Ay, amiga, si supieras lo que me pasó anoche… Mi amiga y yo, con veintitantos, solo queríamos fiesta. París es enorme, ¿dónde coño están las discotecas buenas? Caminábamos por las calles, perdidas, mirando grupos borrachos, pero nada nos convencía. No queríamos Google, buscábamos el sitio secreto, el de los privilegiados.
Hambrientas, entramos en un restaurante lleno. La comida, meh, pero un grupo nos llamó la atención. Hablaban del ‘after’, riendo, como si se acabaran de conocer pero conectados. ‘Esa es la perla’, pensé. Salimos detrás de ellos, a distancia. Caminaban, sin metro. Se pararon ante una puerta anodina, tocaron, entraron uno a uno. Esperamos media hora en la calle desierta, silenciosa. Nadie más.
La búsqueda de la fiesta perfecta
Tocamos, nerviosas pero jugadoras. Se abrió: pasillo oscuro, antichambre con vestuario. Un tipo al mostrador: ‘Gratis para mujeres solas’. Sonreímos, jackpot. Bajamos las escaleras, música buena… y pum. Gente casi desnuda por todos lados. Culos, pollas, tetas al aire. Una tía en cuero con un tío a cuatro patas, en correa, nalgas rojas. Mi amiga: ‘Me voy’. La miré: ‘¿En serio?’. Subió y desapareció. Yo me quedé, curiosa. No había mirones, todos se miraban a los ojos, respeto total.
Avancé, evité roces. Un pasillo con gritos. Alcoba: tío atado a una X de madera, gimiendo bajo los azotes de una en botas. ‘Martinet’, susurró después alguien. Ella lo acariciaba, le hablaba al oído. Hermoso, joder, un intercambio real. Otra sala: tía en una hamaca follando fuerte. Me dio corte, volví al bar. Pedí zumo, pastelito. Empapé la vibe: sudor, cuero, música suave para no molestar.
‘Es raro ver una sola aquí’, dijo un tío todo de negro, acodado a mi lado. Alto, carismático, unos 40, sereno. ‘¿Chocada?’ ‘No, me flipa el vínculo’. ‘¿Te enseño?’ Asentí. Volvimos a la X: ahora el tío rojo como tomate. ‘Cruz de San Andrés. La domina sabe’. Susurraba para no romper su burbuja. Subimos escaleras: BDSM everywhere. Tíos y tías azotados, velas goteando en pieles, puños en coños…
El placer incontrolable en la máquina
Última habitación: vacía, limpia. Un poste con un medio cilindro negro, como silla. Cogió un dildo, lo limpió, lubricó, lo fijó. ‘¿Quieres probar?’ Negué, tímida, rubor total. ‘No te toco, quédate vestida’. El sitio acogedor me tentó. Me quité las bragas, al bolso. ‘Cuídalo’. Me subí despacio, el dildo entró suave, ya empapada. Olía a limpio, lubricante dulce.
‘¿Y ahora?’ Me dio esposas de cuero. ‘Póntelas tú’. Dudé. ‘Grita si quieres parar, cualquiera te suelta’. Ok. Manos atrás, click. Mousquetón fácil. Luego cuerdas: cheville derecha a muslo, pierna abierta. Izquierda igual, sentada total, dildo profundo. ‘¡Uf!’ Suspiré, lleno el coño. Vibración on. ¡Dios! Zumbido grave, ondas hasta el clítoris. Piernas temblando, olor a mi excitación subiendo.
‘Ordeeeena’, gemí al borde. Sonrió, no paró. Me retorcía, sudor perlando piel, pechos pesados. ‘¡Para!’ Nada. Gritos ahogados, público mirando. ‘Eres masoquista, te encanta’. ‘Nooo… ahh’. Lucha perdida. Iba a correrme delante de todos. ¿Y qué? Relajé… y stop. ‘¡Vuelve a encender!’ ‘¿Qué? Antes parar’. Risas. ‘Por favor…’. On. Explosión: coño contrayéndose, chorros calientes, grito largo, cuerpo arqueado. Olas y olas, piernas flojas, olor a sexo fuerte.
Me soltó, copa, charla suave. Cuerpo lánguido, recuerdos grabados. Volví a casa, sonrisa tonta, deseando volver.