¡Ay, amigas, no os lo vais a creer! Hace tres años que enviudé, mi marido se fue por una fiebre horrible. Vivo con su familia, como sirvienta, en Heian-Kyo, esa ciudad mágica del Japón antiguo. Tengo veintiocho años y… bueno, las noches son largas. Me toco sola, ¿sabéis? Anoche otra vez. Mis manos tiemblan sobre mi piel suave, mis pechos pequeños se endurecen, los pezones como piedrecitas. Huelo mi deseo, ese olor dulce y salado. Meto los dedos en mi flor húmeda, tres, rápido… gimo bajito, mordiéndome el labio para no despertar a nadie. El jugo me corre por las piernas, acelero en mi clítoris… ¡y exploto! Pero frustrada. Quiero un hombre de verdad, calor, brazos fuertes.
Pienso en él, Kiyoshi. El forjador calvo, sin cejas, mirada que me desnuda. Lo vi en el mercado, pidiendo un sable para mi suegro. Su piel dorada, robusto. Me asusta un poco, pero me moja. Paso por su forja a propósito, lo espío con el abanico. Sueño que me folla sin parar.
La Rencontre Fatidique sous la Pluie
Hoy, por el aniversario de mis padres, voy al templo. Nubes negras, lluvia amenaza. Camino rápido. De repente…
—Ven por aquí, hay un refugio cerca.
¡Su voz! Kiyoshi. Salto del susto.
—No quiero molestarte, pero la lluvia… llegaremos empapados. Mejor no enfermarnos —dice suave, ojos clavados en mí.
Lo sigo. Gotas caen, trueno retumba. Llegamos a la casita vieja, polvorienta. Él enciende fuego, crujidos de madera, olor a humo húmedo. Se quita parte del kimono, torso musculoso brilla.
—Tengo té y arroz de mis compras —ofrece.
—Añado mis provisiones. Suficiente —sonrío.
Comemos junto al fuego, calor nos envuelve. Sudor fino en su piel. Se levanta, me invita. Desata mi kimono húmedo.
—Te enfriarás así —susurra, labios en mi nuca. Calor eléctrico.
—No podemos… pertenezco a la familia de mi marido —digo, pero me giro, manos en su pecho liso. Su polla late contra mi vientre, dura, caliente.
Desata mi moño, pelo negro cae. Olor a jazmín de mi cabello.
—Te deseo desde el primer día. Quiero saborearte —me dice al oído, aliento caliente.
—Soy tuya. Lo quiero desde hace tiempo —tiemblo, voz ronca.
Saca un tarrito de miel. Olor dulce invade. Unta mis labios, mete dedo en mi boca. Lo chupo, lamo, muerdo suave. Saliva y miel.
L’Explosion de Plaisir Dévorant
Baja a mi cuello, chupa pechos como frutas maduras. Lengua en pezones, pincha, tira. Manos bajan espalda, aprieta nalgas, me pega a él. Polla roza mi coño húmedo.
Me tumba en catre viejo, piernas en hombros. Soplo caliente en mi sexo. Muerde clítoris, barba raspa labios. Me arqueo.
—Su lengua… ¡ah! Entra en mí, lame profundo. Gimo fuerte, chasquidos húmedos. Olor a sexo y miel.
Orgasmos cerca, pero quiero su polla.
—Tómame, métela, lléname —suplico.
—Espera, ahora tú.
Me pongo de rodillas, ojos maliciosos. Cojo su verga gruesa, glande hinchado. Lamo, chupo hondo. Saliva chorrea. Él guía mi cabeza, empuja. Gime gutural. Explota en mi boca, semen caliente, salado-dulce. Trago todo, sin perder.
—Acuéstate, flor mía, te follo ahora.
Me lame otra vez, dedos en coño y culo. Penetra con polla, chupa tetas. ¡Exploto! Juicios chorros, cuerpo tiembla, grito ahogado.
—Date la vuelta, preciosa.
Cuatro patas, abre nalgas. Lengua en ano, dedos. Críos placer. Entra lento, firme. Golpes cadera, piel contra piel, slap-slap. Grito más. Él sale, eyacula chorros calientes en mi culo.
—Kimi o ai shiteru —susurra.
Sonrío, beso su mejilla sudorosa. Olor a sexo, sudor, fuego. Agotados.
Al alba, vuelvo. Dejo peines y recuerdos. Camino a su casa. Cerzo en flor. Nueva vida. Él espera. Entro, reputación perdida. Pero soy emperatriz en sus brazos. Le amo contra todo.