Ay, chicas, acabo de volver de un curso de oficina y tengo que contároslo todo, como si estuviera susurrándoos al oído. Tengo 28 años, soy de Madrid, y el sexo me vuelve loca, esas sensaciones que te erizan la piel, el deseo que te moja entre las piernas… Bueno, empecemos por el principio, o casi.
Era el segundo día de formación. El formador, Vianney o algo así, un tío de unos 35, serio pero con ojos que devoraban. Yo, con mi falda corta, sin bragas debajo, porque me encanta sentir el aire fresco rozándome el coño. Me senté en primera fila, piernas cruzadas al principio, pero cuando él escribió en la pizarra y el marcador se le cayó… ¡zas! Me agaché un poco, abrí las piernas de par en par. Mi coño depilado, liso como la seda, ya un poco húmedo, brillando bajo la luz. Lo vi agacharse, sus ojos clavados ahí, en mi raja entreabierta, rosada y jugosa. Olía a mi excitación, ese aroma dulce y almizclado que flota en el aire.
El teasing en la formación
Él se levantó rápido, rojo como un tomate, pero siguió la clase como si nada. Yo sonreí, mordiéndome el labio. ‘¿Lo has visto, eh?’, pensé. Durante la mañana, cada vez que pasaba cerca, descruzaba las piernas un segundo, dejando que viera mi clítoris hinchado, mis labios mayores abriéndose solos por la humedad. Sus miradas se desviaban, su voz temblaba un poco al explicar Excel. ‘Mira cómo se pone duro el pobre’, me dije, notando el bulto en su pantalón.
—Oye, Lucía, ¿estás prestando atención? —me dijo en un momento, con voz ronca.
—Sí, profe, atenta a todo… especialmente a lo que cae al suelo —le contesté guiñando un ojo, y las otras chicas rieron sin pillar nada.
Al mediodía, todas salimos a comer, pero yo me quedé un rato, rozándole el brazo al pasar. ‘Huele a hombre, a sudor limpio y colonia’, aspiré profundo. Por la tarde, peor: piernas abiertas cada vez que me miraba, mi coño chorreando ya, manchando la silla. El calor subía, mis pezones duros contra la blusa fina.
Llegó el final del día. Las demás se van, y él me para:
—No, Lucía, tú quédate. Ese último ejercicio lo has hecho fatal. Repítelo.
—Vale, pero no seas tan duro conmigo… —le dije con voz de niña mala, sentándome y abriendo las piernas otra vez bajo la mesa.
Lo acabé rápido, me levanto, y él:
—Bien, pero has sido una chica mala todo el día.
—¿Mala? ¿Qué vas a hacer, darme una nalgada? —le reté, riendo.
La nalgada y el clímax explosivo
No sé qué me pasó, pero él se sentó en mi silla, me agarró del brazo y ¡zas!, me tumbó sobre sus rodillas. Levantó mi falda, mis nalgas redondas y firmes al aire, blancas y suaves. La primera palmada resonó: ¡CLAP! Dolor ardiente, placer eléctrico. ‘¡Ay!’, grité, pero mi coño se contrajo, más mojado.
—¡Aie! ¡No tienes derecho! ¡Clap! ¡Uhh! —gemí con cada golpe, cuatro en total. Mis nalgas ardían, rojas, palpitando. Luego, su mano acarició, suave, bajando entre mis piernas.
—Estás empapada, putita provocadora —murmuró, metiendo un dedo en mi coño resbaladizo. Chup-chup, el sonido húmedo llenaba la sala. Olía a sexo puro, a mi jugo dulce salado.
Me giré, lo besé con lengua, saboreando su boca caliente. Le bajé los pantalones: polla dura, venosa, goteando precum. ‘Mmm, qué rica’, la lamí desde la base, lengua plana, hasta la cabeza salada. Él gruñó:
—Chúpamela toda, Lucía.
La tragué profunda, garganta apretada, babas cayendo. Glug-glug, sus caderas empujando. Luego, me puso sobre la mesa, piernas abiertas. Su polla entró de un golpe: ¡ahhh! Llenándome, rozando mi punto G. Follada fuerte, mesa crujiendo, mis tetas botando.
—¡Más fuerte, fóllame como a una puta! —grité.
Cambiamos: yo encima, cabalgando, nalgas rojas chocando contra él, clap-clap. Sudor mezclado, olor a piel caliente. Él me pellizcó los pezones, mordió mi cuello. Orgasmos: el mío primero, coño convulsionando, chorros mojando su polla. Él eyaculó dentro, caliente, espeso, gimiendo:
—¡Toma, zorra!
Caímos exhaustos, riendo. ‘Vuelve mañana’, me dijo. Y volví, claro. Ahora soy adicta a sus clases privadas…