Mi beso vampírico en la joyería: una fantasía erótica que se hizo real

¡Ay, chica, si supieras lo que me pasó hoy en la joyería! Estaba con Julián, mi compañero de trabajo, ese que me mira siempre con esos ojos que me derriten. ‘Es genial que vengas conmigo’, le dije sonriendo de lado mientras entrábamos. ‘Sabes que me pierdo las orejas por tu culpa, ¿verdad?’

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La galería comercial estaba cerca del curro, perfecto para un rato en la hora del almuerzo. Yo, con mi metro setenta y cinco, delgada, ojos avellana y pelo castaño en bob, no soy de maquillajes ni pijoterías. Pero Julián me convenció de unos pendientes chulos. Me los pusieron, brillaban bajo las luces… y le miré con una sonrisa pícara. Le dije algo, pero él parecía ido, como si no oyera.

La entrada en la joyería y la tensión creciente

De repente, todo se volvió… vago. Las luces, la música pop, la gente… todo se encogió, como en cámara lenta. Solo quedábamos nosotros. Su cara tan cerca, sus labios carnosos, ojos brillantes. Olía a su colonia fresca, mezclada con mi perfume vainilloso. Imaginé su piel suave, mi corazón latiendo fuerte, bum-bum en el pecho.

‘¿Qué pasa?’, pensé. El tiempo se paró. Sus ojos bailaban entre los míos y mi boca. Mi aliento cálido rozaba el suyo, lento, húmedo. No respiraba, no quería romper el hechizo. Nuestros narices se tocaron… ¡zas! Explosión.

Me rodeó la cintura con un brazo, la otra mano en mi nuca, enredando mis pelos. Sus labios en los míos, suaves al principio, presionando. ¡Dios, qué beso! Su lengua entró tímida, luego voraz, saboreando mi saliva dulce. Gemí bajito, ‘Mmm… Julián…’, vibrando contra su boca.

Deslicé mis labios por su mejilla, suave como terciopelo. Volví a su boca, chupando su labio inferior. Bajé a su cuello, largo, oliendo a sudor limpio y deseo. Mi nariz en su piel, inhalando hondo. Entonces… sentí sed. Brutal. Como colmillos creciendo en mi boca. ¡Qué locura! Le apreté más, clavándolos suave en su cuello. Él gimió, ‘¡Ahhh!’, sangre tibia, metálica en mi lengua. Tragué, caliente bajando por mi garganta.

Temblé en sus brazos. Levanté la vista: sus ojos avellana viraban a dorados, girando hipnóticos. Mi pelo crecía, teñido rojo amarantino, cayendo en ondas salvajes. Mi piel se bronceaba, ardiente. Le miré, lamiéndome los labios con su sangre. ‘Ven aquí’, le dije ronca, presionando mis labios en los suyos, compartiendo el sabor salado, metálico.

El clímax sobrenatural y el sexo desenfrenado

¡El fuego! Sus manos bajaron a mi culo, apretando fuerte bajo la falda. Le empujé contra el mostrador vacío. ‘Te quiero ahora’, jadeé. Le bajé los pantalones de un tirón, su polla dura saltando, venosa, goteando precum salado. La olí, almizclada, excitante. Lamí la punta, ‘Mmm, qué rica…’, succionando hondo, garganta apretada.

Él gruñó, ‘¡Joder, Marta, sí!’. Me levantó, piernas alrededor de su cintura. Me penetró de golpe, ¡plaf!, llenándome hasta el fondo. ‘¡Aaaah!’, grité, paredes vaginales estiradas, pulsando. Embistió salvaje, piel chocando, slap-slap húmedo. Olía a sexo crudo, sudor, fluidos. Mis tetas rebotando, pezones duros rozando su camisa.

Cambiamos: me puso de rodillas en el suelo frío. ‘Chúpame más’, ordenó. Obedecí, babas chorreando, bolas en mi mano, pesadas, sudorosas. Luego, a cuatro patas. Entró por detrás, agarrando mis caderas, polla golpeando mi clítoris interno. ‘¡Más fuerte! ¡Rompe mi coño!’, supliqué. Gemidos altos, ‘¡Sí, sí, aaaah!’, orgasmo explotando, jugos chorreando por mis muslos.

Él se corrió dentro, chorros calientes inundándome, gimiendo mi nombre. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa.

Poco a poco, el mundo volvió: luces, música, gente. Julián parpadeó. ‘¡Eh, me estás escuchando!’, dijo riendo. ‘Pero claro’, balbuceé, aún temblando. ‘Es que te admiro con esos pendientes… te quedan de puta madre.’

‘¿En serio? Venga, volvamos al curro.’ Los pendientes brillaban, y su sonrisa… picante. ¿Fue real? Mi coño aún palpitaba, húmedo. ¡Uf, qué día!

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