Confesión Íntima: Cómo el Hijo del Vecino Me Chantajeó y Me Follaron Sin Parar

Ay, amiga… no sé por dónde empezar. Estoy aquí, todavía con el cuerpo temblando, oliendo a sudor y a sexo fresco. Acabo de llegar de la casa en la costa, en Andalucía, donde todo pasó. Tenía ganas de contártelo todo, como si estuviera susurrándotelo al oído, con ese calor pegajoso en la piel.

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Estaba tumbada en el jardín, desnuda, el sol quemándome la piel. La música en los auriculares, alta, tapando el mundo. Pensaba que estaba sola, el vecino ese cerdo en el trabajo, mi marido aún en la oficina. La haie entre jardines no es muy alta, pero qué más da, me encanta el moreno integral. Siento el aire caliente rozándome los pezones, duros por el sol, el sudor bajando por mi vientre hasta el pubis.

La Sorpresa en el Jardín Bajo el Sol

De repente… un ruido. Abro los ojos. Es él, el hijo del vecino, Franquito, unos 20 años, delgado, musculoso. Cruza la haie como un gato y se planta delante de mí. Sin decir nada, se tira encima, me besa la boca con fuerza, sus manos apretándome las tetas. Huele a colonia barata y a hormonas. Me asusto, lo empujo. “¡Franquito, estás loco! ¿Qué coño haces?”

Se aparta un paso, con la polla ya dura marcando el short. “Quiero follarte, estás buenísima. Si no, le digo a tu marido que te tiras a mi padre.” Me quedo helada. ¿Cómo lo sabe? El corazón me late fuerte, el estómago se me revuelve. “No, por favor… no se lo digas. ¿Cómo lo sabes?” Él sonríe, malvado. “Os oí esta mañana, gritabas como loca en la habitación. La puerta entreabierta. Te vi montada en su polla gorda.”

Tengo miedo, pánico. Me incorporo, cubriéndome las tetas y la chocha con las manos. Él se acerca otra vez, me agarra las tetas, las aprieta fuerte, pellizca los pezones. Duele, pero un cosquilleo baja directo al coño. Me besa de nuevo, yo rígida al principio, pero su lengua entra, sabe a chicle. Baja las manos al vientre, al monte de Venus. Abro un poco las piernas sin querer.

Se endereza, abre el short. Su polla salta fuera, enorme, como la de su padre, venosa, el glande rojo brillante de pre-semen. Huele a macho joven, almizclado. “Chúpamela.” Lo miro, perdida. Agarra mi nuca, tira de mi pelo. “Chupa o se lo cuento todo.” Abro la boca, rozo los labios con el glande, salado, caliente. Empujo la lengua, lo meto poco a poco. Llenándome la boca, me ahogo un poco. Él gime: “Sí, puta, chupa bien.”

El Chantaje que Desató el Placer Prohibido

Empiezo a mover la cabeza, adelante atrás, saliva chorreando por la barbilla. Una mano en su base gruesa, la otra en sus huevos pesados, suaves, oliendo a sudor. Él jadea: “Eres una zorra, como con mi padre. Le dices que eres su puta, que quieres su polla en el culo.” Me para un segundo. “No hables así, por favor… haré lo que quieras, pero no lo arruines.”

“Quiero follarte ya.” Me echo atrás en el colchón, abro las piernas, toco mi coño húmedo, lo abro con los dedos. Huele a mi excitación, mosqué. Él se tumba encima, guía su polla, ¡zas!, entra de golpe. Duele, ¡joder!, grito y me retuerzo. Él no para, embiste fuerte: “¡Qué coño apretado! Puta, te gusta la polla gorda, ¿eh? Te voy a reventar.” “Franquito, despacio… me haces daño…”

Pero el dolor pasa, se vuelve placer. Su polla me llena, roza todos los sitios buenos. Empiezo a mover las caderas, lo araño la espalda, huelo su sudor fresco. “Sí, sí… ¡más!” Él acelera, slap-slap de piel contra piel, sus huevos golpeándome el culo. Me corro fuerte, el coño contrayéndose alrededor de su verga, gritando. Él sigue un poco más y se corre dentro, caliente, chorros pegajosos.

Se derrumba sobre mí, jadeando. Yo le acaricio el pelo, el corazón todavía latiendo como loco. “Eres una puta increíble,” murmura. Me quedo ahí, con su semen goteando de mi coño, mezclándose con mi jugo. Pensando en su padre, en cómo empezó todo con él hace semanas, sus chantajes suaves al principio, ahora esto. Mi marido… ojalá no vuelva pronto. Pero el deseo me quema todavía. ¿Qué haré mañana?

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