos a casa en silencio, yo con lencería puesta, semen goteando.
Chicas, fue real, crudo, inolvidable. Mañana pido más desafíos. ¿Quién se anima?