Oye, amiga, siéntate que te voy a contar algo que me pasó ayer… Aún me tiemblan las piernas. Eh… Mi marido Vicente, sabes, el de siempre, llegó a casa con la camisa llena de sangre. Yo acababa de salir de la ducha, toda mojada, envuelta en una toalla. Lo vi por la ventana mientras aparcaba el coche. Su sonrisa… uf, algo tramaba.
Subió corriendo las escaleras, se sentó en el taburete de la baño y me miró fijamente a través del cristal empañado. ‘Patri, siéntate, tengo una historia y un favor que pedirte’, me dijo. Me envolví en un albornoz y me senté. ‘¿Qué coño te ha pasado? ¿Te has peleado?’, pregunté preocupada oliendo el hierro de la sangre en su camisa.
La llegada inesperada del entrenador Gerry
Me explicó todo: en la carretera de campo, detrás de un grupo de ciclistas. Uno se cayó feo, codo roto, hueso a la vista. Sangre por todos lados. El entrenador, Gerry, un irlandés que habla francés… bueno, en mi caso, castellano un poco. Lo llevó al hospital. Y ahora, favor: ¿podemos hospedarlo unos días? ‘Es un viejo de 72 años, simpático’, insistió.
Suspiré. ‘Vale, pero haz la cama en la habitación de invitados. Yo busco toallas’. Me vestí rápido: un vestido gris azul fluido, sin mangas, que deja ver muslos. Debajo, el conjunto de encaje negro que Vicente me regaló por mi 30 cumpleaños. Transparente, con tetas grandes asomando. Olía a mi crema de vainilla.
Vicente lo recogió. Llegaron con flores enormes y una botella de champán caro. Gerry, bajito, calvo, pero ojos vivarachos. ‘¡No dejo que una dama tan bella lleve mi bolsa!’, dijo galante, dándome las flores. Su acento irlandés ronco me erizó la piel. Subí las escaleras delante, sintiendo su mirada en mis piernas. Vicente lo notó y sonrió.
En la terraza, al atardecer, calor pegajoso, cigarras zumbando. Gerry contaba anécdotas de ciclistas depilados gimiendo más que nosotras. Reíamos. ‘¡Los hombres sois unos blandos!’, bromeé. Bebimos champán frío, burbujas picando en la lengua. Vicente me miró pícaro.
De repente, su móvil vibra. Lo lee y me guiña. Minutos después, voy a la cocina por tapas. Me quito el cinturón del vestido, suelto el sujetador… y las bragas. Tetas libres balanceándose, pezón duros rozando el algodón. Coño húmedo, olor a excitación subiendo.
Vuelvo con el plato. Me inclino ante Gerry: tetas colgando, pezones visibles. Él elige lento, ojos clavados. Luego a Vicente: bajo más, vestido sube, le muestro mi coño rapado, labios hinchados brillando. ‘¿Contento?’, le susurro. Él asiente, polla dura en los pantalones.
El baile desnudo y el clímax explosivo
Gerry suspira: ‘La vista desde aquí es magnífica. Eres deliciosa, Pati’. Temblé. Vicente pregunta: ‘¿Quieres que Gerry se quede?’. Mi voz tiembla: ‘¿Y que nos mire?’. Él dice sí. Pongo música lenta, sensual. Empiezo a bailar, brazos arriba, cadera ondulando. Manos en tetas, pellizcando pezones. Giro, vestido vuela, manos tapando.
Subo el bajo poco a poco. Mirada a Vicente: ¿quieres? ‘¡Sí, muéstranos todo!’, grita. Lo hago. Desnuda total. Tetas pesadas, coño mojado goteando. Gerry aplaude: ‘¡Qué pechos perfectos! ¡Ese coñito… hace años que no veo uno tan bonito!’.
Me acerco a él, coño en su cara. Tomo su mano arrugada, la pongo en mis labios. ‘¿Qué tal me encuentras? ¿Mojada?’, gimo. Dedos entran fácil, chapoteo húmedo. ‘¡Estás empapada, preciosa!’, gruñe. Retira, dedos brillantes de mi jugo.
‘Necesito que Vicente me folle ya, con vosotros mirando’, jadeo. Me monto en Vicente, polla gruesa abriéndome. ‘¡Ahhh! ¡Qué dura!’, grito cabalgando. Sudor salado en mi piel, olor a sexo fuerte. Cambio: a cuatro patas, culo alto. Vicente embiste, palmadas resonando.
‘Quiero más… en el culo’, suplico frotando clítoris. Vicente señala a Gerry: ‘Él te lo hace’. Tres dedos en mi ano apretado. ‘¡Ayy! Duele… pero ¡sigue!’. Lleno por delante y detrás. ‘¡Fóllame fuerte! ¡Voy a correrme!’. Explosión: grito gutural, cuerpo convulsionando, chorros calientes. Caigo temblando.
Me levanto, piernas flojas, coño palpitando. ‘Ducha y a dormir’. Desnuda entro en casa. ‘Buenas noches, chicos. ¡Soñad rico!’.
Hoy aún huelo a él en mi piel. Vicente y yo… uf, tendremos que hablar. Pero fue brutal, amiga. ¿Tú lo harías?