¡Vamos! ¡Sacúdeme! Me encanta cuando es brusco. La cabeza hundida en la almohada, el culo en pompa hacia el techo, gimo sin parar. A cuatro patas detrás de mí, él me taladra el culo a un ritmo frenético. Mi espalda aún brilla con los últimos chorros de pis que me echó en la ducha. Huele a sexo, a sudor salado y a esa orina tibia que nos une.
Salimos del baño y salto al cama, abriéndome las nalgas con las manos, sin pudor. Él escupe en sus dedos, me masajea el ano con círculos amplios, índice y medio. El pulgar se pierde en mi coño húmedo, palpitante. Mis gemidos suben de tono, graves a agudos. Entonces, su glande caliente se hunde en mis entrañas. Me llena hasta que exploto, él también. Nos quedamos jadeando, pegados, piel contra piel. El aire apesta a semen, pis y placer.
El encuentro en el bar de jazz
De todas las tías que he conocido locas por el culo, yo soy la reina. Me flipa que me llenen por todos lados. Pero lo que nos hace únicos son mis ‘juegos dorados’. Me invitó a ese mundo y ahora lo adoro.
Todo empezó normal. Lo conocí en el Meltem, un bar con jazz en vivo. Nos cruzábamos siempre, sonrisas de lejos. Esa noche, trio de jazz, acabamos charlando en la barra mientras montaban el sonido.
Soy morena alta, pelo corto, cara pícara con nariz respingona y hoyuelos. Voz grave, ronca, felina. De cerveza en cerveza, mi aliento roza su oreja, mis dedos lo tocan. Él hace lo mismo. Durante el concierto, manos por todos lados. Al final, sabemos todo: 28 años yo, 30 él, divorciados recientes, sin hijos, curros que molan. Yo enseño español a extranjeros, él traduce textos. Reímos como niños por nuestro amor a las lenguas.
A las dos, cierran. Quiero invitarlo a casa, pero él me mira y dice: ‘Mejor solos’. Me da su dirección en un posavasos, roza mis labios.
Llegamos juntos. Entra y: ‘¡No aguanto! ¿Dónde está el baño?’. Lo llevo, deja la puerta abierta. Yo me agacho sobre el váter, subo falda, bajo braga negra. Chorrito potente sale de mi coño depilado. Él mira, no aparta vista. Normalmente, vergüenza total, pero con él, natural y cachondo. Su mirada en mi sexo, el pis dorado… Me excita. Esa noche, clásico: sesenta y nueve con dedo en el culo. Dormimos.
Al día siguiente, quedamos en Meltem para Jim, un inglés. Llego con falda negra lateral, blusa crema, ballerinas rojas. Me abraza, huelo su calor. Recuerdo su mirada al verme mear. Me calienta.
Juegos dorados y placer anal extremo
Durante el concierto, mano en mi espalda baja. Yo: ‘Me muero por mear’. Subo escaleras metálicas, él mira mi culo balanceante. Bajo, meto mi braga húmeda en su bolsillo. ‘No había papel’. Él: ‘Me la quedo’. La huele, yo se la chupo los dedos.
‘¿Otra birra antes de irnos? Quiero locuras’. Pongo su mano en mi muslo, abro piernas. Dedos en mi coño mojado. Él me toca la polla dura. Gimo bajito mientras aplaudimos.
‘Necesito aire. ¿A mi casa? Diez minutos’. Salimos. Paseo romántico, charla sucia: ‘¿Te gustó que te mamara con dedo en culo?’. ‘Adoró’. ‘¿Y verme mear?’. ‘Me volví loco, casi te lamo’.
En un patio oscuro, me aparto, subo falda, me pongo a mear. Chorros fuertes, río. Él se arrodilla, lame mi coño en el charco. ‘Estás loco’. ‘¿Denuncio?’. ‘¡No! Eres único. Vamos’.
Su piso: sofá mullido, cama tras biombo. ‘¿Birra o champán?’. ‘Birra’. Se sienta frente, ríe de sus rodillas manchadas. Me quita pantalón, acaricia polla por el bóxer.
Confieso: ‘Siempre me ha flipado mear al aire libre. Llenar vejiga, soltarme con riesgo. Ahora contigo, quiero más: mearte tú a mí, yo a ti’. Lo arrastro al baño, ducha italiana. Él se tumba, yo encima, me toco. ¡Chorrrro! Le mojo pecho, polla. Él se pajea, eyacula con mis últimas gotas. Froto coño en su polla.
‘Tu turno. Mearte. Compartir estos juegos dorados es lo mejor’.