Confesión ardiente: La primera vez de mi prima con mi amante y yo

Ay, amiga, no sabes por dónde empezar… Estaba allí, en la suite del hotel, con el corazón latiendo fuerte. Al, mi amante, ese hombre que me vuelve loca con solo mirarme, y mi prima Louise, tan tímida, tan pura aún. Habíamos hablado horas, confesiones saliendo a borbotones. Ella nos contó su historia con ese cabrón de Warren, cómo la habían humillado en el parque, el sheriff pervertido… Lágrimas en sus ojos, olor a sal en el aire cargado de tensión.

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—Louise, cariño, eso ya pasó —le dije, abrazándola por detrás, mis pechos rozando su espalda—. Ahora estamos aquí. Déjame ayudarte a olvidar.

Las revelaciones que lo cambiaron todo

Al nos miraba, su polla ya medio dura bajo el short, el bulto evidente. Yo sonreí, pícara. Sabía lo que vendría. Le susurré al oído:

—¿Y si le das su primera vez de verdad? Una buena, con cariño.

Él dudó, pero sus ojos brillaban. La llevamos a la cama. Louise se tendió, el sábana hasta la nariz, temblando. Olía a jabón fresco, a miedo mezclado con deseo. Me quité la camisola, mis tetas saltando libres, pesadas, con pezones duros como piedras. Me acosté a un lado, Al al otro.

Empecé besándole el cuello, suave, lamidas lentas. Su piel erizada de gallina, caliente. Al hizo lo mismo al otro lado. Ella jadeaba bajito, ‘mmm… ay…’. Bajé el sábana, sus pechitos pequeños, en forma de pera, rosados, perfectos. Los besé, chupé los pezones, que se endurecieron en mi boca, salados, deliciosos. Al lamía el otro, nuestros ojos se cruzaron, cómplices.

—Relájate, mi amor —le murmuré a Louise—. Solo siente.

Sus manos temblaban, tocaron mi muslo, subieron. Yo guié la suya a la polla de Al, dura como hierro, venosa, caliente. Ella la apretó, torpe, pero con ganas. ‘¡Dios, qué grande!’, susurró. Yo reí bajito, bajé mi mano a su coñito. Recién depilado por mí esa mañana, una tirita fina de vello rubio, labios hinchados, mojados ya. Olía a miel, a excitación pura. Deslicé un dedo, húmedo, resbaladizo, rozando su clítoris. Ella se arqueó, gimiendo fuerte: ‘¡Ahhh! ¡Sí!’

El clímax en la cama: placeres inigualables

Al se quitó el short, su verga saltó, goteando precum, olor almizclado fuerte. Se colocó entre sus piernas abiertas, ella jadeando, piernas temblando. Yo besé su boca, lengua dentro, saboreando su saliva dulce. Él frotó la punta en su entrada, untándola de jugos. ‘¿Lista, peque?’, preguntó él. Ella asintió, ojos cerrados.

Empujó despacio. Ella gritó en mi boca: ‘¡Duele! ¡Ay, mamá!’. Paré su beso, la miré: sudor perlando su frente, olor a sexo invadiendo la habitación. Al entró más, rompiendo el himen, un chorrito de sangre mezclada con humedad. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó él. Ella lloriqueó, pero yo masajeé su clítoris rápido, círculos duros. Sus caderas se movieron solas.

Ahora él bombaba, lento al principio, ‘ploc ploc’ de piel contra piel húmeda. Sus tetitas rebotando, yo chupándolas. Ella gemía sin parar: ‘¡Más! ¡Sí, Al, fóllame!’. El ritmo aceleró, cama crujiendo, sudor goteando, mezclándose. Su coño chupaba la polla, sonidos chapoteantes, obscenos. Yo me masturbaba viéndolos, mis jugos chorreando por muslos.

—Ven, métete conmigo —le dije a Al. Él salió de ella, brillante de sus fluidos, y me penetró a mí de lado, fuerte, profundo. ‘¡Uff, qué coño tan rico!’, jadeó. Louise nos miró, tocándose, dedos hundidos. Luego la puse a cuatro, Al la folló por detrás, yo debajo lamiéndole el clítoris. Su sabor ácido-dulce en mi lengua, ella gritando: ‘¡Me corro! ¡Dios!’

Se corrió temblando, chorros calientes en mi cara. Al la siguió, gruñendo, llenándola de leche caliente, desbordando. Yo exploté también, olas de placer. Caímos exhaustos, oliendo a sexo, sudor, semen. Besos suaves después.

—Cariño, ¿fue bueno? —pregunté a Louise, acariciando su pelo.

—Increíble… Gracias —susurró, sonriendo por fin. Ahora es libre, amiga. Y yo… ¡uf!, aún siento el cosquilleo.

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