Ay, chica, no sabes lo que me pasó este verano con mi prima Olivia. Ella es un poco mayor, como 28 años, piel morena, pelo negro, cuerpo flaco pero con un fuego dentro que quema. Yo tengo 26, española de pura cepa, pero con curvas que vuelven locos a los tíos. Olivia siempre ha sido la salvaje, la que se escapa, la que hace locuras. Ese día, me dijo: ‘Ven, te voy a enseñar algo guay’. Caminamos por el campo, olor a hierba seca, sol quemando la piel. Llegamos a la valla, y esperamos.
De repente, aparecen el toro y los vaqueros. ¡Madre mía! Ese bicho enorme, con huevos colgando como pelotas de playa, oliendo a macho en celo. Babea, resopla, huele el aire. Corre hacia una vaca joven, ella levanta la cola, él la olfatea la chocha, ¡zas! Su polla sale rosada, gorda, brillante. Se sube encima, ¡pum pum pum! La monta como un loco, gruñendo, sudando. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo. Yo sentía el coño palpitando, calor subiendo por las piernas. Olivia me mira, sonriendo: ‘¿Te gusta, eh? ¿Quieres ser la vaca?’.
El espectáculo del toro y las primeras cosquillas
Yo roja como un tomate: ‘¡Qué va! Pero… joder, qué fuerte’. El semen chorrea blanco y espeso cuando se retira. Los hombres se ríen: ‘¡Buen semental!’. Nos miran a nosotras, ojos hambrientos. Volvimos a casa, pero no paraba de pensarlo. Noches soñando con esa polla bestial rozándome.
Días después, en el tren. Calor infernal, sudando. Suben Guido y Dario, italianos guapos, 20 años. ‘Hola bellezas’, dice Guido, ojos clavados en mis tetas. Olivia charla, yo callada. Vamos al baño, ella: ‘Quítate el sujetador, ¡libérate!’. Me lo saca, me maquilla labios rojos, ojos ahumados. Vuelvo, silban: ‘¡Mamma mia!’. Encuentran mi sujetador en su bolsa. Lo tocan, ríen: ‘Talla C, coqueta’. Me tocan el hombro, miran mis pezones duros bajo la camiseta. ‘¿Podemos tocar?’, pregunta Dario. Olivia: ‘El sujetador, claro’. Sus dedos rozan mi piel, siento cosquillas.
Llegamos, pero Olivia les da su número. ‘Tú te excitas con la vergüenza’, me dice. Furiosa, no le hablo días. Luego, pescando cangrejos con Guillaume, el hijo del granjero. Caemos al agua, ropa transparente. Mis tetas al aire, sus ojos fijos. Olivia: ‘Míralo, está duro por ti. Quítale el bóxer’. Obedezco, su polla salta, golpea su vientre. Piel suave, venas gordas, gota pre-semen. La acaricio, huevos pesados, calientes. Gime: ‘Oh sí…’. Eyacula chorros calientes en mi cara, pecho. ‘Límpialo con la lengua’, ordena ella. Sabor salado, amargo, me excita más.
El fontanero polaco que me abrió las puertas del paraíso
El baile del 14 julio. Vestida sexy por Olivia: tanga roja, minifalda, tacones. Guido y Dario nos esperan. Bailamos, sus manos en mi culo, polla dura contra mí. ‘Eres tan caliente’, susurra Guido. Al fuego de campamento, hierba, música. Fuman porro, me relajo. Guido baja mi vestido, chupa tetas. ‘Libera tus tesoros’. Desnuda, en el pajar. Me folla duro, duele, sangre y semen. Luego Dario, Olivia guía su polla: ‘Relájate’. Otro polvo rápido, dolor.
Años después, buscando placer real. Olivia: ‘Busca un hombre experimentado’. Viene Piotr, fontanero polaco, rubio, ojos azules. Solo en casa, peinador abierto, tetas al aire. Me lleva a la cama, lengua en mi coño. ¡Dios! Lame labios, clítoris, bigote rozando. Manos en tetas, pellizca pezones. Grito, me corro como nunca, jugos en su cara. ‘Élodie’, dice sonriendo. Lo monto, su polla enorme entra suave, llena. Va-et-vient lentos, rápidos. ‘Sí, córrete dentro’. Explosión mutua, paraíso.
Días follando sin parar: cocina, sofá, ducha. A cuatro patas, él atrás, nalgadas. Me enseña a mamar, a cabalgar. Pero se va con familia. Dolor. Intenté recuperarlo, pero vi a su mujer, niños. Ahora sé: Olivia tenía razón, era solo amante. Pero qué placer, chica. ¿Quieres más detalles?