Confidencia ardiente: Mi sobrino y yo en París 1970

Chicas, aún tengo el cuerpo temblando… Eh, os lo cuento como si estuviera susurrándoos al oído, porque pasó ayer y lo siento todo fresco. Tengo 28 años, vivo en París desde hace unos meses, en un piso viejo pero con encanto de los 70. Mi sobrino Guillaume, 22 añitos, empleado de banco, tuvo que mudarse aquí por un lío de fusión de empresas. Le alquilé la habitación de buena arriba, gratis, claro. Soy Olga, bueno, me llamo Sofia en realidad, pero como mi tía… Da igual. Tengo tetas enormes, copa G, que se mueven con cada paso, y soy una ninfómana total. Se lo dije el primer día: ‘Guillaume, no te preocupes, la diferencia de edad… pero si te tienta, aquí estoy’. Él, con su rollo bi, tenía novio, pero bueno…

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Cenamos solos esa noche. La cocina olía a ajo y vino tinto, luz tenue, yo con un vestido ajustado que marcaba mis curvas. Noté que estaba raro, ojeroso.

La llegada y la tensión familiar

—¿Qué pasa, cariño?

—Nada, tía… Rompí con mi novio hace diez días.

—¿No me dijiste? Si necesitas cariño, baja, ¿eh?

—Joder, tía…

Se fue a su cuarto. Yo sonreí, el corazón latiendo fuerte. Arriba, en mi habitación, me preparé. Me puse una camisita azul transparente, tetas colgando pesadas, pezonazos duros asomando. Portaligas azules, medias, tacones altos. La braguita abierta por delante y detrás, mi coño peludo rubio cobrizo desbordando, pelos hasta los muslos. Maquillaje brillante, labios rojos, pendientes y collares dorados. Olía a perfume dulce, almizclado.

Sonó el timbre. Abrí, sonriendo. Me abrazó, su polla ya dura contra mí.

—Ven, mi amor —le dije, cogiéndole la mano.

El salón: música suave, sensual, luz tamizada, aroma a incienso. Lo llevé a la cama. Desabroché su cinturón, pantalón al suelo. Él se quitó la camisa. Solo en slip verde, bulto enorme.

Le masajeé por encima, uñas largas arañando la tela. Se movía nervioso, eh… excitado.

—Siéntate —ordené.

Me arrodillé entre sus piernas abiertas. Boca al slip, dientes al elástico. Bajé despacio, oliendo su pubis moreno, sudor masculino. Con esfuerzo y su ayuda, se lo quité. Polla tiesa, a centímetros de mi cara. Venosa, gruesa, oliendo a hombre.

La cogí, piel subiendo y bajando lenta. Lengua por toda la longitud, salada. Lamí huevos pesados, los chupé, aspiré. Mordisquito suave, él gimió: ‘¡Ah!’. Polla contra mi nariz, frotando.

—Chúpamela, tía… Por favor.

El clímax prohibido y explosivo

Me agaché, labios cerrándose en el glande. Toda en mi boca caliente, húmeda. Cabeza arriba-abajo, lengua girando. Puse sus piernas en mis hombros, profundizando.

—Tu polla es deliciosa —murmuré, saliva goteando.

Lo frené antes de correrse. Dedos en la base, hinchándola más.

—Tienes una verga perfecta, firme.

Me quité la camisita. Él se pegó a mi espalda, manos en tetas enormes, pesándolas, pellizcando pezones. Besos en nuque, mi perfume invadiéndolo.

Me tiré boca abajo en la cama. Él encima, polla en mi culo abierto. Se hundió lento, ‘¡Ahhh!’, gruñí. Fácil, como mantequilla. Dentro, cremosidad picante… Sí, sorpresa: ungüento de pimiento. Quema, irrita delicioso.

—¿Sientes el picor? Es más salvaje… ¡Ah!

Empezó lento, manos en caderas anchas. Polla entrando-saliendo mi ano apretado, paredes palpitando. Aceleró, fuerte, salvaje. Pimiento quemándome la verga… Su verga. Él gruñía, yo chillaba.

—¡Más! ¡Me duele tan rico! ¡Aaaah!

Me sodomizaba brutal, caderas chocando, sudor goteando, olor a sexo crudo. Yo temblaba, orgasmo rasgándome. Él animal, vengando su ruptura, embistiéndome 30 minutos. Luego, se derrumbó, chorros calientes dentro, profundo.

Salí, polla aún dura, roja de picor.

—Divino, amor. Me has prendido fuego en las entrañas.

—A mí también, quema… pero fue brutal.

Un beso tierno. Se fue. Aprendí que el amor físico cura todo.

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