Ay, chicas, sentaos que os cuento esto como si acabara de pasar. El sol se ponía en esa isla griega, tiñendo todo de naranja, y el olor a gambas quemándose en la barbacoa me hacía la boca agua. Yo estaba ahí, Nathalie, con mi vestidito de verano pegado a la piel por el calor húmedo, pero ellos… ellos tres, desnudos como dioses del Olimpo. Elena, la ninfa que me había lamido en la playa, Jean-Marc, el primo musculoso con esa mirada felina, y Carolina, la que bronceaba con tetas perfectas.
Jean-Marc volteaba las gambas, el humo subiendo en espirales, y su polla semi-dura balanceándose con cada movimiento. ‘¡Mesdemoiselles, el ouzo está frío!’, gritó con esa voz grave que me erizaba la piel. Me acerqué, quitándome el vestido porque ya no podía más con esa norma nudista. El aire fresco besó mis pezones, endureciéndolos al instante. Elena me miró, mordiéndose el labio, y susurró: ‘Qué guapa estás, Nathalie. Ven, siéntate aquí’. Su mano rozó mi muslo, cálida, sudorosa.
La tensión sube en la barbacoa
Bebimos ouzo, ese licor anisado que quema la garganta y suelta la lengua. ‘¡Por las nuevas amigas!’, brindó Carolina, salpicando gotas en sus pechos. Jean-Marc rio: ‘Y por las que no se cortan, como tú, Nathalie. Me gustó cómo me pusiste en mi sitio antes’. Sus ojos bajaron a mi entrepierna, y sentí un cosquilleo húmedo ahí abajo. El tarama era cremoso, salado en la lengua, mezclado con el sabor dulce del feta de la ensalada de Elena. Hablábamos de todo: la playa, las colonias, pero el aire estaba cargado de deseo, como electricidad estática.
De repente, Carolina se levantó, piernas abiertas: ‘Necesito mear otra vez’. El chorro caliente salpicó la hierba, olor fuerte a orina mezclada con cloro de la piscina. Jean-Marc la miró, polla endureciéndose: ‘Tú siempre tan exhibicionista, prima’. Elena me tomó la mano: ‘¿Quieres unirte?’. Me puse de pie, piernas temblando un poco, y dejé que saliera, el alivio caliente corriendo por mis muslos, miradas clavadas en mí. Carolina se acercó riendo: ‘¡Bienvenida al club!’, y me salpicó con el suyo, cálido en mis nalgas. Grité: ‘¡Eh, loca!’, pero corrí tras ella a la piscina, el agua fresca envolviéndome, lavando todo.
El éxtasis en la piscina y más allá
En el agua, el juego escaló. Jean-Marc nos persiguió, sus músculos brillando bajo la luna naciente. Me atrapó por la cintura, su erección dura contra mi vientre: ‘¿Te molesta esto, Nathalie?’. Olía a hombre, a sudor salado y ouzo. ‘Prueba y verás’, le dije, besándolo con lengua, saboreando su boca áspera. Elena se unió, sus tetas suaves contra mi espalda, dedos hundiéndose en mi coño empapado. ‘Mmm, estás chorreando’, murmuró, mordisqueándome el cuello. Carolina nos rodeaba: ‘¡Dejadme sitio!’. Su mano agarró la polla de Jean-Marc, masturbándola bajo el agua con chapoteos rítmicos.
Salimos jadeando, gotas resbalando por pieles calientes. En los transats, Elena me tumbó: ‘Ábrete para mí’. Lamí sus labios hinchados, sabor salado a mar y excitación, su clítoris duro como una perla bajo mi lengua. Gemia bajito: ‘Sí… así… ay, Nathalie…’. Jean-Marc follaba a Carolina a cuatro patas al lado, palmadas resonando, ‘¡Toma, puta prima!’. Ella gritaba: ‘¡Más fuerte, joder!’. El olor a sexo llenaba el aire: sudor, coños mojados, semen preeyaculatorio. Me giré, monté a Jean-Marc, su polla gruesa estirándome, dolor-placer quemando. ‘¡Dios, qué prieta!’, gruñó, manos amasando mis tetas.
Elena se sentó en su cara, moliéndose: ‘Lámeme mientras la follas’. Carolina lamía mis huevos, lengua juguetona. Orgasmos vinieron en olas: yo primero, contrayéndome alrededor de su verga, chorros calientes saliendo de mí. Él explotó dentro, semen espeso goteando. Elena tembló gritando, Carolina se frotó hasta correrse, dedos brillantes de jugos. Nos derrumbamos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa. ‘Quedaos toda la noche’, susurró Elena, besándome. Y yo… yo no pude decir que no. Esa isla me había cambiado para siempre.