Eh… no sé por dónde empezar, amiga. Estaba sola en mi piso de Madrid, sudando bajo la ducha caliente, el agua golpeando mi piel como lluvia de verano. Olía a jabón de vainilla, dulce y pegajoso. De repente, el timbre. Pensé: ¿quién coño a las cuatro de la tarde? Abrí la puerta envuelta en mi albornoz rosa, el pelo goteando.
Era él, Fred, alto, moreno, ojos verdes que me traspasaban. ‘Hola, soy el alumno de teatro que llamaste’, dijo con voz grave, sonrisa ladeada. Le había contactado por un anuncio, necesitaba práctica para mi audición. Pero su mirada… uf, olía a hombre, a colonia cara mezclada con sudor fresco. ‘Pasa, pasa’, murmuré, el corazón latiéndome fuerte.
El Encuentro Inesperado en Mi Piso
Nos sentamos en el sofá, charlamos del guión. ‘Soy actor, pero de porno’, soltó de golpe, riendo. Me quedé muda. ‘¿En serio?’, balbuceé, cruzando las piernas para disimular el calor que subía. ‘Sí, y necesito mejorar diálogos antes de follar en cámara’. Sus palabras crudas me pusieron la piel de gallina. Olía su aliento a menta, cerca, demasiado cerca.
De improvisto, me besó. Sus labios gruesos, calientes, sabían a deseo puro. ‘Espera…’, gemí, pero mis manos ya en su pecho duro. Se quitó la camisa, pectorales tatuados brillando bajo la luz. ‘Déjame enseñarte’, susurró, mano en mi nuca. Me arrodillé, obediente, el albornoz cayendo. Su polla saltó libre, enorme, venosa, oliendo a macho excitado, un poco salada al primer lametón.
‘Chúpamela como en mis pelis’, ordenó, voz ronca. La metí en la boca, despacio, sintiendo cómo latía contra mi lengua. Glup, glup, sonidos húmedos llenando la sala. Él gemía: ‘¡Joder, qué boca, nena!’. La succioné fuerte, saliva chorreando por mi barbilla, gusto almizclado invadiendo mi paladar. Me miró: ‘Ahora a cuatro patas, quiero verte el culo’.
El Éxtasis Sin Límites y el Final Explosivo
Me puse a gatas en el sofá, nalgas al aire, coño húmedo palpitando. Él se arrodilló detrás, lengua en mi raja primero. ‘Hueles delicioso, puta mojada’, gruñó, lamiendo mi ano, chasquidos jugosos. Gemí alto: ‘¡Sí, lame más!’. Dedos en mi clítoris, frotando círculos, mientras su lengua entraba y salía. Olor a sexo, sudor nuestro mezclándose, pieles chocando.
De un empujón, su polla entró en mi coño. ‘¡Aaaah!’, chillé, estirándome al límite. Golpes secos, plac, plac, contra mis nalgas. ‘¡Más fuerte, rómpeme!’, supliqué. Me agarró las caderas, uñas clavándose, piel enrojecida. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, sus manos pellizcándome pezones. ‘Mírate, cabalgando como una yegua’, jadeó.
Volteó, misionero brutal. Piernas sobre hombros, polla hundiéndose profunda, rozando mi punto G. Sudor goteando de su frente a mi boca, salado. ‘Voy a correrme’, avisó. ‘¡Dentro, lléname!’, grité. Eyaculó caliente, chorros pegajosos inundándome, olor a semen fresco. Colapsamos, respirando agitados, cuerpos pegados, pegajosos.
Después, fumamos un cigarro desnudos. ‘Eres increíble’, dijo besándome. Sonreí: ‘Vuelve cuando quieras, profe’. Salí de la ducha recordándolo, aún oliendo a él, deseando más. Amiga, fue real, crudo, el mejor polvo de mi vida.