Mi noche transformada: orgía en el seminario con un dios disfrazado

Ay, amiga, si supieras lo que me pasó ayer en Clermont-Ferrand… Tengo 28 años, soy de Madrid, superabierta al sexo, me encanta el riesgo, el deseo que te quema por dentro. Estaba en la oficina de turismo, con mi blusa ajustada marcando estos pechos grandes que tanto gustan, cuando apareció él. Gabriel, alto, ojos penetrantes, un olor a hombre que me mareó. Hablamos, coqueteamos, y de repente me dice que su hermana Delphine vendrá. Delphine… ojos verdes, delgada, con esa vibra inocente.

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Llega ella, o eso creo, y nos invita a su piso. ‘No te duches, Nathalie, quédate con tu olor de mujer’, me susurra. Huele a sudor dulce, a excitación. No me pongo bragas ni sujetador, como me pide. Camino con ella, siento el aire rozándome la piel bajo la falda, los pezones duros contra la tela. ‘¿Todos notan que voy desnuda?’, le pregunto, ruborizada. Ella ríe: ‘Sí, y hueles a sexo’. Llegamos al bar, pero Gabriel no está. Me deja sola, nerviosa, con el coño húmedo palpitando.

El encuentro con Gabriel y su ‘hermana’ misteriosa

De pronto, aparece él de nuevo. ‘Mi hermana te ha contado todo’, dice serio. Subimos a su habitación, el litro revuelto, olor a sábanas calientes. ‘¿Te folló mucho?’, pregunta. ‘Un poco… pero pensaba en ti’, balbuceo, frotándome contra él. Nos besamos, lengua profunda, saliva mezclada, sus manos en mis tetas, apretando fuerte. ‘Quítate todo’, gime. Me tumbo, él va al baño… y vuelve cambiado. No, espera, soy yo ahora en el espejo. ¡Qué locura! Pechos pesados, coño mojado con pelitos finos. Él duerme, yo me visto con su ropa, salgo corriendo, el corazón latiendo como loco.

Llego al seminario viejo, noche calurosa, olor a lluvia lejana. Grupo de estudiantes cristianos, Delphine triste, su ex mirándola mal. Me siento al lado de un rubio, Alphonse, grande y tímido. ‘Eres preciosa, Véronique’, me dice –le inventé el nombre–. Le rozo la pierna, él se pone duro. Delphine quita su tanga ahí mismo, en la mesa: ‘¿Quieres el sujetador también?’. Lo tira, azul con encaje, huele a su piel.

La orgía descontrolada en el dormitorio

Después, cena en el refectorio, olor a sopa y pets de monja –¡qué risa!–. Bajo el tilo, lluvia empieza, manos por todos lados. Jimmy, el americano pelirrojo, mete mano en mi blusa: ‘Huge boobs!’, aprieta mis pezones, duele rico. Delphine gime bajito, sin bragas, el chico le mete dedos: ‘Ecarte las piernas, puta deliciosa’. Corremos al dormitorio, lits juntos, baisodrome total.

Yo desnuda, Jimmy me lame el clítoris, chupa fuerte, dedo en el culo, huelo mi propia humedad salada. Delphine a cuatro patas, Sébastien la folla duro, condón rosa crujiendo. Nuestros pies se tocan, gemimos juntas. Él eyacula en mí primero, orgasmo brutal, ondas por todo el cuerpo, grito ahogado. Luego más: Sébastien me monta, polla gruesa, yo aprieto, pero se corre rápido. Alphonse viene, virgen casi, polla tiesa: ‘¡Fóllame fuerte!’, le digo. Entra temblando, gime como animal, me llena de vaivenes.

Delphine bajo otro, movimientos suaves, profundos, arquea la espalda, jadea: ‘¡Sí, así!’. La veo correrse, ojos cerrados, traicionándome pero excitándome. Cuerpos sudorosos, olores a semen, coños, piel mojada. Chicos piden pausa, manos vagan, tetas chupadas, pollas duras otra vez. Me duermo con una verga floja en la mano, oliendo a mil folladas. Mañana, ¿volverá Gabriel? Mi cuerpo arde aún, quiero más.

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